Hay que reconocer que el crash de 2007 no solo provocó la mayor depresión económica global desde 1929, sino que también dejó al descubierto las profundas grietas estructurales sobre las que descansaban muchas de las instituciones políticas, económicas y sociales vertebradoras de nuestro mundo. Lo que hasta entonces permanecía latente sobre la desconfianza hacia las élites dirigentes, la desconexión entre gobernantes y ciudadanos, la ineficacia burocrática y la incapacidad de anticipar crisis sistémicas quedó súbitamente, de manera palmaria, expuesto ante toda la opinión pública.
Desde entonces, no son pocos los analistas, académicos y think tanks que vienen planteando una cuestión que hace apenas unas décadas habría parecido propia de la ciencia ficción política: la necesidad de superar el actual modelo de partidos con sus políticos y avanzar hacia nuevas formas de gobierno más eficientes, a través de maneras participativas, técnicas y adaptadas a las actuales capacidades tecnológicas que nos brinda el siglo XXI.
La pregunta ya no es únicamente cómo votar, sino, lo que resulta ser lo mollar, cómo gobernar mejor.
En este contexto, diversos think tanks internacionales y plataformas de innovación de la evolución democrática han comenzado a debatir propuestas que trascienden el esquema clásico de representación política heredado del siglo XIX. Algunas de esas experiencias experimentales han tenido eco recientemente en Madrid, donde distintos foros académicos y tecnológicos han analizado alternativas de gobierno fundamentadas en modelos híbridos entre democracia deliberativa, tecnocracia e inteligencia artificial.
Y aunque para algunos pueda parecer un planteamiento futurista o incluso inquietante, lo cierto es que muchas de las herramientas necesarias para implementar estos sistemas ya existen en la actualidad.
La democracia representativa actual atraviesa una evidente crisis, que algunos entienden incluso como una crisis de legitimidad. Pues la creciente abstención, la polarización ideológica, el descrédito de los partidos y la profesionalización extrema de la política han generado un fenómeno preocupante. Y dejando de lado algo importantísimo, como son las manipulaciones que sufren los votantes, irrefutablemente se debe señalar que una parte sustancial de la ciudadanía considera que sus representantes ya no representan verdaderamente sus intereses.
No obstante, habrá que reflexionar sobre ello, pues conviene recordar que, pese a todas sus limitaciones, la democracia liberal, como afirmaba Winston Churchill, es «el menos malo de los sistemas políticos». Ya que la alternativa histórica a ella no ha sido precisamente muy esperanzadora: autoritarismos, dictaduras o sistemas oligárquicos alejados de cualquier control ciudadano y las subsiguientes guerras para realizar su cambio. Aunque hay que reconocer que el totalitarismo, trufado de fascismo, se va asentando en las democracias.
Sin embargo, entre la democracia representativa tradicional y el autoritarismo existen otras posibilidades todavía hoy poco exploradas.
Una de ellas es la democracia deliberativa. Este modelo se fundamenta en la participación directa de ciudadanos en procesos estructurados de análisis, debate y propuesta sobre asuntos públicos de interés general. Ciudadanos seleccionados aleatoriamente o incluso de forma voluntaria pueden integrarse en paneles deliberativos para estudiar cuestiones complejas con acceso a información técnica y asesoramiento especializado.
La idea no es nueva. Sus raíces se remontan a la Grecia clásica, donde ciertos mecanismos participativos ya buscaban incorporar la deliberación colectiva en la toma de decisiones. Posteriormente, durante el siglo XX, especialmente en Suiza y en algunos ámbitos académicos europeos y norteamericanos, comenzó a desarrollarse un cuerpo teórico más sólido sobre este modelo político.
Lo novedoso hoy no es tanto la teoría como la posibilidad tecnológica de hacerla viable a gran escala.
Internet, las plataformas digitales, la conectividad global y los sistemas de análisis de datos permiten que millones de ciudadanos puedan participar en consultas, deliberaciones y propuestas sin necesidad de desplazamientos físicos ni complejas infraestructuras administrativas. Lo que antes era logísticamente imposible ahora resulta técnicamente factible.
Pero el verdadero elemento disruptivo de esta nueva etapa no es únicamente la participación digital, sino, irrefutablemente, la irrupción de la inteligencia artificial como posible herramienta de apoyo a los gobiernos, que puede llevar a una gobernanza adecuada.
