“Todas sus huestes se manejan con dinero mal habido y lo pruebo: el dinero viene del narco; es un narcoestado…México tiene grandes problemas porque es un narcoestado y tengo las pruebas”.
Porfirio Muñoz Ledo
La acusación de Porfirio Muñoz Ledo, poco antes de morir, fue lapidaria: «México es un narcoestado». Justo la misma acusación que viene de Donald Trump. Quien tuvo una larga trayectoria como militante del PRI, del PRD y de Morena, quiso ser presidente de este último partido cuando compitió contra Mario Delgado. Desde su campaña, denunció que el dinero de su contrincante provenía del narco. Perdió la elección.
Pocos políticos tuvieron el valor de denunciar lo que ocurría durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, pero Porfirio era un hombre rebelde por naturaleza. Cuando vio que su contrincante tenía recursos ilimitados para competir, denunció el origen de esos fondos. Dijo tener pruebas documentales y advertía que, si atentaban contra su vida, las haría públicas.
La paz puede regresar al país cuando los políticos que gobiernan —de cualquier partido— sean ajenos a los tratos con organizaciones criminales. Es difícil juzgar el papel de un gobernante en Sinaloa, por ejemplo, si no llega a acuerdos, sus subordinados lo harán porque sus vidas dependen de ello. La frase de “plata o plomo” siguió vigente hasta que, después de 4 décadas, el Cártel de Sinaloa se dividió a raíz del secuestro de Ismael Zambada.
La única forma de recuperar la paz es mediante la coordinación entre los tres niveles de gobierno y los servicios de inteligencia de Estados Unidos. Puede parecer una frase trillada, pero es fundamental. Durante el sexenio pasado, el presidente López Obrador no quiso enfrentarse a nadie. Fue el infierno para el país y para los consumidores de fentanilo en Estados Unidos; fue la oportunidad para los cárteles de inundar de drogas al vecino del norte. Cada año fallecen más norteamericanos por sobredosis de fentanilo que todos los soldados muertos en la guerra de Vietnam.
Mientras eso sucedía, López Obrador mentía en público a los mexicanos y a los estadounidenses alegando que en México no había laboratorios de fentanilo. Nadie podía creer que dijera tal cosa; durante el sexenio actual se han destruido más de 2 mil laboratorios. La lucha ha sido frontal contra el crimen organizado, aunque no se diga abiertamente, y la desaparición de “El Mencho”, el líder más poderoso, es prueba de ello.
Pero, sin desligar a los políticos en funciones del crimen organizado, la tarea es más complicada. Eso lo vieron la administración Trump y los juzgados neoyorquinos que los llaman a cuentas. Pronto veremos el resultado de esta campaña cuando México tenga que entregar a los indiciados. Muchos apuestan a que no habrá opción. El partido Morena corre riesgos si no limpia sus cuadros.
Lo bueno es que, mientras en Palacio claman soberanía, en el combate real hay cooperación entre las autoridades de seguridad de ambos países. Poco a poco, el secretario de Seguridad Pública, Omar García Harfuch, recupera el terreno que cedió López Obrador a quienes prometió “abrazos y no balazos”, con las funestas consecuencias de más de 200 mil asesinatos durante su mandato.
Si es difícil purgar a las policías municipales, estatales y federales de elementos comprometidos con el crimen organizado, resulta doblemente complicado llamar a cuentas a quienes están en los más altos niveles del gobierno, pero la presidenta tiene que lograrlo por el verdadero bienestar y la paz del país.