Estamos en pleno Mundial y hay algo que vale la pena decir en voz alta, porque nadie en las conferencias de prensa lo va a hacer: la Copa más vista de la historia se está jugando, en buena medida, con migrantes, refugiados y sus hijos. Esos individuos que, según algunos de los líderes más poderosos del planeta, debieran estar del otro lado de un muro, en un centro de detención o en un vuelo de deportación.
Inglaterra (la primera selección europea que a fines de los 80 tuvo jugadores negros en su alineación), Francia, Países Bajos, Alemania, Suiza, España incluso (Yamal es hijo de marroquí y ecuatoguineana, nacido en Rocafonda, suburbio de Barcelona, un barrio que la ultraderecha de Vox llama “estercolero multicultural”); los equipos más fuertes del mundo son, en su mayoría, los más diversos. Y el equipo de EU no es la excepción. No a pesar de la inmigración, sino gracias a ella. Marruecos tiene la particularidad opuesta pero igualmente ilustrativa: sus titulares nacieron o crecieron en Europa, hijos de la diáspora magrebí.
La narrativa antiinmigrante —en Washington, París, Berlín, Madrid— descansa sobre la premisa de que el extranjero debilita la nación. El futbol hoy desmiente esa premisa, gol a gol, torneo a torneo. Este Mundial se juega en estadios de México, EU y Canadá, países con historias migratorias profundas, complejas y en este momento política y diplomáticamente convulsas. En sus estadios, millones de personas que en el debate político serían calificadas como “el problema” están siendo llamadas, en cambio, “nuestra selección”. Lo que estamos viendo en este Mundial no es un fenómeno deportivo. Es un argumento político de primer orden, aunque nadie lo quiera ver así.