La Selección de México ha desatado una de las mayores olas de júbilo y frenesí colectivo que se recuerdan en la historia moderna de su balompié. El combinado nacional dirigido de forma magistral por Javier Aguirre firmó una actuación soberbia sobre el césped del Estadio Azteca, superando con una autoridad incontestable a la Selección de Ecuador por dos goles a cero.
Con este contundente golpe de autoridad, el Tri no solo doblegó a una de las estructuras más potentes del panorama sudamericano, sino que exorcizó de manera definitiva sus viejos demonios al conquistar el tan ansiado boleto hacia el emblemático quinto partido del certamen.
Las horas previas al choque estuvieron envueltas en un manto de tensión climatológica, obligando al cuerpo arbitral a retrasar el pitido inicial del encuentro durante sesenta minutos debido a las severas tormentas eléctricas que azotaron las inmediaciones de la capital azteca. Lejos de enfriar los ánimos de las gradas, la verdadera tempestad se desató en la parcela de juego de la mano de un planteamiento táctico asfixiante y arrollador que borró del mapa las virtudes de su oponente desde los compases iniciales.
La gran sensación de la velada corrió a cargo de una figura emergente que reclama con urgencia su sitio en la élite internacional: el jovencísimo mediapunta Gilberto Mora. A sus tempranos 17 años de edad, el talentoso futbolista mexicano ofreció un auténtico recital de desborde, desparpajo y lectura asociativa de juego, convirtiéndose en una pesadilla indescifrable para figuras consolidadas de la Premier League y el fútbol europeo como Moisés Caicedo, William Pacho o Piero Hincapié.
La recompensa a la verticalidad local no tardó en verse reflejada en el marcador electrónico. El extremo Roberto Alvarado supo interpretar a la perfección las carencias del bloque alto propuesto por el seleccionador ecuatoriano Sebastián Beccacece, filtrando un servicio preciso al espacio para la veloz carrera de Julián Quiñones. El atacante del Al Qadsiah hizo valer su potencia física para zafarse de sus marcadores y desenfundar un derechazo impecable que se alojó directo en la mismísima escuadra de Hernán Galíndez.
El rugido de Raúl Jiménez y el colapso definitivo de la Tri
Con el bloque sudamericano completamente aturdido y noqueado por la intensidad del vendaval mexicano, los pupilos del Vasco Aguirre optaron por castigar la mandíbula de su rival sin un ápice de condescendencia.
Pocos minutos después del primer zarpazo, una flagrante imprecisión en la entrega por parte de la retaguardia ecuatoriana fue interceptada con astucia por el experimentado delantero Raúl Jiménez. El veterano ariete del Fulham no perdonó en el mano a mano y volvió a fusilar la portería contraria con un misil teledirigido a la red.
La decepción en el bando ecuatoriano resultó mayúscula, especialmente considerando las enormes expectativas que se habían depositado sobre una generación de futbolistas que venía de firmar una fase clasificatoria impecable en la Conmebol, escoltando únicamente a la campeona del mundo Argentina.
Las grandes individualidades de Ecuador pasaron completamente desapercibidas en el coloso de Santa Úrsula, diluyéndose ante el despliegue del guardameta local Raúl Rangel. El descalabro de la Tri se escenificó en el tramo final con la expulsión de Hincapié por una airada protesta al colegiado tapándose la boca.
El Vasco aplica con México lo que vivió en LaLiga
Javier Aguirre vuelve a confirmar de esta manera su condición de estratega contracorriente y especialista en obrar milagros competitivos, rememorando aquellas históricas gestas continentales donde condujo a estructuras modestas como Osasuna o el Mallorca hacia las finales de la Copa del Rey de España.
El seleccionador mexicano buscará ahora seguir estirando su idilio con la épica para igualar las históricas cotas de los cuartos de final alcanzadas en los torneos de 1970 y 1986, citas donde el país también ejerció el rol de anfitrión.
El horizonte competitivo en este vibrante 2026 depara una cita de dimensiones colosales para todo el pueblo mexicano. Salvo una mayúscula e improbable sorpresa histórica por parte de la República Democrática del Congo, el Tri deberá verse las caras en los octavos de final ante la todopoderosa Selección de Inglaterra liderada por su capitán Harry Kane.
El infierno del Estadio Azteca aguarda impaciente el desembarco de los inventores del fútbol, dispuestos a hacer valer la mística de su feudo para continuar alimentando el sueño de toda una nación. @mundiario