Hoy elegí no tomar la pastilla para no soñar. Quería –estimado lector– escribir para usted estas líneas en todos mis sentidos.
Una de las primeras necesidades del ser humano es pertenecer. En los mandatos más profundos de nuestros cerebros, pertenecer a un sistema es una cuestión de vida o muerte. El primer sistema al que pertenecemos es la relación madre-hijo (la más vital), luego a una familia que también es un sistema, luego a una comunidad y así hasta llegar a ser parte de un país. Ahí, en lo más profundo de nuestra cabeza, en nuestra inevitable necesidad de pertenencia, está la primera razón para ser mexicanos. Sistémicamente hablando no es sólo una cuestión de identidad. Es una cuestión de supervivencia.
Según el padre de la psicoterapia sistémica, Bert Hellinger, esta necesidad de pertenecer tiene luces y sombras, porque lo normal es que tomemos todas las características de nuestro sistema para poder ser parte de él. Al ser mexicanos tomamos lo todo: lo bueno y lo malo, y somos mexicanos hechos y derechos, con luces y sombras.
Voy a generalizar. Como juarenses somos solidarios, con una gran riqueza cultural, artística y gastronómica; somos el pueblo más cálido y hospitalario, sin dejar atrás nuestra resiliencia y capacidad de adaptación y sume aquí todas las bondades que guste. Pero por otro lado adolecemos de una normalización de la corrupción e impunidad, un rezago tecnológico, una desigualdad social profunda, falta de movilidad social, violencia normalizada y descomposición del tejido social, un machismo arraigado, violencia de género, narcoviolencia, etcétera, etcétera.
En nuestro lado consciente no todos aceptamos que ser mexicano sea todo eso, pero en el fondo sabemos que en México eso existe, y en nuestro subconsciente lo aceptamos porque creemos que no lo podemos cambiar. Al tomar la mexicanidad, la tomo completa. Para pertenecer completamente a este enorme clan que se llama México, inconscientemente le doy un rotundo sí: soy mexicano con todo lo bueno y lo malo. Según Hellinger así funciona la ley de la pertenencia: para sobrevivir me adapto al clan y a todo lo que es. Y cada individuo acepta la corrupción que lo rodea y todo el lado oscuro de la mexicanidad aunque lo ponga debajo de la alfombra de su conciencia.
Esa misma lógica sistémica de lealtad ciega y adaptación al clan se traslada a nuestra estructura como nación. Este martes que festejemos la independencia, como país aún estaremos esperanzados a que se renegocie el tratado comercial, a que Estados Unidos ya no nos quite las visas y a que ya no se meta con nuestro país. Lo haremos porque desde nuestra idiosincrasia hemos llegado a un punto peligroso: una falsa soberanía e independencia. Hoy más que nunca dependemos de otros países, principalmente de Estados Unidos y China. Más de la mitad de nuestro empleo industrial es de empresas extranjeras. No tenemos autosuficiencia en generación de empleo y tampoco alimentaria; necesitamos importar hasta maíz y frijol, nuestros alimentos más básicos.
Y precisamente por eso me atrevo a escribir hoy estas líneas, para hacerle una invitación, estimado lector. Este martes en la noche vamos a celebrar nuestra mexicanidad con el Grito de Independencia. La invitación es que esa noche, mientras prepara las banderas y el tequila, tome un momento para definir qué es lo que no le gusta de México. Luego siéntase mexicano con todo lo que implica ser de este país y tome sus decisiones: “Soy mexicano pero no me gusta la corrupción. Soy mexicano pero no me gusta la violencia. Soy mexicano pero no me gusta el subdesarrollo. Soy mexicano pero no soy delincuente”. Haga compromisos con usted mismo sobre la forma en la que quiere ser mexicano. No necesita seguir al clan siendo corrupto, delincuente, pobre o subdesarrollado. Puede ser mexicano sin asumir el lado oscuro como un destino inalterable y, una vez que lo haga consciente, podrá disfrutar más de su identidad.
El martes en la noche vamos a estar gritando el tradicional ¡Viva México! La invitación es que esta vez no lo hagamos desde la inconsciencia. Sí, que viva México. Que viva el México que construimos cada día desde la conciencia, con cada una de nuestras decisiones y acciones.
La mejor manera de construir a México es hacernos lo mejor que podemos ser como personas, dejando atrás las lealtades y patrones que nos hemos impuesto en automático con nuestra idiosincrasia. Para hacer un México verdaderamente independiente tenemos que hacernos productivos, felices, emprendedores, formales, ecuánimes, y valorar todo lo que en realidad somos, reconociendo todas nuestras debilidades, pero sin normalizarlas ni darlas por sentado.
Hoy elegí soñar porque todo lo que se hace realidad empieza con un pensamiento, con un sueño. Espero que estas líneas sirvan como un breve recordatorio del México que habita en nuestras cabezas y del que queremos tener. Ojalá que también sirvan para que cada uno tome decisiones sobre qué quiere hacer con esa imagen de ser mexicano. Y ya envalentonados por esa imagen del México que sí queremos vivir, el que sí queremos lograr para nuestros hijos y nuestros nietos, con la sangre a galope, que salga el grito desde lo más profundo de su pecho y que estalle en su garganta: ¡Viva México Cabrones!