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Yucatan 03 Jul, 2026 03:00

Antoine Abraham Pompeyo: El miedo al silencio

Hubo un tiempo en que el silencio formaba parte natural de la vida. Estaba presente en las tardes sin televisión encendida, en los trayectos largos, en las salas de espera, en las caminatas e incluso en muchos hogares donde no era necesario llenar cada minuto con palabras o sonidos.

Hoy ocurre algo distinto.

Parece que hemos desarrollado una necesidad permanente de estar acompañados por algún tipo de ruido. Música, noticias, videos, redes sociales, podcasts, mensajes o pantallas. No porque siempre tengamos algo importante que escuchar, sino porque cada vez nos cuesta más quedarnos a solas con nuestros propios pensamientos.

Resulta curioso. Nunca habíamos estado tan conectados con tantas personas y, sin embargo, nunca había sido tan difícil permanecer unos minutos en silencio.

Basta observar lo que ocurre cuando una persona se queda sola en una habitación, espera en una fila o se detiene unos minutos sin una tarea concreta. Casi de manera automática aparece el teléfono. Como si unos cuantos segundos de silencio nos recordaran cosas que preferimos no pensar.

¿Qué es exactamente lo que estamos evitando escuchar?

Porque cuando desaparece el ruido ocurre algo curioso. Empiezan a aparecer pensamientos que llevábamos tiempo aplazando. Tal vez recordar esa llamada que llevamos semanas posponiendo a nuestra madre. Tal vez preguntarnos cuándo fue la última vez que visitamos a un hermano sin tener un motivo especial. O reconocer que hace tiempo que el trabajo ocupa más espacio del que debería.

Quizá descubrimos que estamos cansados. O que extrañamos a alguien. O que llevamos meses corriendo detrás de objetivos que ya ni siquiera sabemos por qué perseguimos.

Son preguntas sencillas. Pero pocas veces les damos la oportunidad de sentarse con nosotros.

Durante siglos, filósofos, educadores y hombres sabios entendieron que el silencio no era un vacío. Era un espacio necesario para ordenar la vida. Un lugar donde la persona podía distinguir entre lo urgente y lo importante, entre lo que desea y lo que realmente necesita.

Porque cuando dejamos de escuchar nuestra propia voz, terminamos viviendo al ritmo de todo lo demás. De las prisas. De las noticias. De los pendientes. De las urgencias. De las expectativas de otros.

Y sin darnos cuenta, los años pasan ocupados… pero no necesariamente bien vividos.

Quizá por eso el verdadero problema no sea el exceso de ruido. Quizá el problema sea que estamos perdiendo el lugar donde nacen las decisiones importantes. Ese pequeño espacio interior donde una persona puede preguntarse si está dedicando tiempo a lo que realmente vale la pena.

El silencio no resuelve todos los problemas. Pero sigue siendo uno de los pocos lugares donde podemos reencontrarnos con nosotros mismos.

Y en una época que parece tener respuesta para todo, tal vez eso sea más necesario que nunca.

NOTA AL CALCE: Nuestros abuelos pasaban largas horas en el corredor de la casa, bajo la sombra, observando la calle. Parecía que no ocurría nada. Sin embargo, fue ahí donde tomaron muchas de las decisiones más importantes de sus vidas. Tal vez el silencio también trabaja, aunque lo haga despacio.

www.antoineabraham.com

Antoine Abraham Pompeyo
*Doctor en ingeniería mecánica y maestro en bioética

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