
Cualquier forma de violencia, en una comunidad civilizada, es condenable y, por tanto, debe ser rechazada sin ambigüedades por todos los miembros de la sociedad. Se trata, simple y sencillamente, de una conducta inadmisible que no puede justificarse bajo ninguna circunstancia.
Sin embargo, hay algunas formas de violencia que resultan particularmente agraviantes porque involucran el ataque a la intimidad de las personas, como es el caso de las agresiones de carácter sexual. Justo por ello, las comunidades que aspiran a ofrecer un clima que favorezca el desarrollo sano de sus integrantes deben realizar esfuerzos particulares para impedir que se registren.