
Y llegó la paz tan ansiada, tan esperada. A las afueras de París está Versalles, que, como tantas veces a lo largo de la Historia, fue el lugar dónde se firmó esa paz para acabar con la guerra en Irán. Ahora habrá que ver si esa paz es segura o como en otras ocasiones nunca llegue.
De todos modos, de momento es importante porque se ha abierto el Estrecho de Ormuz y ese no es un tema menor. La actividad económica global vuelve al sendero que siempre tuvo. El mercado y el comercio regresan a la estabilización.
Sin embargo, ahí está el grano. Ese grano lleno de pus y de perversión que es el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu. Que va por su propio camino. Efectivamente va por la libre en su cruzada en Líbano y Palestina. Y cada vez ve con ojos de deseo a Siria.
Todo ello, desde luego, no favorece en absoluto la frágil paz.
Donald Trump entró en una guerra en la que nunca debió haber entrado; una guerra que fue un fracaso. Se trata de una paz que él ha vendido como un gran éxito, pero en el fondo -y en la forma- no es más que un fracaso del inquilino de la Casa Blanca y de la diplomacia estadounidense.
Benjamín Netanyahu cabalga a lomos de su propio caballo que no es más que él, entre advertencia velada primero y, yo creo, que amenaza en toda regla en la actualidad. Es incomprensible que el presidente estadounidense, con esa falta de filtro, con esa vehemencia y con esa imposición se haya convertido en el lacayo del líder del Estado hebreo.
Mientras el primer ministro israelí continúe con la idea de seguir bombardeando no podrá haber paz. ¿Qué sabe Netanyahu que no sabemos el resto de los mortales? ¿Por qué tiene amedrentado al número uno? ¿No estarán detrás los famosos papeles de Epstein? ¿No estará detrás ese ominoso y oscuro pasado de Trump?
Esta guerra, que ha costado centenares de muertos, tiene una génesis que no conocemos, pero que pudiera ser algo repudiable que podría involucrar a unos cuantos actores.
@pelaez_alberto