Allá por 1485 en mi ciudad de nacimiento ya estaba instaurado el Santo Oficio de la Inquisición. Se dice que en aquellos primeros años su tribunal actuaba con una dedicación feroz y eficaz contra los presuntos delitos de fe y la dignidad de las personas. En aquel tiempo tres súbditos con más picardía que talento, para remediar sus situaciones económicas, algo de hambre y mucho de ambición, se confabularon para robar tres cerdos de una piara que engordaba sus días al pie de la sierra de san Miguel. Era primavera y aprovechando las sombras del lubrican cumplieron tal propósito con la certeza de que, al ser comedores de carne de puerco, jamás serían acusados ni de mahometanos ni de judaizar. Y por su notoriedad cristiana tampoco de ladrones. Sin embargo en los días siguientes la noticia del robo corrió por las calles como un perro rabioso dado que el propietario de los animales era el Inquisidor mayor. Ni que decir tiene que aguaciles, alcalde, notario del secreto y otros familiares del Santo Oficio se lanzaron con presteza a dar con los culpables.
El primero en caer fue un tal Fiktur al-Daama de quien existían sospechas de ser falso cambista, de traficar con carbón vegetal y otros combustibles. No le requisaron el cerdo y una vez ante el escribano general y los calificadores, no tardó un soplo en denunciar a sus cómplices gracias a la promesa del notario de secuestros de no recibir martirio y ser tratado con benevolencia. Los otros dos artesanos, Hutafat y Ku Gharsa, cuyos cerdos habían desaparecido, fueron detenidos, torturados, despojados de todos sus bienes, condenados a la hoguera y sus hijos a pagar lo robado, sin que los cuerpos del delito fueran encontrados jamás. Para escándalo del pueblo, Fiktur fue absuelto sin obligación de devolver el cerdo ni pagar multa. Tiempo después se conoció que este delator mantenía negocios ocultos con el Inquisidor mayor y en sucesivas fechorías, protegido por los famosos edictos de gracia de 1480, dictados en beneficio de los delatores, y siguiendo la premisa de que “el Santo oficio nunca se equivoca”, amasó una histórica fortuna de la que aún se guarda recuerdo en el lugar.
Hasta aquí el cuento de pan y pimientos y rábanos tuertos que nunca se acaba. Tal vez no pase de ser una fábula oral para ejemplo de quienes vinimos después, siempre con la certeza de que, como dijo el sabio, “para determinados tribunales sólo existe la presunción de culpabilidad y la Inquisición si no quema no come”. Lo cierto es que nuestros antepasados se habituaron a las injusticias de los tribunales, a sufrir delaciones ocultas o de confesores, falsos testimonios de testigos secretos o enemigos manifiestos, condenas interesadas y absoluciones a poderosos infractores de las leyes de Dios y de los hombres. Impuesta la resignación de la mayoría durante siglos, resulta fácil entender el hecho de que “premiar aquellos comportamientos y pasos relevantes que incidan en el descubrimiento y acreditación de delitos graves” sea hoy premiable en un tribunal supremo moderno. Quizás podamos tomarlo como ley por la costumbre pero no estoy seguro de que, aun acatándolo, debamos permanecer impertérritos y dejar que el cuento no se acabe como dice el dicho. Por eso, ante la no condena de Víctor de Aldama mi fábula y el poema de León Felipe han venido a colación: “que la cuna del hombre la mecen con cuentos, / que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, / que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, /que los huesos del hombre los entierran con cuentos / y que el miedo del hombre ha inventado todos los cuentos”. Quien pueda entender que entienda. @mundiario