
Este amigo mío con el que tomo la copa –varias– los martes por la noche se pone cínico después del tercer trago. Eso lo vuelve más interesante.
Anoche, por ejemplo, negó la doctrina de la inmortalidad del alma, lo cual me sublevó. Le dije:
–No todo acaba con la muerte.
Respondió:
–Tienes razón. Después siguen los pleitos por la herencia.
Le recordé la antigua oración que se le recitaba a un difunto: “Dale, Señor, el descanso eterno, y luzca para él la eterna luz”. Manifestó:
–Me gusta eso del descanso eterno, pero con luz no puedo dormir. Renuncio entonces a la eterna luz.
Lo desafié:
–Nos veremos en el más allá.
Replicó alzando la copa:
–Disfrutemos por ahora del más acá. Después ya no habrá nada que podamos disfrutar.
Callé. Con un cínico no se puede discutir.
¡Hasta mañana!...