HUB
Publicidad Responsiva - Banner Superior
Radar Inteligente
Mundiario 01 Jul, 2026 19:18

Amor contable o arqueología sentimental de un desastre anunciado

Hay quien todavía cree que el amor es un territorio sagrado, un edén emocional donde dos almas se encuentran, se reconocen y se funden en un abrazo eterno. Pobrecitos. Qué ternura. Qué ganas de adoptarles. Porque, si algo hemos aprendido los antropólogos —los de verdad y los que fingimos serlo para sobrevivir a la especie humana—, es que el amor, en su versión contemporánea, es un Excel con patas.

Sí, Excel. Ese programa que nadie domina del todo, pero que todos usamos para justificar decisiones absurdas. Pues bien: también sirve para el amor. Y no, no es una metáfora. Hay parejas que llevan una contabilidad más rigurosa que la de una auditoría internacional. Carpetas, subcarpetas, pestañas, macros y hasta gráficos de barras para medir quién dio más, quién recibió menos y quién debe intereses por orgasmos atrasados.

Porque el amor contable no tiene género. Surge espontáneamente, como una erupción cutánea, pero se consolida sobre todo en las rupturas o en esas relaciones que ya huelen a humedad emocional. Ahí, cuando el romanticismo se evapora y solo queda la costra, aparece el balance de heridas, rasguños y facturas pendientes.

Eva Illouz lo resumió perfectamente en Por qué duele el amor: «El amor moderno es una experiencia atravesada por la racionalidad económica».

Y vaya si duele. Sobre todo cuando llega el momento de abrir el libro mayor.

Todos llevamos dentro un pequeño contable emocional. Uno que apunta, registra y clasifica. Pero, ojo: la memoria es selectiva y siempre juega a favor de uno mismo. Somos como esas empresas que maquillan balances: «Yo te di más», «yo cedí más», «yo perdoné más», «yo puse más de mi parte». Todo muy objetivo, por supuesto.

Hay quien incluso conserva un debe/haber sentimental:

-Debe: tres sorpresas, dos orgasmos memorables, un viaje romántico y una paciencia infinita con tus dramas.

-Haber: un cumpleaños olvidado, dos silencios pasivo-agresivos y una infidelidad «que no cuenta porque fue solo sexo».

Y así vamos tirando, como quien revisa un inventario de bártulos emocionales caducados.

Luego están los profesionales del amor contable. Parejas que registran todo: regalos caros, chucherías de un euro, escapadas exóticas, caricias en momentos bajos, besos épicos y hasta los «te quiero» dichos con desgana.

Cada ítem tiene su casilla. Cada casilla, su fecha. Cada fecha, su valoración.

Bauman ya lo anticipó en Amor líquido: «Las relaciones se vuelven frágiles cuando se gestionan como bienes de consumo».

Y, claro, si el amor es un bien de consumo, ¿cómo no llevar un inventario?

El reparto de bienes emocionales

Cuando la relación se rompe, llega el momento de repartir los restos arqueológicos del naufragio.

Desde dentro, la pareja vive el drama como si fuera la caída de Troya. Desde fuera, el espectador atento escucha la discusión y solo puede reírse a carcajadas.

—Ese viaje a Lisboa lo pagué yo.
—Sí, pero yo puse la gasolina emocional.
—La cena del aniversario costó 120 euros.
—Y mi paciencia durante tu crisis existencial no tiene precio.

El contexto es fundamental. Lo que para uno es un tesoro sentimental, para el otro es un souvenir barato del aeropuerto.

La tasación sentimental: ciencia exacta para mentes desesperadas

Cada mercancía emocional tiene dos precios:

-El del dador: elevadísimo, casi de subasta en Sotheby's.

-El del receptor: prácticamente inapreciable, como un llavero promocional.

Y entonces surgen las preguntas que ningún economista quiere responder:

-¿Cómo se valoran las emociones?

-¿Cuánto vale un orgasmo?

-¿Qué precio poner a un beso épico?

-¿Esa caricia en tiempos bajos cómo tasarla?

-¿Perdonar una infidelidad cotiza al alza o a la baja?

-¿Qué significa «querer más»?

-¿Soportar a los suegros aporta un extra contable?

-¿Y los hijos de relaciones anteriores? ¿Son activos o pasivos?

-¿Cuándo cerrar balance? ¿Anual, trimestral, mensual o semanal?

La antropología no tiene respuestas. La contabilidad tampoco. Pero la pareja, ay, la pareja siempre encuentra una forma de convertirlo en disputa.

En pelota picada

Imagina la escena: orgasmo celestial. Respiración entrecortada. Miradas cómplices.

Y entonces uno pregunta:

—Cariño, ¿esto cuánto vale?

El otro responde. Y, acto seguido, ambos se levantan, desnudos, para actualizar el Excel.

-Columna A: fecha.
-Columna B: intensidad.
-Columna C: duración.
-Columna D: reciprocidad.
-Columna E: intereses por demora.

Romanticismo puro.

¿Es de recibo cobrar intereses si no hay reciprocidad en un tiempo razonable? Pues claro. En el amor moderno todo se penaliza:

-Falta de atención: 5% mensual.

-Celos injustificados: 8%.

-Silencio prolongado: 12%.

-Infidelidad: embargo emocional inmediato.

Bauman lo dijo sin anestesia: «La fragilidad de los vínculos es proporcional al miedo a invertir demasiado».

Y, por eso, invertimos poco, pero exigimos mucho. Una ecuación perfecta para el desastre.

El mito del amor romántico

«Contigo pan y cebolla sabe a gloria», decían antes. Ahora es más bien: «Contigo pan y cebolla… pero pásame la factura».

Porque el amor romántico dura lo que dura la dopamina. Después llega la logística, la negociación, el trueque emocional. Y entonces aparece la pregunta más temida:

—Oye, nena, nene… ¿cuándo me devuelves lo que anoche te hice sentir?

Los orgasmos simultáneos, con las prisas, están cayendo en desuso. O no. Quién sabe. Lo que sí sabemos es que todo se mide.

Y usted ríase si quiere, querido lector o lectora, pero todos, absolutamente todos, calculamos hasta el céntimo lo que damos y lo que recibimos. Nuestra mente es una calculadora automática, aunque vayamos por la vida fingiendo que somos poetas. @mundiario

 

Contenido Patrocinado