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Vanguardia 24 Jun, 2026 10:38

Trump y su marcha de la locura en Irán

Por Timothy Snyder, Project Syndicate.

TORONTO- Estados Unidos capituló ante Irán. Las condiciones del “memorándum de entendimiento” firmado por ambas partes son una victoria para la República Islámica y una humillación para el presidente Donald Trump y los Estados Unidos. La guerra no es disfrutar viendo explotar cosas (como al parecer algunos necesitaban aprender), sino la política por otros medios. Y (como acaba de demostrar Irán) ganar significa cambiar la política del enemigo para obligarlo a rendirse.

Desde el primer momento, la guerra no provocada de Estados Unidos e Israel contra Irán puso a la vista de todos la incompetencia de Trump. En vez de intentar comprender cómo piensan y actúan los dirigentes iraníes, Trump, el secretario de “guerra” Pete Hegseth y otros funcionarios estadounidenses los trataron como a peleles que se rendirían de inmediato en cuanto empezaran a caer las bombas.

Carente de estrategia propia, a la administración Trump no se le ocurrió que Irán pudiera tener un plan de represalia: lanzar ataques de largo alcance y cerrar el estrecho de Ormuz. La única respuesta que les quedó a los funcionarios estadounidenses fue hacer pasar la derrota por victoria (una ridiculez en la que todavía insisten). Es lo que ocurre cuando los votantes confían la conducción de la guerra a presentadores de televisión y la negociación de la paz a especuladores.

Al parecer muchos estadounidenses todavía creen en el engaño de que Trump es un negociador astuto. Pero nunca lo fue: era un personaje que hacía en televisión. Trump y los miembros de su gabinete hablan a lo grande ante las cámaras, pero no tienen idea de cómo funciona el poder mundial. Trump es vanidoso, impetuoso, distraído e indiferente a cualquier asunto que no sea su bienestar. Inició la guerra contra Irán por capricho y se rindió por conveniencia política: un abaratamiento de los combustibles lo ayudaría en su intento de quedarse en la Casa Blanca para siempre.

Hasta ahora yo pensaba que el legado geopolítico de Trump sería una nota al pie en la guerra de Ucrania: un aspirante a oligarca que prolongó artificialmente la guerra de agresión de un oligarca real. Pero ahora a Trump también se lo recordará como artífice del resurgimiento del brutal régimen iraní.

Con su ataque a Irán, Trump generó simpatía hacia torturadores y asesinos. Con la derrota, amplió el poder iraní en Medio Oriente. Y con la capitulación, creó una fuente de ingresos duradera para los gobernantes iraníes. Irán arancelará el tránsito por el estrecho de Ormuz, y Estados Unidos descongelará 24 mil millones de dólares en activos iraníes y pagará 300 mil millones de dólares en fondos de reconstrucción. Cualquier poder que tuviera Estados Unidos para impedir que Irán fabrique un arma nuclear ha desaparecido.

Existe la tendencia a pensar que la maldad y la estupidez son incompatibles: si algo es malvado, ha de servir a un propósito inteligente; si es una tontería, no tendrá mucha malicia. Pero la guerra de Trump en Irán es la prueba de que la maldad y la estupidez pueden ir juntas de la mano en la senda a la autodestrucción nacional.

La guerra de Trump contra Irán fue un desastre estratégico y ético. Librar una guerra de agresión no declarada e ilegal, ignorar el derecho bélico y matar a decenas de civiles no es fuente de victoria. Festejar esas acciones no es señal de cálculo astuto, sino error liso y llano. Se puede ser violento y disfrutarlo, y aún así seguir siendo un perdedor. Se puede ser a la vez insensible e insensato: Trump y Hegseth lo han demostrado.

En otras palabras, aquí no hay consuelo que valga. La administración Trump usó medios malvados de manera insensata, no con un fin justificado, y dejó al mundo mucho peor de lo que estaba. Gracias a Trump, Estados Unidos generó problemas económicos en todo el mundo y (para beneplácito de China, Rusia e Irán) creó un orden internacional más caótico y anómico.

Pero si la maldad y la estupidez pueden ir de la mano, también pueden hacerlo la virtud y la sabiduría. Estados Unidos llegó a este punto porque permitió la concentración del poder político, económico y mediático en unos pocos. Es tentador atribuir la capitulación estadounidense a un liderazgo incompetente, pero se debe más bien a políticas e instituciones que permiten la llegada al poder de personas semejantes.

Las guerras por capricho son síntoma de tiranía y advertencia para los partidarios de la república. Hay que oponerse a ellas; pero sobre todo, hay que prevenirlas, sacando de la política al dinero, resolviendo las desigualdades básicas, desarmando monopolios y habilitando la movilidad social.

A Irán no le costó ganar la guerra: sólo tuvo que poner en riesgo el interés propio de un aspirante a tirano. Para construir un Estados Unidos que no capitule se necesita lo contrario de la insensibilidad e insensatez de Trump. Los estadounidenses tenemos que valorar a líderes más sensatos (personas que tengan pergaminos reales que mostrar y hayan hecho algo bueno con sus vidas) y oponer resistencia a charlatanes carismáticos que nos meten la mano en el bolsillo y envían a nuestros hijos a la guerra. Y también tenemos que valorar a líderes más sensibles, que canalicen nuestro deseo de preocuparnos por el otro y de crear un gobierno que permita una vida mejor a todos. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Timothy Snyder, primer titular de la cátedra de Historia Europea Moderna en la Escuela Munk de Asuntos Internacionales y Políticas Públicas de la Universidad de Toronto y miembro permanente del Instituto de Ciencias Humanas en Viena, tiene publicados veinte libros en carácter de autor o editor.

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