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El Diario 30 Jun, 2026 19:34

‘Atrapa’ adicción a la familia

Ciudad de México— La codependencia, el silencio y la vergüenza marcan en ocasiones a quienes conviven con un adicto.
Por décadas, la atención sobre las adicciones ha girado en torno a una sola figura: el adicto. Las clínicas, los programas de rehabilitación, los estudios del Inegi y las campañas gubernamentales apuntan hacia él. Pero hay otra historia que rara vez se cuenta: la de quienes lo rodean, lo cuidan o lo encubren, lo rescatan y, en ese proceso, se van perdiendo a sí mismos.
Juan Esteban Gutiérrez lo vivió desde adentro. Creció con un padre alcohólico en Chiapas, estudió Ciencias Políticas, trabajó 30 años en la sociedad civil y terminó, en plena pandemia, estudiando Logoterapia.
En ese proceso terapéutico semanal que la especialidad exige, regresaron temas que creía resueltos. “Yo creí que ya estaba 100 por ciento sanado”, dice. Pero volvieron las cicatrices que dejan la convivencia con un adicto.
De ese reencuentro con su propia historia nació ‘Reconstruirme’. Herramientas para sanar las grietas que dejó la convivencia con un familiar enfermo de adicción, un libro que combina logoterapia, ejercicios prácticos y reflexión personal para acompañar a hijos, parejas y familiares que han cargado, muchas veces en silencio, con el peso emocional de esa convivencia.
Gutiérrez detectó un vacío. Al revisar la literatura disponible para su tesis de especialidad, encontró libros de codependencia, manuales de Al-Anon y publicaciones de Codependientes Anónimos (CODA), pero nada verdaderamente integral para el familiar.
Sus sinodales le recomendaron convertir la tesis en libro. Tardó un año y medio en adaptar el lenguaje académico a uno más cercano, más coloquial. El resultado es una obra con 14 capítulos que avanzan desde el autoconocimiento hasta la trascendencia personal, pasando por la vergüenza, la culpa, el niño interior herido y la libertad de elegir.
La primera y más frecuente secuela que Gutiérrez identifica en los familiares es la codependencia, también llamada coadicción. Es una adaptación emocional aprendida: dejar de vivir la propia vida para dedicarse a rescatar al otro.
“Se convierten en expertos en mentirle al mundo: que su familia es perfecta, que no pasa nada ahí”, explica.
La codependencia tiene rostros concretos y reconocibles. Uno deja de ir al trabajo para ir a buscar al familiar en crisis. Otro compromete su patrimonio pagando deudas ajenas. Otro más no puede dormirse hasta que el adicto llegue a casa, sin importar la hora.
“Cuando ya no tienes vida, cuando no puedes dormirte hasta que llegue el familiar adicto —de una fiesta, de jugar, del trabajo— es cuando ya empieza a afectar en muchas áreas de tu vida. Ese es el momento de poner el límite”, afirma.
El patrón, advierte, es también generacional. Los hijos de alcohólicos tienden a relacionarse con alcohólicos. Los hijos de adictos replican dinámicas tóxicas sin saberlo. “Es una codependencia, un tema tóxico que se va pasando de generación en generación”.
Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) todavía no la declara formalmente como enfermedad psicológica, muchos especialistas ya la tratan como tal. Y las cifras, conservadoras, dan una dimensión del problema: el Inegi estima cerca de 3 millones de adictos activos en México. Si se multiplica por cuatro o cinco familiares directos, el número de personas atrapadas en este sistema se vuelve abrumador.
La culpa, la vergüenza y el silencio operan como pegamento que mantiene unida una dinámica familiar que nadie se atreve a nombrar, explica Gutiérrez.
El autor dedica un capítulo entero a cada una. La culpa que paraliza -distinta a la responsabilidad que moviliza-. La vergüenza tóxica -diferente a la vergüenza sana que permite la reconciliación personal-. Y el silencio que se hereda.
“Muchas veces somos programados para ser el conductor designado, para cargar con la cruz que te tocó”, dice. Y esa programación cuesta cara: en bienestar, en vínculos, en identidad.
El libro propone un viraje concreto, anclado en la logoterapia de Viktor Frankl: abandonar la pregunta “¿por qué me pasó esto?” para hacerse otra, más productiva: “¿para qué?”.
“El por qué te convierte en víctima. Y a los latinos el ser víctima es lo mejor que te puede pasar: todo el mundo te dice ‘pobrecito’. El para qué, en cambio, es: ¿para qué me está pasando esto? Para echarle ganas, para independizarme, para ver en qué cosas soy bueno”.
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