La realidad económica es más testaruda que cualquiera de las decisiones comerciales o bélicas que tome el Presidente de Estados Unidos. En el Medio Oriente, su descomunal e incomparable fuerza militar palidece ante los efectos globales por el cierre petrolero del estrecho de Ormuz, lo que acabó por forzar a Donald Trump a buscar un acuerdo de paz que es todo menos un triunfo para el republicano.
En el terreno del comercio, los aranceles de la Casa Blanca son como poderosos misiles que, desde la superioridad del mercado más grande del mundo, lanzó Trump para doblegar a sus socios. Pero la realidad de la economía se vuelve a imponer, esta vez con un agregado inflacionario para los consumidores que tienen que pagar sobrecostos en las gasolineras y en sus alimentos.
Lo que ha ocurrido con el tomate (o jitomate) mexicano es un claro ejemplo de cómo no hay arancel que alcance para tapar la realidad del mercado. Resulta que, con todo y el sobrecosto antidumping de 17.09% que puso Washington en julio del año pasado al tomate mexicano, en mayo pasado las exportaciones de este fruto crecieron 45.2% a tasa anual, y 90% de los envíos se dirigen precisamente a ese país.
El problema es que esa medida arancelaria distorsionó el mercado y le pegó a la inflación mexicana. Debido a que los productores nacionales bajaron la oferta, pero las heladas de Florida dispararon la demanda, el precio del tomate en México se elevó al grado que el populismo local buscó un control de precios. El mercado se reencauza más allá de las ocurrencias políticas.
Más allá de los dogmas, la balanza comercial arroja una verdad incómoda para la retórica de los gobiernos de México y Estados Unidos: la integración norteamericana no es opcional es el reflejo de una relación simbiótica que no se puede reemplazar.
Es evidente que, con los datos comerciales en la mano, ese crecimiento anual de mayo pasado de las exportaciones mexicanas a Estados Unidos de 27.2% desinfla la retórica arancelaria de Trump. Con el paso del tiempo otros mercados habrán de buscar su reacomodo tal como ahora sucede con estos productos agropecuarios y habrá que pagar las facturas de las ocurrencias.
También del otro lado de la frontera, los datos fríos de la balanza comercial apagan la narrativa oficialista de la soberanía energética. México depende profunda y crecientemente de los combustibles importados de Estados Unidos.
Los datos de la balanza comercial de mayo sepultan cualquier decreto de autosuficiencia con ese incremento en las importaciones de bienes de consumo petroleros de 21.4%; ahí están las gasolinas que de forma tan eficiente se producen en Texas, incluso en la planta que Pemex tiene en ese territorio; mientras que el Sistema Nacional de Refinación hiló en mayo cinco meses a la baja en el procesamiento de crudo, solo en mayo pasado cayó 12% mensual
Así, mientras las refinerías en suelo nacional se caen a pedazos, la única forma que tiene el discurso oficial para maquillar las cifras de producción es sumar los barriles de Deer Park. Es decir, presumen la soberanía energética, pero con datos de una instalación industrial en Texas. Solo que esos datos no escapan a la balanza comercial.
Los datos de la balanza comercial de mayo sepultan cualquier decreto de autosuficiencia con ese incremento en las importaciones de bienes de consumo petroleros de 21.4 por ciento.