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Quadratin 23 Mar, 2026 07:26

Tiempos Modernos: Plan contra las adicciones

Los números no mienten, aunque incomoden: casi el 30% de las y los estudiantes de preparatoria en Morelos ha consumido alcohol o ha tenido contacto con drogas como la marihuana. No dentro de las escuelas, aclara la Secretaría de Educación, sino en su vida cotidiana. Pero esa frontera entre “dentro” y “fuera” es cada vez más borrosa cuando hablamos de adolescencia, vulnerabilidad y entornos sociales.

La secretaria Karla Aline Herrera lo dijo con claridad: no se trata de expulsar, sancionar o estigmatizar. Se trata de canalizar, de acompañar, de ofrecer orientación socioemocional. Ahí entra Telpochcalli, un programa que apuesta por la prevención y la atención, no por la exclusión.

En un país donde la respuesta institucional suele llegar tarde y con mano dura, este enfoque es un cambio de paradigma.

La grieta más profunda: familias desconectadas

El dato más revelador no es el 30%. Es otro: en congresos familiares realizados por la Secretaría, se detectó que en municipios como Cuernavaca, la mayoría de las familias no sabe qué hacen sus hijas e hijos.

Ese es el verdadero epicentro del problema.

La narrativa pública suele culpar a la escuela, al gobierno, a los amigos, a la calle. Pero la primera institución que se ha ido desdibujando es la familia. No por falta de amor, sino por falta de tiempo, herramientas y acompañamiento.

Cuando la familia se desconecta, la escuela queda sola. Y cuando la escuela queda sola, el Estado llega tarde.

Reconstruir comunidad: el reto detrás de Telpochcalli

Por eso Telpochcalli —y su equivalente para secundaria, Calmecac— no son solo programas educativos. Son intentos de reconstruir comunidad, de volver a tejer la red que debería sostener a las y los jóvenes antes de que caigan en dinámicas que pueden marcarles la vida.

La ampliación del programa a Xoxocotla, Jiutepec y Cuautla confirma que el problema no es aislado. Es estructural. Y requiere respuestas estructurales.

No expulsar: recuperar

La postura oficial rompe con la lógica punitiva. “No es detección-expulsión”, dijo la secretaria. Y tiene razón.

Expulsar a un joven por consumir es empujarlo justo hacia donde más riesgo tiene. Acompañarlo es traerlo de vuelta.

Pero ningún programa funcionará si no se involucran las familias. Si no se abren espacios de escucha. Si no se reconoce que la adolescencia de hoy no se parece en nada a la de hace veinte años.

Las drogas cambiaron. La presión social cambió. La velocidad del mundo cambió. Y la soledad también.

Telpochcalli es un paso. Un buen paso. Pero el reto es mayor: reconectar a la comunidad con sus jóvenes.

Porque cuando un adolescente consume, no es solo él quien está pidiendo ayuda. Es toda la red la que muestra sus grietas.

Y esas grietas no se reparan con castigos. Se reparan con presencia.

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