En el estadio Azteca de Ciudad de México, se llevó a cabo la inauguración del Mundial. Allí Shakira, cantó Dai Dai, una canción que evoca lo más positivo de la práctica deportiva en los equipos de fútbol. Era lo esperable para imbuir ese espíritu futbolístico, durante el desarrollo de este destacado evento.
El espectáculo del balompié, quizás contribuya a actuar como un bálsamo, capaz de solapar los problemas sociales y políticos que impregnan a la sociedad del país hermano, la canadiense y la estadounidense. Las manifestaciones de protesta, intentarán "asomar su cabeza" con la intención de lograr visibilidad, entre la pasión y la grandiosidad que rodea a los astros del fútbol.
El mundo es consciente, de que los países anfitriones del campeonato mundial de fútbol y sus máximos mandatarios, no pasan por unas relaciones cordiales precisamente. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum y el primer ministro canadiense Mark Carney, no comparten muchas de las doctrinas de su vecino Donald Trump, porque les afectan a ellos de manera muy próxima. Así las condiciones geopolíticas, que se dan en América del Norte, no son muy favorables para una buena coordinación y consenso, sobre los aspectos fundamentales que afectan al desarrollo de ese gran acontecimiento deportivo.
No obstante, para esa necesaria buena vecindad, la Fifa habilita a su presidente Gianni Infantino que se encarga de la "mediación", otorgándole a Trump el premio Fifa de la paz. Todo un sin sentido.
Dinero y favoritas
Para los espectadores y aficionados de cada respectiva selección, el precio de las entradas, aún siendo variable en función de la importancia de los contendientes, son muy caras. Nunca fueron tan costosas.
Aún así, los estadios se llenan y el trasiego de personas tendrá una incidencia negativa sobre el medio ambiente, por la cantidad de viajes en avión que se realizarán por parte de los seguidores; porque no olvidemos, que las sedes se sitúan a lo largo de los extensos tres países organizadores.
Esta situación fue buscada, porque hay un interés económico indudable. Cuando se determina incrementar de los 32 equipos participantes a 48 selecciones, estamos también ante un mayor número de partidos, con un número de espectadores superior, los patrocinadores son más y los ingresos por la televisión también.
En este acontecimiento, hay algunas ausencias significativas como la de Italia, que fue cuatro veces campeona del Mundo, y esta vez es muy pronto para intuir quiénes son las cuatro selecciones con más posibilidades, porque nadie puede obviar que hay selecciones que han venido demostrando a lo largo de los años su potencial: Brasil, Francia, Alemania, Argentina, Portugal, Holanda, Uruguay, Inglaterra, Colombia, Croacia, Bélgica y España.
Además es posible que puedan surgir sorpresas, como la que ofrezca alguna emergente como Marruecos; o también puede ser la oportunidad, de alguna de las que son sedes del campeonato, como las selecciones de México, Canadá y EE UU.
La primera anfitriona en tener presiones subeptricias fue la de EE UU, que se lo digan a Mauricio Pochettino, al que el presidente Donald Trump lo llamó para subirle la autoestima y el nivel de responsabilidad: eres un fantástico entrenador y le recordó que tenían la oportunidad de estar en la final del campeonato. El reto es ambicioso y la verdad es que EE UU cumplió en el primer envite venciendo a Paraguay por 4 a 1.
Incovenientes y deseos
Hay aspectos que distorsionan y pueden empañar el torneo, como las prohibiciones de entrada a jugadores, árbitros, espectadores, los conflictos diplomáticos, las políticas migratorias, de seguridad...
Veremos que acaba ocurriendo hasta el 19 de julio, cuando se celebre la gran final. Qué conclusiones definitivas se sacarán en los aspectos deportivos, económicos, medio ambientales, sociales, culturales, de seguridad y políticos. Esto acaba de empezar y el deseo, difícil e imposible ahora mismo, es que ganase el interés mundial de solidaridad, paz y concordia. @mundiario