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Mundiario 20 Jun, 2026 07:09

La biografía de la ausencia en Abrazar el vuelo, de Ada Soriano

Abrazar el vuelo conmueve enseguida. Porque lo que se expresa en el nuevo libro de Ada Soriano tiene que ver con una intimidad compartida que nos cambia, nos importa, nos borra por unos instantes de nuestro egocentrismo. Conmueve y se atiza en el fondo y también en la superficie, como si dejara visibles escarificaciones, imborrables, imborrables porque son inéditas. Suceden una sola vez y se abrazan a la breve memoria de quien las sufre.

Su naturaleza no proviene de la inclemencia o del azar, sino de la predestinación. La muerte no se elige. Sucede y no sale gratis para los que se quedan: " Mi carrera de gacela me consumía, / ese vuelo hacia ti, / aquel abrazo tan alto / como alto en tu desenlace, / papá". (pág. 29). Las ausencias del padre y del hermano residen en el origen de un poemario, Abrazar el vuelo (La Garúa), cuya escritura media entre los mensajes que la ausencia deposita en lo cotidiano, transformando su aparente banalidad en una potente trama semántica donde todo ha dejado de ser frívolo: "Calles y jardines / celebraban la primavera / y él, desde su cama, / se despegaba de la vida, / de cada estación de la vida, / con un adiós triste y doloroso". (pág. 14).

No es Ada Soriano una escritora que asuma la resignación como única posibilidad de reinterpretar el vacío con el que los ausentes se hacen palmarios y reconocibles. La escritura de este libro indaga en los rasgos definitorios de un crisol de emociones que la escritora va experimentando a través de unos poemas que, al principio, miran hacia adentro, sin patetismo ni complacencia. Le sirven para autoanalizarse y romper el marco convencional de un tabú en el que el duelo debe procesarse desde el silencio o el aislamiento: "Seamos en el vuelo de un ave que pasa / y apenas deja en el aire un indicio / de hierba". (pág. 37). Sin embargo, me gusta que Ada no caiga en esa otra propuesta en la que el duelo y el trauma han de convertirse en una experiencia próxima a un enardecimiento que todos han de admirar y validar públicamente. No se trata de ser héroe ni estoico. En este caso, Ada sabe que la escritura es un proceso de apartamiento, de soledad buscada, de diálogo sincero con uno mismo en el que los símbolos descubren la controversia de lo que significa existir. Existir incluye una mortalidad en potencia que los versos de Abrazar el vuelo administran con un convencimiento: no siempre la aceptación ha de vincularse con la inercia conformista a la que conduce la parte final del duelo: "¿Las palabras alientan? / Atiéndete, / desata el nudo que te oprime y mira / cómo el tallo se nutre de agua, / cómo el torso se yergue en el agua, / cómo los ojos retienen el agua". (pág. 33)

El padecimiento, las paradojas, la injusticia manifiesta de una muerte prematura, como la de su hermano, frente a la de un padre longevo, y las enseñanzas morales que, tras de esas desapariciones, pueden rastrearse, permiten que la poesía de Ada no peque de solipsismo o de un ensimismamiento en el dolor como fin en sí mismo. La escritura es apartamiento, porque también es liberación, y esa liberación empuja a evocarlos, a no perderlos, a sostenerlos en vivencias pretéritas, asentadas en esa presunta irrealidad de los recuerdos. Pero solamente es presunta: "Ay, corazón, / aun sabiendo que el único destino / es el olvido, / recuérdalos, / recuérdalos..." (pág. 23). De hecho, a partir de la parte III del poemario, la escritora busca en las afueras ese asidero en el que plegarse para contemplar la rendición del sentimiento de orfandad que la embarga. La muerte en sí solamente puede ser reprobada en ese acto de mirar hacia el mundo donde la materia refulge y renace: "Un charco de agua limpia / me conduce a la edad de los sueños. / En el jardín abandonado crecen rosas. / No arranques sus pétalos, / los destellos que me alumbran. / En el jardín abandonado / el canto de dos petirrojos me cautiva. / Que nadie les ponga una mordaza". (pág. 46).

Conmueve porque la desaparición de los otros es también la nuestra, porque es la consolidación de que nuestra genealogía deja de ser inmortal para volverse telúrica y carnal, perecedera. Conmoción, conmotio, moverse junto a o con, agitar, perturbar. Perturbar la muerte para confirmar la mirada que abraza una realidad apabullante, el viento de poniente, los petirrojos, las hojas secas, la soledad de una huerta, noches de insomnio.

La sucesión de los acontecimientos prolonga la existencia de los que ya no están. Su ausencia no es testimonial, porque hay algo inefable que los aferra al orden natural, y entonces el duelo se torna leve, alivio, sosiego, consumación de que la realidad es más tangible cuando la soledad alrededor avanza porque dejaron de estar los que llenaban tanto: "Tu silencio era reverencial, / de tan inmenso". (pág. 27). Y, sin embargo, sí están nuevamente en la senda, perdidos probablemente o no, porque el duelo no es un trámite sino un rememorar. Prosiguen en la senda. Para abrazar el vuelo. Para abrazar el duelo. Mientras un velo de agua sostiene el mundo de ahora. @mundiario

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