Ante las próximas elecciones, la confianza es la cuestión más importante a tener en cuenta. Normalmente votamos del mismo modo que solemos hacer con casi todo lo que nos importa: nos fiamos del crédito que nos merece la situación. En caso de duda, incertidumbre o justificada inquietud, la tendencia es a remolonear y quedarse en la expectativa de decidir. Esto es lo que tienden a provocar los líderes del conservadurismo actual, sabedores de que las personas que más pelearon por la democracia se desanimarán si les señalan modelos corruptos entre los suyos y, enlodado ese territorio, se les transmite la “honestidad” diferencial de la que son portadores.
Con el debido masaje saben que, incluso, podrán tapar sus propias corrupciones. Por ejemplo, que ofreciendo el Consistorio madrileño 4.131 plazas vacantes de 0 a 3 años de educación infantil —más otras inconcretas de la Comunidad—, los padres pueden ejercitar la “libertad de elección de centro” en el curso 2026-27. Si logran tapar que solo el 13% de las solicitudes consigue plaza en una escuela infantil municipal de esta ciudad, y que está a la cabeza del ranking europeo, es probable que el otro 77% admita que, afortunadamente, la “honesta” comercialización de la enseñanza mediante los centros privados eleva la calidad democrática de la educación.
En la mochila de este verano, esta cuestión rondará por la cabeza de muchos padres jóvenes entre las muy ruidosas y pendencieras que animarán la desconfianza de los votantes progresistas. La vida es multidisciplinar y, en la medida en que la historia ayuda a entenderla mejor, es conveniente repasar las disciplinas que ayudan a su conocimiento; no haberlo hecho —y no haber remediado la ignorancia histórica— es sobrado motivo para el suspenso en que andará este país este año.
Hasta septiembre, y también hasta que tengan lugar las elecciones anunciadas para algún día inconcreto de 2027 —probablemente en marzo, según algunos arúspices—, las dudas animarán muchos estados de opinión agitados y convulsos. Para evitar la pasividad del estío, los estrategas de Feijóo no dejarán ningún resquicio para que, entre alardes verbales y gestuales, los dubitativos inclinen su voto hacia la emblemática gaviota. Ejemplos sobrados de ello siembran a diario, a la espera de que el humus que acoge su semilla dé fruto abundante.
El pasado día 29 aprovecharon la llamada “ley de nietos”, por la que unos 544 mil descendientes de exiliados españoles podrán acogerse a la nacionalidad española, y su perspectiva de la “prioridad nacional” ha hecho circular que se trataba de un artilugio de “ingeniería” para condicionar los resultados de las próximas elecciones. Ningún dato avala esa interpretación que, además de falsedad, tiene en contra una larga deuda contraída con esta gente, pero en este momento preciso en que su tesis principal es que cuanto hace o deja de hacer este Gobierno es por su estricta conveniencia —tan contraria a la dignidad nacional—, facilita que el oyente o lector desprevenido lo trague.
Tarea del verano
En este momento en que la polarización entre derecha e izquierda favorece la ruptura absoluta, que cada cual solo quiera saber de lo suyo obliga al lector u oyente a escoger entre retirarse del dial y del voto por aburrimiento, o creer decididamente lo que le repiten los comentaristas o presentadores de los noticiarios. Este modo en que siempre se ha propagado el amor y el odio es el cotilleo central que ha quedado en suspenso hasta la vuelta de las vacaciones de verano. En consecuencia, si va a guiar cuanto oigamos en este tiempo intermedio, es aconsejable recurrir conscientemente a la “experiencia” para aclararse con los episodios de esta serie narrativa. Este ambiguo instrumento tan bien admite expectativas como desengaños, con la peculiaridad de que los años últimos no son especialmente esperanzadores.
Cuanto acontezca no será mejor que lo vivido si no se está dispuesto a “volver a empezar”, como proponía en 1962 Celso Emilio en Longa noite de pedra. También cabe recurrir a la Historia; no es la supuesta “maestra” que le gustaba decir a Cicerón, y quienes quieran emplearla habrán de preguntarse, ante todo, si podemos aprender de nuestro pasado. Edgar Morin lo hizo en su último libro, Lecciones de Historia (2025), y recordaba las clases de su ilustre maestro Georges Lefebvre, explicando cómo la aristocracia francesa, para recuperar el poder que había tenido en la época más absolutista, dio paso al proceso de los Estados Generales que, al favorecer el voto individual del Tercer Estado —que, como estamento, siempre era postergado por la nobleza y el clero—, inició la Revolución. Este y otros ejemplos le valen a Morin para afirmar que nada está determinado y que hay variables circunstanciales que pueden cambiarlo todo o casi todo: “El resultado de una acción —dice— puede ser contrario a la intención que la ha causado”.
De este gran humanista es relevante meter en la mochila de este verano que, para que el conocimiento del pasado transmita lucidez al presente, todo debe situarse e historizarse, incluido el propio historiador o, en este caso, los creadores del discurso de cuanto acontece.
Los factores aleatorios pueden desviar acciones calculadas para un fin concreto, pero en este momento en que todo se simplifica y descontextualiza, no es fácil partir de la complejidad en que sucede lo improbable para ver bien lo que ocurre. Se ha de admitir que, por más que sostener el Estado de Bienestar necesite recursos, la historia hace ver que el bienestar material de los sujetos no conlleva que avancen en un bienhacer moral; frecuente es ver, además, que los humanos pasamos rápidamente del entusiasmo a la decepción, como saben bien cuantos han vivido en España desde los años setenta. Por tanto, como la racionalidad de muchas explicaciones históricas siempre es a posteriori —y depende mucho de la mitología que potencian los prejuicios y parcialidades de quienes la escriben—, cuantos hasta septiembre se adentren con paciencia y tenacidad en las competencias que facilita la historia, entre las narrativas de este presente diferenciarán las de quienes pretenden forzar la realidad y el modo adulto de tratarla constitucionalmente. Que no acabe en imposición es tarea todavía más compleja, pero no se hará sin resolver los ejercicios de este cuaderno del verano. @mundiario