Los políticos creen que su poder es infinito en tiempo y espacio. Mientras más permanecen en él más se desconectan de la realidad que los limita y los desgasta ante la imposibilidad de permanecer eternamente al mando, y tras la paulatina pérdida de la capacidad de convertir sus órdenes en hechos consumados. Por eso los modelos democrático institucionales se basan, entre otras cosas, en la circulación de las élites y la contención legal de la fuerza concentrada en el mandatario en turno.
Lo que López Obrador quiso reconstruir fue el presidencialismo absoluto del priismo hegemónico y la continuidad del mismo en su figura de caudillo. La realidad le ha explotado en la cara. Un país copado por el crimen organizado, sin crecimiento económico y al borde del precipicio financiero del sector público, destruye en automático toda posibilidad de mantener el poder formal de la 4T.
La consecuencia inmediata de este modelo construido por políticos ambiciosos e ineptos, es el caos cotidiano de una nación que transita sin ley ni autoridad hacia un vacío de poder que es ocupado por aquellos que tienen la suficiente fuerza como para imponer su voluntad más allá de un proyecto de gobierno racional y viable. La condescendencia de Sheinbaum con la CNTE, el desorden en la Ciudad de México en medio del torneo mundialista, y la demostración patente de la enorme ignorancia por parte de las autoridades de lo que implica resolver entre otras cosas, los problemas de infraestructura de un país que destruye día a día aquello que se había logrado en materia de servicios públicos antes de la llegada de los cuatroteros.
El desgaste del proyecto 4T se ha producido tanto por la imposibilidad de trasladar mecánicamente las riendas del poder del caudillo Andrés a la heredera Claudia, así como por la falta absoluta de cuadros profesionales con la preparación adecuada para ejecutar las órdenes que pudiesen mostrar logro alguno por parte del gobierno. Aeropuertos ineficientes y rebasados, refinerías que estallan constantemente, trenes mal diseñados e incapaces de operar con autosuficiencia financiera, son las pruebas de la estupidez política de un programa de gobierno inviable.
Es cierto que la desaparición práctica de Morena en las elecciones locales en Coahuila tiene que ser explicada por un conjunto de factores locales, pero también lo es el hecho de que la fractura interna en el partido oficial producto de disputas internas, y la presión norteamericana por vincular a políticos morenistas con los criminales, profundiza el desgaste de una presidenta que no se atreve a presentarse públicamente sin contar con la protección de los círculos de fieles dispuestos a aplaudirle cualquier tontería que salga de su boca.
El desgaste es incuestionable, pero la interrogante sobre cuándo este caos producirá un reacción que obligue al gobierno a cambiar de rumbo es imposible de predecir. La obsesión por mantenerse en el poder es mayor que el reconocimiento del peligro al que nos enfrentamos. Ni modo.