La IA, obviamente, ya está transformando sectores enteros como las finanzas, la medicina, el derecho, la logística o la investigación científica. Resulta ingenuo pensar, evidentemente, que la política permanecerá ajena a esta revolución tecnológica.
En un futuro no demasiado lejano, seguramente sistemas avanzados de inteligencia artificial podrán colaborar activamente en la administración pública mediante el análisis masivo de datos económicos, sociales y demográficos en tiempo real que, sin lugar a ningún género de duda, podrán detectar patrones de desigualdad, prever crisis financieras, optimizar presupuestos públicos, identificar ineficiencias administrativas o incluso simular el impacto de determinadas políticas antes de su aplicación, lo que obviamente revolucionará cualquier sociedad.
Un gobierno asistido por inteligencia artificial tendría, al menos teóricamente, ventajas evidentes respecto a los actuales sistemas políticos: una mayor capacidad de análisis, ausencia de intereses partidistas y toma de decisiones basadas estrictamente en datos. Lo cual abocará a la reducción de los márgenes sesgados derivados de la improvisación ideológica que siempre conlleva.
Naturalmente, ello abre también enormes interrogantes éticos y democráticos, como lógicamente son: ¿quién construiría esos sistemas? ¿Qué valores incorporarían sus algoritmos? ¿Cómo se evitarían sesgos ideológicos o manipulaciones tecnológicas? ¿Quién supervisaría las decisiones automatizadas? ¿Hasta qué punto podría delegarse la gestión pública en máquinas sin poner en riesgo las libertades individuales?
Por lo tanto, obviamente, la cuestión central no es si la inteligencia artificial llegará a la política. Eso ya parece algo inevitable. La verdadera cuestión es, indiscutiblemente, sobre qué principios democráticos se integrará.
Por ello, algunos expertos plantean modelos híbridos donde la inteligencia artificial no sustituya al ser humano, sino que actúe como herramienta técnica al servicio de ciudadanos y expertos independientes. Un esquema en el que la deliberación ciudadana determine prioridades y valores sociales, mientras que equipos técnicos apoyados por IA analicen la viabilidad, el impacto y la eficiencia de las medidas propuestas.
En otras palabras, una combinación entre democracia deliberativa, tecnocracia supervisada y sistemas inteligentes para realizar la gestión pública.
Bajo este paradigma, los partidos políticos tradicionales lógicamente podrían perder el protagonismo que hasta ahora están teniendo. Y con ello, también muchas de las estructuras burocráticas y clientelares asociadas al modelo actual. La política dejaría de centrarse en la lucha permanente por el poder para orientarse hacia la resolución eficiente de problemas concretos.
No obstante, conviene evitar visiones ingenuamente utópicas. Pues hay que reconocer que la tecnología, por sí sola, irrefutablemente, no garantiza sociedades más justas ni gobiernos más transparentes y mejores. La historia demuestra que cada avance tecnológico puede utilizarse tanto para ampliar libertades como para restringirlas.
Por lo tanto, la inteligencia artificial podría contribuir a construir democracias más racionales y eficientes. Pero también podría derivar en sistemas de vigilancia masiva, control algorítmico y concentración extrema de poder si no existen límites éticos y jurídicos sólidos que eliminarían las libertades del ser humano.
Precisamente por ello, el debate sobre los nuevos modelos de gobernanza resulta hoy más necesario que nunca. Pues si la crisis de 2007 abrió una grieta en la confianza hacia las estructuras tradicionales de poder, la revolución tecnológica actual podría terminar ensanchándola definitivamente.
Quizá dentro de unas décadas observemos los sistemas políticos actuales del mismo modo en que hoy contemplamos las monarquías absolutas de la historia pasada, o sea, como estructuras propias de otra era histórica.
Y tal vez el verdadero cambio de paradigma no consista únicamente en sustituir políticos por técnicos, sino en aprender a convivir políticamente con inteligencias no humanas capaces de gestionar enormes volúmenes de información mejor incluso que nosotros mismos.
La cuestión ya no parece ser si llegará ese momento.
La cuestión es si las democracias actuales serán capaces de adaptarse a tiempo, antes de que la transformación tecnológica termine imponiéndose irremisiblemente por sí sola, y si realmente va a mejorar el bienestar de los ciudadanos o si existe otra intención. @mundiario