La brecha de género, más allá de ocasionar poco tiempo libre, genera estrés laboral y, como consecuencia, trastornos del sueño, entre ellos el insomnio. En un reciente informe de la Universidad Iberoamericana, las mujeres destinan hasta 96.6 horas semanales a trabajar, 21.3 horas más que los hombres.
En el Mind Health Report 2025 se identificó que el 82 por ciento de la población laboral activa en el país sufre estrés relacionado con su trabajo. Entre los principales detonantes del estrés laboral se encuentran el salario insuficiente, la inestabilidad laboral y las fechas límite de entrega.
En el mismo sentido, el estudio de la brecha de género de la IBERO Puebla descubrió que, además de trabajar más, la mayoría de las mujeres vive en condiciones de informabilidad. Debido a que realizan labores de cuidado y tareas del hogar, buena parte del sector femenino acepta trabajos con horarios parciales, por lo que, además de recibir salarios bajos, tampoco cuenta con prestaciones.
Existen estudios que han relacionado el estrés laboral con problemas de sueño. Según la Universidad Autónoma de México, el 45 por ciento de los adultos padece insomnio.
Así, la falta de sueño es un problema silencioso que, quizá, gran parte de las personas está experimentando sin relacionarlo directamente.
De acuerdo con la encuesta global del sueño 2026, también existe una brecha de género en el descanso, donde las mujeres presentan mayores dificultades para dormir.
Por ejemplo, el 43 por ciento de las mujeres reportó haber sido despertada por su pareja mientras dormía, frente al 28 por ciento de los hombres. Asimismo, el 39 por ciento señaló que sus responsabilidades afectan negativamente su sueño, en comparación con el 33 por ciento de los hombres.
Algunas de las consecuencias de experimentar trastornos del sueño, como el insomnio, son la fatiga crónica, la dificultad de memoria y concentración y, a largo plazo, la aparición de ansiedad, hipertensión, enfermedades cardíacas, obesidad y diabetes.
Según el informe de la IBERO Puebla, las mujeres cuentan con 10.2 horas diarias libres, mientras que los hombresdisponen de 13.1.
La brecha de género no solo se mide en salarios o en oportunidades laborales; también se mide en horas de descanso perdidas, en noches fragmentadas y en cuerpos que funcionan al límite. Mientras las mujeres acumulan dobles y hasta triples jornadas (productivas y de cuidados), el tiempo libre se vuelve un lujo escaso y el sueño, un territorio cada vez más invadido por el estrés.
Los datos no son menores: trabajan más, ganan menos, descansan menos. Y en ese círculo vicioso, el insomnioaparece no como un problema aislado, sino como una consecuencia directa de un sistema que distribuye de forma desigual tanto el trabajo como el descanso. Dormir mal deja de ser una molestia pasajera para convertirse en un síntoma estructural.
Lo preocupante es que esta crisis del sueño se mantiene en silencio. Muchas mujeres normalizan el cansancio extremo, la fatiga constante y las noches interrumpidas, sin vincularlo con las condiciones laborales y de vida que enfrentan. Sin embargo, el cuerpo sí pasa factura: la falta de sueño deteriora la salud física, mental y emocional, ampliando aún más la brecha.
Cerrar la desigualdad de género también implica repensar cómo se reparte el tiempo: quién descansa, quién cuida, quién carga con lo invisible. Porque, mientras no se redistribuyan esas horas, las mujeres seguirán pagando con su saludlo que el sistema les exige en productividad. Y, en ese escenario, el insomnio no es solo una enfermedad: es una señal de alerta que revela que algo, profundamente, no está funcionando.
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