Desde hace unos días, la figura del expresidente Rodríguez Zapatero ocupa buena parte de la atención mediática y política a causa de las investigaciones judiciales abiertas respecto de algunas actividades que, presuntamente, realizó en los últimos años.
No es inexacto afirmar que Zapatero viene concitando una intensa agresividad verbal por parte de la derecha política y de aquellos círculos de opinión que se ubican en la oposición derechista más contundente al actual Gobierno. La causa más inmediata hay que buscarla en el activo papel desarrollado por el expresidente en la campaña de las elecciones generales de 2023, cuando decidió actuar como factor dinamizador del electorado socialista en favor de Pedro Sánchez, frente a la pasividad explícita de figuras como Felipe González. Dada esa importante cuota de responsabilidad atribuida a Zapatero, los sectores del universo conservador piensan que un eventual deterioro de su reputación ante los votantes que hicieron posible el vigente Gobierno de coalición facilitará la llegada del dúo PP-Vox a La Moncloa.
Repasemos brevemente las luces y las sombras de la trayectoria política de esta singular figura. Llegó a la presidencia del Gobierno en el año 2004, a pesar de que una buena parte de los pronósticos señalaban como favorito a Mariano Rajoy. La burda manipulación que promovieron el PP y sus terminales mediáticas sobre la autoría del salvaje atentado registrado el 11 de marzo en la estación de Atocha actuó como un poderoso elemento de activación electoral de muchas personas que ya conocían el papel del Gobierno de Aznar en la gestión del Prestige y en la agresión bélica contra Irak.
En las dos legislaturas en las que encabezó el Ejecutivo acometió importantes y complicadas decisiones que fueron objeto de la rotunda oposición del PP: la retirada unilateral de las tropas del Ejército español presentes en la aventura guerrera dirigida por Bush y Blair; el apoyo a la reforma del Estatut de Cataluña que promovió Pasqual Maragall; la aprobación del matrimonio igualitario y de mejoras sustanciales en la legislación sobre el aborto; la iniciativa de las conversaciones con la izquierda abertzale destinadas a facilitar el posterior cese de la actividad de ETA... Y, además, una circunstancia relevante: entre 2004 y 2011 no hubo casos de corrupción análogos a los que se habían producido en los círculos gubernamentales de Felipe González.
En el capítulo de las sombras acontecidas durante sus mandatos destaca, principalmente, el seguidismo y/o sumisión a las lesivas políticas de ajuste aprobadas por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI ante la grave crisis financiera iniciada en Wall Street y trasladada después al tejido económico europeo. En vez de convocar elecciones para que la ciudadanía decidiera la eventual aceptación del "diktat" establecido por los órganos de Bruselas, Zapatero asumió los duros ajustes exigidos —incluso con una reforma parcial del texto constitucional— y padeció el notable desgaste que abrió las puertas a la mayoría absoluta obtenida por el PP en los comicios de 2011. Precisamente, en el mes de mayo de ese año apareció lo que luego se denominaría "movimiento 15-M", como un evidente síntoma demostrativo de la notoria desafección y desconfianza que se había instalado en grandes contingentes de la juventud y de los sectores más afectados por la crisis y su tratamiento.
Alejado de la primera línea, asistió al nacimiento de nuevas formaciones políticas (Podemos y Ciudadanos) y también conoció la fuerte convulsión vivida en el interior de su partido antes de la consolidación —primarias mediante— de Pedro Sánchez en la Secretaría General del PSOE. Aunque ahora resulte sorprendente, conviene recordar que, en aquella disputa doméstica, apoyó a Susana Díaz, tal y como hicieron otros dirigentes históricos del partido. Sin embargo, en los años posteriores avaló la decisión de Sánchez favorable a la formalización de un Gobierno de coalición con Unidas Podemos y expresó algunas muestras de afinidad explícita con Pablo Iglesias e Irene Montero.
La labor de mediación que Zapatero ha protagonizado en el ámbito de la política venezolana suscitó también una fuerte beligerancia crítica por parte del PP, de Vox o del propio Felipe González. Precisamente, algunos episodios relativos a esa relación con personas vinculadas al país americano aparecen entre los indicios que un juez está utilizando para investigar la presunta conducta delictiva del expresidente. Con todo, algunos prestigiosos juristas sostienen que el auto judicial puede quedar anulado porque utiliza como material probatorio una pieza proporcionada por una agencia oficial norteamericana que no cumplió con los requisitos jurídicos formales vigentes en el derecho penal español.
Aunque, finalmente, Rodríguez Zapatero no resulte condenado en los tribunales, existen muchas dudas sobre los efectos de estas actuaciones judiciales en las futuras expectativas electorales del PSOE. Hay un riesgo real de desmovilización de partes significativas de aquellos votantes progresistas que defienden estándares más exigentes para el comportamiento de los dirigentes políticos y que pueden quedar decepcionados ante lo que se está publicando. Al fin y al cabo, este episodio remite a una vieja pregunta: ¿es suficiente la no culpabilización judicial para validar éticamente la labor de las personas que participan activamente en la vida política institucional? Sabemos que las respuestas son diferentes: en los espacios de la derecha vale todo aquello que no sea objeto de una condena firme en los tribunales de justicia. En los restantes territorios hay diferentes opiniones y, por tanto, menor homogeneidad en los posicionamientos que se puedan dar en las próximas citas electorales. @mundiario