Hubo una época en la que México no necesitaba levantar la voz para hacerse escuchar en el mundo; le bastaba con el prestigio de su diplomacia. Bastaba con invocar un nombre: Genaro Estrada.
Durante buena parte del siglo XX, la política exterior mexicana fue sinónimo de prudencia, respeto al derecho internacional y autoridad moral. No era una diplomacia construida sobre simpatías ideológicas ni sobre agravios históricos, sino sobre principios permanentes de Estado. Quizá hoy, que México enfrenta uno de los momentos más delicados de su relación con los Estados Unidos y se dispone a revisar el T-MEC, convenga recordar por qué esa escuela diplomática dio al país un prestigio que parece desdibujarse.
Entre 1930 y 1932 ocupó la Secretaría de Relaciones Exteriores un destacado sinaloense cuyo nombre está inscrito con letras de oro en el Muro de Honor de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión: Genaro Estrada. A este diplomático, historiador, periodista y escritor se atribuye uno de los principios que mayor prestigio dio a la política exterior mexicana: la Doctrina Estrada.
Consiste, en esencia, en que México, respetuoso de los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos, nunca emite un reconocimiento ni un desconocimiento oficial respecto del gobierno de un Estado extranjero, cualquiera que haya sido la forma en que éste hubiera accedido al poder. México se limita a mantener o retirar a sus representantes diplomáticos, según lo estime prudente, permitiendo que cada nación, en ejercicio de su soberanía, determine libremente a sus propios gobernantes.
La política así concebida busca preservar la legitimidad internacional de todo gobierno sin someterlo al juicio político de otros Estados. Evita que el reconocimiento diplomático se convierta en un instrumento de presión o de injerencia en los asuntos internos de otra nación.
Al amparo de esa doctrina —que dio a México un destacado prestigio internacional y convirtió a su diplomacia en referente mundial de prudencia y respeto por el derecho internacional—, nuestro país acompañó el reconocimiento de la República Popular China mediante la Resolución 2758 de la Asamblea General de las Naciones Unidas y estableció relaciones diplomáticas con Pekín en 1972. Del mismo modo, mantuvo durante casi cuatro décadas el reconocimiento del Gobierno de la República Española en el exilio y sólo restableció relaciones diplomáticas con España cuando la democracia sustituyó al régimen franquista.
Abrió asimismo sus puertas a miles de exiliados chilenos tras el golpe de Estado contra Salvador Allende, mientras se rompieron relaciones con la dictadura de Pinochet y se les restablecieron únicamente con el retorno de la democracia en 1990. Finalmente, concedió asilo al Sha de Irán en 1979 por razones humanitarias, cuando la Revolución Islámica transformó definitivamente el destino de esa nación.
La política de México le permitió discrepar profundamente de gobiernos extranjeros sin renunciar al lenguaje de la diplomacia ni convertir sus diferencias en agravios permanentes.
Precisamente por ello resulta desafortunado el episodio que, en materia de política exterior, México ha vivido durante los últimos años, con capítulos como el “comes y te vas”, pronunciado por Vicente Fox a Fidel Castro durante la Cumbre de Monterrey, con el que abandonó la discreción diplomática que durante décadas distinguió a México; o la insistente exigencia de una disculpa oficial al Reino de España por hechos ocurridos hace cinco siglos, que tensó innecesariamente una relación estratégica para nuestro país.
Desde esa perspectiva, los desencuentros con Perú, la ruptura de relaciones con Ecuador y las diferencias surgidas a propósito de las elecciones celebradas en Colombia reflejan una política exterior que, por momentos, parece responder más a afinidades ideológicas y coyunturas internas que a una doctrina constitucional sólida y permanente.
De ahí la relevancia con que puede interpretarse la recepción concedida por la presidenta Claudia Sheinbaum al rey Felipe VI la semana pasada. Más allá del protocolo, puede constituir el primer paso para recuperar una escuela diplomática que nunca debió abandonarse: la de una política exterior institucional capaz de distinguir entre los diferendos políticos circunstanciales y los intereses permanentes de la Nación.
Esta semana dará comienzo formal la revisión del T-MEC, en la coyuntura más delicada que haya enfrentado la relación entre México y los Estados Unidos de América en el último siglo. La negociación para preservar ese acuerdo trilateral no dependerá exclusivamente de la capacidad jurídica o económica de quienes representen al país en la mesa, sino también de la confianza que México sea capaz de inspirar, de la credibilidad de sus instituciones y de la consistencia de su política exterior.
Hace casi un siglo, Genaro Estrada comprendió que la conducción de la política exterior no es estridente ni se construye entre risas y aplausos, sino con respeto, seriedad y visión de Estado. Si la recepción del rey Felipe VI representa realmente el deseo de regresar a la mejor tradición diplomática mexicana, se habrá dado un paso importante en un momento decisivo para preservar la soberanía nacional durante la revisión de un tratado internacional vital para México.
Está en manos de la presidenta reasumir una visión de Estado en la conducción de la política exterior, alejándola de la ideologización y devolviendo a México el papel y la autoridad moral internacional de los que gozó durante buena parte del siglo XX.