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El Financiero 26 Jun, 2026 06:40

Nueva York

El sábado 4 de julio, Estados Unidos cumplirá 250 años. No es sencillo decir si es o no la democracia más antigua del mundo, en tanto que Reino Unido es casi 70 años mayor, en su carácter de monarquía constitucional (sin Constitución escrita) bajo control de un parlamento elegido. No hay duda de que es en Estados Unidos donde se intenta recrear la República romana, se crea una forma especial de federalismo y se inventa la presidencia. Creo que conviene, aprovechando la celebración, dedicar algunas colaboraciones a tratar de entender mejor a ese país.

Empiezo por el final, es decir, por lo que pasa hoy. Estados Unidos tendrá elecciones intermedias el primer martes de noviembre y, en ese proceso, se han estado celebrando elecciones primarias en los dos partidos desde hace unos meses. Esta semana ocurrió una de esas elecciones primarias, en el estado de Nueva York, donde hubo resultados sorprendentes. Impulsados por el alcalde de esa ciudad, Zohran Mamdani, candidatos radicales obtuvieron el triunfo en las primarias demócratas. Se trata de demócratas socialistas, según dicen, pero no es fácil encontrarles etiqueta. Son, si se acepta, más allá de wokes: defensores de Hamás, promotores de medidas identitarias, pero también expropiatorias.

Obtuvieron su triunfo mediante la movilización de jóvenes que, durante los últimos años, se han movido mucho en esa dirección ideológica, la cual, más allá de ese grupo de población, no parece ser atractiva para las mayorías. Eso, sin embargo, lo sabremos en noviembre, pero por el momento implica una circunstancia muy especial. Donald Trump es el presidente menos popular en la historia en estos momentos, y eso le ha costado a su partido. En condiciones normales, uno supondría que el Partido Republicano perdería varios espacios en la Cámara de Representantes e incluso algunas senadurías, con lo que en la segunda mitad de la presidencia de Trump, este no tendría margen de maniobra.

Sin embargo, este desplazamiento de los demócratas a la izquierda, si se extiende a otros lugares, pondrá a los votantes estadounidenses en el mismo dilema que han enfrentado los de países latinoamericanos en fechas recientes: no hay a cuál irle y, al final, en segundas vueltas, el que gana lo hace por un puñado de votos. Es más un voto de rechazo que de respaldo.

Todos sabemos que el movimiento que sostiene a Trump está conformado por personas que defienden ideas radicales del otro lado del espectro: fundamentalistas, nativistas, anticientíficos e incluso racistas. Ya en el poder, los líderes de ese movimiento han actuado conforme a esas creencias y, por ello, han eliminado el apoyo de Estados Unidos a otros países y a acuerdos internacionales, además de haber constituido un grupo paramilitar que persigue a quien parece migrante. Trump, como todos los populistas, ha favorecido esas medidas y ha promovido la polarización política y el desprestigio de los medios de comunicación.

Frente a ello, los demócratas corren el riesgo de no ofrecer algo razonable, sino exactamente lo mismo, pero desde el extremo opuesto. Aun sin tener el poder, los grupos que han ganado las primarias en Nueva York son los mismos que han bloqueado discusiones públicas en redes, han perseguido a quienes piensan diferente, y ya han anunciado medidas peligrosas para el funcionamiento de una economía libre.

Bien dice León Krauze en su podcast que nunca un alcalde de Nueva York ha logrado avanzar a un puesto superior (gobernador, senador), pero tengo la impresión de que ahora puede ser diferente. Un líder carismático, que coseche la polarización como lo han hecho varios en América Latina, no es algo impensable.

De eso dependerá que Estados Unidos pueda seguir cumpliendo años bajo el mismo esquema con el que fue concebido. Y de eso dependerá el futuro del planeta.

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