La caída de Keir Starmer constituye uno de los episodios más desconcertantes de la política británica reciente. El líder laborista llegó al poder en julio de 2024 con una mayoría aplastante de 174 escaños y con la promesa de devolver la estabilidad al Reino Unido tras años de convulsiones conservadoras. Sin embargo, apenas dos años después, el hombre que había llevado al Partido Laborista a una de sus mayores victorias electorales se vio obligado a anunciar su dimisión, incapaz de contener una rebelión creciente dentro de sus propias filas.
Su salida no responde a una sola decisión catastrófica ni a un escándalo comparable al Partygate de Boris Johnson o a la crisis financiera desencadenada por Liz Truss. La debacle de Starmer fue más gradual y compleja. Fue el resultado de errores estratégicos, problemas de comunicación, una economía sin margen de maniobra y una incapacidad para construir un relato político capaz de sostener su proyecto de gobierno.
La victoria laborista de 2024 fue interpretada por muchos analistas como una condena al agotamiento conservador más que como una adhesión entusiasta al programa de Starmer. Después de catorce años de gobiernos tories, el electorado buscaba estabilidad y moderación. El antiguo fiscal general representaba precisamente esa imagen de gestor serio y tecnócrata, una figura tranquila después del caos asociado a Johnson y el efímero mandato de Truss.
Pero aquella inmensa mayoría parlamentaria ocultaba una debilidad de origen. El laborismo había ganado gracias al rechazo a los conservadores y no tanto por la existencia de un proyecto ideológico fácilmente identificable. Muchos votantes apoyaron a Starmer por descarte, y esa falta de entusiasmo acabaría convirtiéndose en uno de sus principales problemas.
Cuando Tony Blair llegó al poder en 1997, lo hizo envuelto en un clima de optimismo simbolizado por el lema de que las cosas solo podían mejorar. Starmer escogió el camino opuesto.
En lugar de alimentar las expectativas generadas por el cambio político, advirtió desde el comienzo de que el Reino Unido heredaba una situación difícil y que los sacrificios serían inevitables. Repetía constantemente que los problemas acumulados durante años no se resolverían de inmediato y que la situación empeoraría antes de mejorar.
La intención era transmitir honestidad y responsabilidad, pero el efecto político fue devastador. El nuevo Gobierno contribuyó a instalar una sensación de pesimismo justo cuando la economía necesitaba confianza y los ciudadanos esperaban señales de recuperación. Mientras los británicos buscaban esperanza, Downing Street proyectaba austeridad emocional.
El problema de un líder sin relato
Otra de las debilidades fundamentales del ex primer ministro fue la ausencia de una filosofía política clara. El llamado “starmerismo” nunca llegó a existir como una corriente reconocible.
Su trayectoria como fiscal y jurista le había otorgado reputación de hombre serio y competente, pero no consiguió traducir esa imagen en un proyecto ideológico coherente. Muchas decisiones parecían desconectadas entre sí, sin un hilo conductor evidente. El Gobierno daba la impresión de reaccionar a los acontecimientos más que de dirigirlos.
Esa falta de narrativa convirtió numerosos debates en simples disputas técnicas. Cuando surgían las dificultades, Starmer tenía problemas para explicar por qué determinadas medidas eran necesarias o qué objetivo estratégico perseguían.
La sensación de improvisación se agravó con una larga serie de cambios de posición. El Ejecutivo intentó restringir las ayudas para calefacción a pensionistas con mayores ingresos, propuso reformas del sistema de prestaciones para discapacitados y promovió varias iniciativas administrativas que acabaron siendo modificadas o directamente abandonadas.
Cada rectificación transmitía la imagen de un Gobierno incapaz de mantener una dirección clara. Las concesiones calmaban las tensiones inmediatas, pero debilitaban la autoridad política del primer ministro. Los votantes progresistas empezaron a considerar al laborismo excesivamente conservador, mientras los sectores moderados percibían un Ejecutivo dubitativo y sin capacidad para tomar decisiones difíciles.
El giro sobre inmigración y el ascenso de Reform UK
Uno de los errores más costosos fue la estrategia exclusivamente diseñada para frenar el crecimiento de Reform UK y el ascenso de Nigel Farage.
