Miren al estrado. Ahí está él. Su cabeza, perfectamente esférica y pulida, refleja los focos de los estadios construidos sobre la dignidad humana con la misma intensidad con la que refleja su absoluta falta de vergüenza. Se llama Gianni Infantino, aunque a estas alturas el nombre es lo de menos; podríamos llamarlo "El Gran Timonel del Cinismo" o, simplemente, el contorsionista oficial de los despachos de Zúrich.
Lo de este hombre no es una presidencia; es una gira mundial de la genuflexión. Su especialidad no es el balompié, sino el noble y milenario arte de lamer el culo de cualquier potentado que tenga una chequera lo suficientemente gruesa o un arsenal nuclear lo suficientemente disuasorio.
Da igual que sea Vladímir Putin, Donald Trump o el último sátrapa de turno que necesite un lavado de cara internacional en forma de torneo deportivo. Gianni acude raudo, con la alfombra roja en una mano y la dignidad de un deporte centenario en la otra, dispuesto a entregarla al mejor postor.
¿Se acuerdan de aquel discurso antológico en el que afirmó, sin pestañear, que se sentía "catarí, árabe, africano, gay y trabajador migrante"? Pocas veces la historia de la humanidad ha presenciado un ejercicio de equilibrismo mental tan patético.
Es el pecado del ridículo elevado (y su ridículo es un pecado en si mismo) a la categoría de arte institucional. Y cuando un periodista osa sacarlo de su zona de confort con una pregunta incómoda —una de esas verdades incómodas sobre derechos humanos, corrupción o el sinsentido de un Mundial con cuarenta y ocho selecciones—, Gianni Infantino activa su mecanismo de defensa: la media sonrisa.
Esa mueca, que pretende ser diplomática pero resulta sencillamente exasperante, es el monumento a la evasión. Es la sonrisa del que sabe que lo han pillado con las manos en la masa, pero también sabe que el dinero ya está en el banco. Una sonrisa medio tensa, medio burlona, que se congela en su rostro mientras su mirada grita que esa pregunta lo ha sacado completamente de sus casillas. Pero no perderá los papeles; antes se inventará otra analogía absurda sobre la inclusión global mientras estrecha la mano de un autócrata.
La pizarra del terror: donde el talento fue ejecutado
Mientras Infantino hace sus piruetas políticas, en el césped ocurre otra tragedia: el fútbol actual. Nos han robado el juego y nos han dejado un algoritmo. El fútbol de hoy es feo, aburrido, monocromático y predecible. Es la dictadura de la pizarra, el triunfo absoluto de la táctica sobre la genialidad.
Hoy en día, ver un partido de élite es presenciar una coreografía de atletas hipermusculados que se mueven en bloques geométricos, obsesionados con la presión tras pérdida y el repliegue bajo.
¿Dónde está la elegancia? ¿Dónde quedó la aristocracia futbolística de un Franz Beckenbauer, que parecía deslizarse por el barro sin mancharse la camiseta, gobernando el campo con la cabeza levantada? ¿Dónde está el cambio de ritmo y la elegancia hecha futbol de Johan Cruyff esa mezcla de ballet y ajedrez que desafiaba las leyes de la física y de la lógica?
El fútbol moderno ha erradicado a los poetas. Ya no hay espacio para las virguerías de Sócrates—el brasileño de la barba y la mente brillante, y además era mi compi—, aquel médico que jugaba con los calcetines bajados, tacones imposibles y la democracia como bandera. Tampoco queda rastro de la ferocidad noble de un Oliver Kahn un tipo que te fulminaba con la mirada pero cuya agresividad era un tributo puro a la competición, no un teatro para las redes sociales.
Hoy, los jugadores son productos de laboratorio que tocan el balón hacia atrás treinta veces para mantener un porcentaje de posesión estéril. Si Cruyff resucitara y viera a un extremo contemporáneo negarse a encarar a su lateral porque el "modelo de datos" dice que es una zona de alto riesgo de pérdida, se volvía a la tumba de inmediato. Han cambiado el arte por la ingeniería de optimización.
El refugio del orgullo y la elegancia del mañana
Menos mal que siempre nos quedará el pasaporte y un reducto de cordura. Que el fútbol de Infantino sea un insulto a la inteligencia no quita que uno mantenga sus debilidades patrióticas.
Sí, me gusta que gane España. Faltaría más. Ver la camiseta roja triunfar sigue provocando ese cosquilleo de orgullo que la FIFA todavía no ha logrado privatizar ni vender a una corporación petrolera. Pero incluso en la victoria masculina, uno no puede evitar sentir cierta desconexión ante tanto postureo, tanto tatuaje idéntico y tanta declaración programada por un departamento de comunicación. Por eso, la verdadera redención del espectador que aún ama la belleza está en otra parte. Hay que mirar al Mundial femenino. ¡Qué diferencia! ¡Dónde va a parar!
Mientras los hombres se dedican al teatro dramático —rodando por el suelo quince veces ante el más mínimo soplido— y sus entrenadores asfixian el talento con corsés tácticos infumables, ellas juegan a otra cosa. Las chicas del mundial sostienen el espejo de lo que el fútbol debió seguir siendo siempre. Hay en su juego una elegancia innata, una pureza que el dinero de los patrocinadores árabes aún no ha logrado corromper del todo.
En el fútbol femenino todavía se ven transiciones limpias, regates que nacen de la intuición y no del análisis de vídeo, y una dignidad competitiva que hace sonrojar a los millonarios de la Champions League. Juegan con la frescura del que tiene algo que demostrar y la elegancia del que respeta el balón. No hay tantas interrupciones absurdas, no hay tanto llanto arbitral, hay fútbol.
Así que nos encontramos en este punto: un deporte gobernado por un calvo sonriente que se arrodilla ante los reyes del petróleo, jugado por autómatas que le tienen miedo a la improvisación, y salvado únicamente por la nostalgia de los viejos mitos y la maravillosa frescura del fútbol femenino. El negocio de la FIFA seguirá creciendo, no hay duda; Infantino seguirá sonriendo con su habitual cinismo en los palcos más lujosos del planeta. Pero a los que recordamos cómo era la elegancia de verdad, ya no nos estafan tan fácilmente.
Dios nos libre de que gane Estados Unidos. Con el peluquín de colindrones que gasta Trump en la cabeza, esa victoria sería el detonante final para su paranoia; se autoproclamaría emperador intergaláctico del fútbol y nos vendería el planeta por parcelas en su delirio de grandeza sin fin. Y... que se disuelva el Infantino ese en una especie de bebraje que no deje ni un átomo de él: como mandamás de la FIFA, se entiende. @mundiario