Las pensiones suelen parecer un problema lejano. Algo que pertenece al futuro, a los gobiernos siguientes o a generaciones que todavía no llegan al retiro. Sin embargo, la presión ya está creciendo. Es como una presa que durante años acumula agua detrás del muro: desde afuera parece estable, pero cada temporada aumenta la tensión sobre la estructura.
Los números muestran que cada vez hay menos trabajadores sosteniendo a más jubilados. Hace apenas unas décadas había más de seis personas aportando por cada pensionado. Hoy son cuatro. En algunos sistemas la proporción es todavía menor. La causa no es un misterio: nacen menos niños, las personas viven más años y millones de trabajadores permanecen en la informalidad sin contribuir al sistema.
Otros países ya descubrieron lo que ocurre cuando el problema se pospone demasiado. Grecia enfrentó fuertes recortes durante su crisis financiera. Francia elevó la edad de retiro en medio de protestas multitudinarias. Japón ha debido adaptar buena parte de su economía al envejecimiento de su población. Ninguno encontró soluciones sencillas ni indoloras.
La situación se parece a una tanda familiar donde cada vez menos integrantes ponen dinero y cada vez más personas esperan recibir apoyo. Durante un tiempo funciona. Después comienzan las tensiones, los faltantes y las discusiones sobre quién debe aportar más.
México todavía puede evitar ese escenario. Formalizar empleos, aumentar gradualmente las contribuciones al retiro, fortalecer el ahorro individual, combatir la evasión y revisar los esquemas más costosos forman parte de las alternativas que plantean especialistas.
Lo preocupante es que la discusión apenas ocupa espacio en la agenda pública. Mientras la política se concentra en la próxima elección, el reloj demográfico sigue avanzando. Y cuando finalmente llegue la factura, no distinguirá colores partidistas. La pagará todo el país.