La influencia del principal asesor de Starmer, Morgan McSweeney, llevó al Gobierno a endurecer el discurso sobre inmigración con la intención de recuperar votantes tradicionales del norte de Inglaterra. El problema fue que esa táctica provocó una creciente incomodidad entre los votantes urbanos, progresistas y de clase media, que forman una parte esencial de la base laborista.
La frase sobre el riesgo de convertir al Reino Unido en una “isla de extraños” generó una enorme polémica por las referencias históricas al discurso de Enoch Powell. Posteriormente Starmer se distanció de aquellas palabras, alimentando de nuevo la percepción de un líder sin una estrategia consistente.
La consecuencia fue doble. Reform UK siguió creciendo, mientras liberales y verdes comenzaron a atraer parte del electorado progresista desencantado. Incluso sus aliados reconocían una limitación importante. Starmer destacaba por sus capacidades técnicas, pero tenía dificultades para desempeñar algunas de las tareas clásicas de un líder político.
Muchos diputados laboristas nunca desarrollaron una relación personal estrecha con él. No cultivó redes internas de lealtad ni construyó un círculo amplio de apoyos parlamentarios. En tiempos de estabilidad aquello pasaba desapercibido, pero cuando comenzaron las dificultades, el primer ministro descubrió que disponía de pocos aliados dispuestos a defenderlo.
Diversos observadores de Whitehall también señalaban su tendencia a delegar conflictos entre ministerios y a evitar la resolución directa de discrepancias. Esa forma de liderazgo generó tensiones y retrasos en la toma de decisiones.
Los escándalos y una herencia económica imposible
Aunque Starmer no protagonizó grandes casos de corrupción, varias controversias dañaron la imagen de integridad que había cultivado. Las críticas por aceptar regalos y entradas para conciertos y partidos de fútbol erosionaron su discurso de regeneración política. Sin embargo, el episodio más perjudicial fue el nombramiento de Peter Mandelson como embajador en Washington.
La posterior revelación de los vínculos del veterano dirigente laborista con Jeffrey Epstein y las dudas sobre los controles de seguridad golpearon directamente la reputación del Gobierno. Para un dirigente que había construido toda su carrera sobre la idea del respeto a las instituciones y al procedimiento, el caso resultó especialmente destructivo.
Sin embargo, no toda la responsabilidad de la caída recae sobre Starmer. El Reino Unido que recibió en 2024 arrastraba más de una década de crecimiento débil, servicios públicos deteriorados y finanzas públicas limitadas. La austeridad posterior a la crisis de 2008, las consecuencias del Brexit y la inestabilidad política habían dejado un país agotado.
Además, las promesas electorales limitaban enormemente la capacidad del Gobierno para aumentar los ingresos fiscales. Romper aquellos compromisos requería una capacidad comunicativa excepcional, y precisamente esa era una de las mayores debilidades del primer ministro.
La derrota en las elecciones locales de mayo terminó de activar la maquinaria interna del Partido Laborista. Muchos diputados empezaron a cuestionar si Starmer podía seguir liderando al partido frente al auge de Reform UK. La victoria de Andy Burnham en la elección parcial de Makerfield acabó por convertir en inevitable la transición. El exalcalde de Gran Mánchester apareció como una alternativa con mayor conexión con el electorado y mayor capacidad para reconstruir la confianza del partido.
Finalmente, Starmer reconoció que ya no contaba con el respaldo suficiente. “He escuchado la respuesta de mi grupo parlamentario a esa pregunta, y acepto esa respuesta con buen talante”, dijo. “Cada decisión que he tomado ha sido para poner primero al país que amo. Por eso dimitiré como líder del Partido Laborista”.
Su legado deja una paradoja difícil de ignorar. El hombre que devolvió al laborismo al poder y puso fin a catorce años de gobiernos conservadores acabó convirtiéndose en otra víctima de la extraordinaria volatilidad política británica. Desde 2016, Reino Unido ha visto pasar a seis primeros ministros y se dispone a recibir al séptimo. Una sucesión vertiginosa que revela que la crisis de liderazgo y la fragmentación política son problemas mucho más profundos que la suerte individual de Keir Starmer. @mundiario