Antes de llegar a San Juan, el solsticio de verano ha empezado a reclamar descanso y reparación de fuerzas en casi todas las actividades. Para las adolescencias de antes, el mayor de los castigos era quedar “suspenso” en alguna asignatura hasta septiembre; el mejor tiempo de “ocio” quedaba averiado; todo el verano había que andar con la cartera de los libros y apuntes, subiendo a pisos donde alguien daba clases particulares de repaso, de recuperación o apoyo a algún aprendizaje flojo, hasta lograr que estuviera a la altura de lo que se suponía que quien controlara la papeleta de la “nota” entendía que debía ser. Este costumbrismo de escasez educativa estaba muy a tono con las pocas proteínas que se podían consumir. Pasaron los años, migramos, nos desarrollamos y ya parecemos estar de vuelta de casi todo; con pose post-, creemos ser nuevos ricos hasta en lo que no teníamos. Los imposibles gestos y lenguaje democráticos de entonces resucitan a los pocos años de la Transición —pocos, se mire como se mire— en algunos ambientes. La melancolía por aquellos tiempos habla de “primacía nacional” e, indirectamente, se vuelve a recitar reciamente la melopea de las “dos Españas”, el “ruedo ibérico” y los demás símiles de la tauromaquia. Goya ya la dejó bien explicada, y Picasso volvió a ella modernizándola, pero, aparte de los chiringuitos rancios que provoca desde hace un tiempo —y sus pretensiones de moda en chaquetillas toreras que luce Ayuso—, ha vuelto otra vez como metáfora de lo que sucede en el Congreso de los Diputados.
La parte dura del verano, sus récords de calor cada vez más extremos, sus muertes nada casuales —igual que los fuegos en el monte—, ya adelantan el verano. El retraimiento, la desconfianza y la alerta desusada también, y, para no desentonar, el clímax político se alcanzó justo entre el día de San Juan y el día siguiente, con la votación de los diputados favorable a que el presidente del Gobierno solicitara el voto de confianza y dimitiera. La hoguera de palabras, gestos y prisas de estos dos días ha sido especialmente agresiva. Ya era difícil superar marcas, pero la acumulación de citas judiciales en el entorno del Gobierno brindó a la oposición una ocasión única para expresar intensamente sus ansiedades en el Congreso. Feijóo, que había entrado a guiar la gaviota del PP en abril de 2022 con fama de moderado, y mucha eficiencia gestora, hace tiempo que había confirmado su gran habilidad para vestir con piel de cordero las cazurrerías que, en abril de 2009 —después de defenestrar al bipartito del PSOE y BNG—, había prodigado al frente de una gestión en Galicia, donde dejó fama errática y servil. Las cornadas sufridas por Casado, su antecesor —en un contexto internamente viciado y externamente reacio a disponer de los escaños necesarios para sentarse en La Moncloa—, lo han llevado a ejercitarlas, esta vez asociadas a las de los ultras. Sin respeto a las formas, y llevándolas a cotas de palabrería atrevida, su trágica indignación trata de granjearse un ambiente propicio para las próximas elecciones. Su inseparable Tellado le facilita el toreo con todo tipo de chicuelinas y capotazos en el ruedo, y los demás de la cuadrilla procuran ser meritorios monosabios.
Por su parte, la cuadrilla de Pedro Sánchez, acorralada por los inclementes traspiés de los más torpes de su entorno, desatenta a la bravura con que son aprovechados para provocar su retirada del ruedo, hace lo que puede por lidiar en el tercio más preciado del coso. Sin arrimarse a las tablas ni meterse en burladeros, procura manejarse entre estorbos y rechiflas, para aguantar el empuje de tanta adversidad que han juntado para su acoso y derribo. Con una resiliencia que roza el tancredismo, se ejercita centralmente en rechazar el descaro con que le mentan su círculo familiar y su gestión, pero esta legislatura está acabada y, para septiembre, queda pendiente el curso de su tramo final. Qué vaya a ser el “progresismo” democrático está por ver, y más todavía en qué niveles de aceptación se moverá “la izquierda”; de la gama de sus socios actuales, hasta los más fiables le están diciendo: resistir, ¿para qué? En los palcos de sombra, la derecha y sus socios de Vox y Junts lo tienen claro y celebran que todo esté a punto de “cambiar de rumbo” para la “honestidad” gubernamental, de la que ellos serían los paladines.
¿Qué libertad?
La campaña electoral ya ha comenzado. Palabras nobles como “libertad”, “honestidad” y “honradez” ya copan noticiarios, tertulias, tribunales y demás medios. Hablan de España y, según dice uno de los digitales ultras, nadie ha ido tan lejos como Sánchez en su “destrucción”. Para que cale ese maniqueo discurso redentor, toda la narrativa que venga de quienes tratan de entrar en La Moncloa potenciará su versión del bien y la verdad. Quienes, del otro lado, defienden ese espacio de poder se atrincheran en fórmulas que difícilmente convencerán a los futuros votantes. Las razones morales que esgrimen ni serán oídas por quienes empiezan a creer que no perderán mucho con otros ocupantes de ese palacio; su parafernalia es ensordecedora y exhibe un renovado desparpajo a favor de la “libertad de tomar cañas”. Es volátil, pero motiva a los propensos a emocionarse con clínicas privadas o con que sus hijos, en vez de una guardería pública, tengan una privada. El chándal y la mochilita con que publicitarán una marca de colegio infantil propician que, en Primaria y Secundaria, su progreso hacia otras colonizaciones ya haya sido preparado, silenciosamente, por la configuración de un mundo competitivo individual en sus sinapsis neuronales.
Esas fidelidades, sumadas, rondan en algunas ciudades como Madrid el 60 %, mientras los cansados de lentitudes e incoherencias con la “alternancia democrática” que soñaron alguna vez andan dubitativos. “La corrupción”, aunque ya no tenga el mismo código de referencia para corruptores y corruptos, es la gran muleta de Feijóo. Su “honestidad” no explicará —sin ira— qué sea para él “lo público”, la “enseñanza común” y, en definitiva, la combinación de libertad y universalidad del ejercicio de los Derechos Humanos; “la casa común” de que a veces habla parece que seguirá teniendo una puerta para los señores y otra para “el servicio”. Fernando Fernán-Gómez también hablaba de que las bicicletas son para el verano, y lo que está sucediendo es que los efectos de aquellos soles todavía reverdecerán en septiembre de 2026. A la Tierra le da igual: ya tiembla en Venezuela hasta un 7,5 en la escala sismológica de Richter, mientras la corrupción salta de unas a otras administraciones en toda España. @mundiario