No sé de dónde salió el lema de la Selección Mexicana.La frase que todos repetimos es: “¿Y si, sí?”
Pero la que nos brincamos es la que va antes.
“Yo sé que no...”
Y ahí es donde comienza lo bueno.
La esperanza aparece cuando, aun creyendo que algo probablemente no va a pasar, decidimos no cerrar la posibilidad.
Albert Bandura dedicó buena parte de su carrera a estudiar por qué dos personas, con capacidades muy parecidas, terminan tomando decisiones completamente distintas. Su conclusión sigue siendo una de las más elegantes de la psicología: no basta con poder. También hay que creer que vale la pena intentarlo.
Hay quien deja de tocar una puerta porque ya se imaginó la respuesta. Pero por otro lado hay alguien que se anima a tocarla. Y la puerta es exactamente la misma.
Pensaba en eso mientras veía cómo una frase de cuatro palabras terminaba en cada pantalla, en playeras, convertida en canción, repetida en anuncios y compartida por millones de personas.
Y sin ánimo de ser aguafiestas, todo esto no ocurrió porque sea ingeniosa. O porque rime. Ocurrió porque no habla de fútbol.
Habla de nosotros.
Tarde o temprano, hemos tenido una conversación parecida con nosotros mismos.
Todos tenemos un “¿Y si, sí?” asomado en algún momento de la vida.
Así es como funcionan los símbolos. Se brincan la parte de convencer, para detonar una acción.
Nunca he visto a alguien abrazar un pedazo de tela, pero sí he visto gente abrazar una bandera.
Nadie se pone de pie con respeto porque empezó la música. Pero millones lo hacen cuando esa canción es un himno.
Los objetos siguen siendo los mismos. Lo que cambia es lo que representan.
Y, cuando un símbolo logra representar una emoción colectiva pasa lo que está pasando con la frase de moda.
Nos sembró una posibilidad. Nos recordó que todavía hay cosas que no están decididas. No sé qué más hará México en este Mundial. Como todos, tengo mis dudas. Pero también mis esperanzas.
Pocas cosas unen tanto a un país como la posibilidad de creer.
Es imposible no emocionarnos por lo posible.