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Expansion 03 Jul, 2026 06:03

‘Back-end’ semiconductor, el eslabón donde México puede ganar

Hablar de semiconductores se ha vuelto casi obligatorio en cualquier conversación seria sobre competitividad industrial, innovación y seguridad económica. Sin embargo, en México el debate suele partir de una pregunta incompleta: ¿cuándo tendremos una gran fábrica de chips?

El punto de entrada perfecto

La pregunta es válida, pero no necesariamente es la más estratégica. En la industria de semiconductores, fabricar obleas —lo que se conoce como front-end— es solo una parte de una cadena mucho más amplia. Después de que un chip es diseñado y fabricado, debe ser cortado, ensamblado, encapsulado, inspeccionado, probado, clasificado y empacado antes de llegar a una línea automotriz, un centro de datos, una planta industrial, un dispositivo médico o un sistema aeroespacial. A esa etapa se le conoce como back-end semiconductor. Ahí México tiene una oportunidad realista para ganar. Durante años, el país ha construido una base manufacturera robusta. México no parte de cero: tiene experiencia en electrónica, automotriz, aeroespacial, dispositivos médicos, telecomunicaciones, manufactura avanzada, exportación y cumplimiento de estándares internacionales. También cuenta con una ventaja geográfica que hoy vale más que nunca: estar junto al mercado más grande del mundo y formar parte del T-MEC. El nearshoring no debe entenderse solamente como mover producción de Asia a México para ahorrar costos. Esa fue la conversación inicial. La conversación más importante es otra: cómo construir cadenas de suministro regionales más resilientes, rápidas y confiables. En semiconductores, esa necesidad es crítica. La pandemia, las tensiones geopolíticas y la electrificación acelerada de la economía demostraron que depender de cadenas largas y concentradas en Asia puede convertirse en un riesgo estratégico. México puede posicionarse como respuesta a ese riesgo, pero debe escoger bien su punto de entrada. Competir de inmediato en fabricación avanzada de obleas requeriría inversiones de miles de millones de dólares, disponibilidad intensiva de agua y energía, talento altamente especializado, ecosistemas de proveedores muy maduros y muchos años de ejecución. No es imposible, pero sí es una ruta larga, costosa y de alto riesgo. El back-end, en cambio ofrece una vía más cercana a las capacidades actuales del país. Ensamble, prueba, encapsulado, inspección, análisis de falla, confiabilidad, tape and reel, logística técnica y servicios de transferencia de producto son actividades complejas, pero más alcanzables que una fab de última generación. Además, están directamente conectadas con industrias donde México ya tiene presencia relevante. La industria automotriz es un ejemplo claro. Cada vehículo contiene cada vez más semiconductores: sensores, microcontroladores, dispositivos de potencia, componentes para electrificación, sistemas de seguridad, infoentretenimiento y gestión de energía. Si Norteamérica quiere una cadena automotriz más regional, también necesita una cadena de semiconductores más regional. No basta con ensamblar autos en México si los componentes críticos siguen dependiendo de rutas logísticas largas y vulnerables. Lo mismo ocurre con aeroespacial, equipos médicos, manufactura industrial, energía, centros de datos y electrónica de consumo. Todos estos sectores requieren semiconductores confiables, disponibles y trazables. El back-end puede convertirse en el puente entre la demanda industrial de Norteamérica y una nueva capacidad tecnológica mexicana.

Lo que se necesita para entrar

Pero ganar este eslabón no será automático. México debe evitar convertir el discurso de semiconductores en una extensión de la maquila tradicional. El back-end semiconductor exige precisión, disciplina operativa y cultura de calidad extrema. No se trata solo de mano de obra competitiva. Se trata de procesos controlados, cuartos limpios, ingeniería de manufactura, equipos especializados, certificaciones, trazabilidad, control estadístico, confiabilidad, pruebas eléctricas, manejo adecuado de materiales y protección de propiedad intelectual. También se requiere una política industrial práctica. No basta con organizar foros ni anunciar intenciones. Se necesita desarrollar talento técnico específico, crear programas de formación con universidades y centros tecnológicos, fortalecer laboratorios de confiabilidad y análisis de falla, facilitar acceso a financiamiento para equipos especializados, asegurar energía y agua industrial, e impulsar parques enfocados en manufactura avanzada. El gobierno puede habilitar condiciones, pero la ejecución debe estar conectada con el mercado. La industria de semiconductores no se construye desde el escritorio. Se construye con clientes, calificaciones, auditorías, prototipos, lotes de ingeniería, ramp-ups, yields, costos competitivos y entregas consistentes. México tiene una ventana de oportunidad, pero no una garantía. Otros países también quieren capturar parte del reacomodo global de semiconductores. Estados Unidos está invirtiendo agresivamente. Asia sigue teniendo escala, experiencia y velocidad. Europa busca autonomía estratégica. Si México quiere participar, debe moverse con claridad y urgencia. El mayor error sería pensar que, por estar cerca de Estados Unidos, la oportunidad llegará sola. No llegará sola. Los clientes no transferirán productos críticos únicamente por geografía. Lo harán si México ofrece una propuesta de valor sólida: menor riesgo logístico, tiempos de respuesta más cortos, soporte técnico cercano, costos razonables, calidad certificada y capacidad de escalar. El back-end semiconductor puede ser para México lo que la industria automotriz fue hace décadas: una plataforma para subir de nivel industrial. Pero para lograrlo se necesita ambición con realismo. No empezar por lo más visible, sino por lo más viable. No perseguir titulares, sino capacidades. México no tiene que esperar a tener la fábrica de chips más avanzada del mundo para ser relevante en semiconductores. Puede empezar por el eslabón donde su experiencia manufacturera, su posición geográfica y el nearshoring convergen. Ese eslabón es el back-end semiconductor. Y puede ser una de las mejores oportunidades industriales de México en la próxima década. ____ Nota del editor: José Luis Jáuregui es catedrático de Posgrado en CETYS Universidad, Campus Mexicali. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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