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“¡La novia!” (“The bride!”)

La historia: El solitario Frankenstein (Christian Bale) viaja al Chicago de los años 30 para pedirle a la brillante científica Dra. Euphronious (Annette Bening) que le cree una compañera. Ambos reaniman a Ida (Jesse Buckley), una exuberante joven asesinada, dando nacimiento a “La Novia”. Pero lo que sucede a continuación supera todas sus expectativas: asesinato, obsesión y un movimiento cultural radical desatado. Y en el centro de esta vorágine, una pareja marginada, enredada en un romance cuya pasión ardiente enciende y destruye a la vez.

El mito del Monstruo de Frankenstein sigue vivo o, más precisamente, pareciera que nunca requirió resurrección. Pocas figuras literarias han demostrado ser tan adaptables como el Moderno Prometeo de Mary Shelley, cuyos temas han sido reinterpretados con sorprendente frecuencia en los últimos años. Ya sea la versión de Guillermo del Toro, la variación grotescamente lúdica de “Pobres Criaturas” o la reinvención pop de “Lisa Frankenstein”, el enfoque siempre ha estado menos en el horror que en la identidad, la creación y la autodeterminación. Ahora, la actriz y directora Maggie Gyllenhaal presenta su segundo esfuerzo como directora con “¡La Novia!”, abordando el material desde la trinchera de la radicalidad. El resultado es una película que desafía constantemente todas las expectativas: una obra visualmente impactante y estilísticamente exuberante en algún lugar entre el drama gótico, la estética punk, la fantasía Art Déco y el romance de gánsteres.

La cinta no es una película que lleve de la mano con suavidad al público. Gyllenhaal se interesa visiblemente más por la atmósfera, el simbolismo y los matices de significado que por la dramaturgia clásica o la accesibilidad emocional. La trama se siente deliberadamente fragmentada, saltando entre tonos y motivos como si quisiera evitar cualquier tipo de certeza narrativa. El resultado es similar a un estado de embriaguez: fascinante, inquietante y, en ocasiones, agotador, todo a la vez.

La opulenta escenografía y el expresivo lenguaje visual hacen evidente su oneroso presupuesto; los interiores semejan instalaciones de arte vivientes, y los personajes a menudo parecen más conceptos que individuos psicológicamente tangibles. Sin embargo, ahí reside parte de la fascinación de la película. La producción posee una cualidad magnética que cautiva incluso cuando la historia flaquea.

Jessie Buckley, la novia que da título a la película, pregunta en un momento dado si quizás hubo demasiada absenta la noche anterior, y el espectador se siente interpelado. Esta escena describe acertadamente toda la experiencia cinematográfica: embriagadora, ligeramente desconcertante y nunca explicable del todo. La película ofrece pocas respuestas, y esa parece ser precisamente la intención. En lugar de claridad, Gyllenhaal se basa en el subtexto, la actitud y la provocación estilística.

Buckley encarna no solo a la novia resucitada, sino también a la propia Mary Shelley, creando una relación diegética atractiva, aunque deliberadamente ambigua, entre la autora y su propio avatar. Ambas buscan la autonomía, ambas luchan contra las imposiciones externas. La idea es ingeniosa y aporta a la película un nivel meta adicional que, sin embargo, no siempre se integra orgánicamente en la trama.

Mientras tanto, Christian Bale ofrece algunos de los momentos más accesibles de la película como una versión inusualmente amable —pero más cercana a su fuente literaria, arrimada a la sensibilidad aplicada por Del Toro en su opus— de la criatura de Frankenstein. Su actuación le otorga al filme una sorprendente calidez, especialmente cuando su personaje descubre su amor por el cine o se encuentra con una estrella de Hollywood idolatrada (Jake Gyllenhaal, hermano de la directora), y es en esos momentos cuando la trama demuestra lo conmovedor que podría haber sido el proyecto si se hubiera pausado más.

Pero la película rara vez se permite esta serenidad. Las escenas íntimas se ven repetidamente intercaladas por escaladas estilísticas o cambios bruscos de dirección que malabarean sus imágenes entre la posmodernidad tiktoquera y las líneas más clásicas. La propia Novia se mantiene deliberadamente contradictoria: rebelde, en búsqueda y, al mismo tiempo, una pantalla de proyección para las expectativas masculinas. Al desconocer su propia identidad, otros personajes intentan definirla por ella: un núcleo narrativo que claramente puede leerse como una historia de emancipación.

El tema central es la liberación de la soledad y el control externo. Sin embargo, esta idea se ve eclipsada por una plétora de impresiones, géneros e ideas. El guion de la misma Maggie Gyllenhaal es abundante, a veces sobrecargado. La transición de una reinterpretación de la novia de Frankenstein a una historia de mafiosos al estilo “Bonnie y Clyde” resulta a veces accidentada y está marcada por desvíos narrativos. Las transiciones parecen abruptas; se introducen motivos y luego se abandonan antes de que puedan desarrollar plenamente su impacto.

Esta es precisamente la mayor debilidad de la película: la elegancia brilla por su ausencia en su estructura narrativa. Muchas escenas parecen hilvanadas en lugar de desarrolladas orgánicamente, y quien espere una dramaturgia clara perderá rápidamente la paciencia. Al mismo tiempo, esta inquietud genera una energía peculiar, pues el proyecto se nutre de su inquietud, su afán de riesgo y su flagrante negativa a complacer.

En definitiva, hay dos opciones: dejarse llevar por esta ola o resistirse a ella. Quienes la acepten descubrirán una obra llena de ideas inusuales e imágenes impactantes. Quienes busquen coherencia narrativa, sin embargo, no cabe duda de que se verán invadidos por la frustración.

Parece inevitable que “¡La Novia!” genere opiniones divididas (y vaya que lo hace). La película provoca tanto un entusiasmo apasionado como un rechazo rotundo. Su estilo narrativo, en particular, ofrece argumentos convincentes para rechazarla, mientras que sus seguidores probablemente celebrarán su integridad artística. Eso sí, Gyllenhaal demuestra audacia y confianza en su propio estilo al dirigir una película que se considera explícitamente una obra de arte, como si fuera poseída por el espíritu de Alex Cox u otros cineastas de ambiciones iconoclastas arrastrados por la contracultura. Es una película que exige atención, a veces abruma y rara vez toma el camino fácil. No todas las ideas prenden, no todas las emociones llegan a su destino, pero la determinación detrás del proyecto es palpable en todo momento.

Al final, lo que queda es una obra contradictoria y apasionada que no siempre llega por igual a la mente y al corazón, pero cuyo impacto perdura mucho después de los créditos finales. Claramente, “¡La Novia!” no está dirigida al público general, sino a espectadores que buscan experiencias cinematográficas poco convencionales. Quienes estén dispuestos a cambiar el control por la intensidad encontrarán aquí una experiencia cinematográfica inusual y visualmente cautivadora que desarrolla un atractivo extraordinario precisamente en sus imperfecciones.

Sin duda, es una embestida visual embriagadora y desenfrenada: narrativamente sobrecargada, emocionalmente distante, pero rebosante de determinación artística. No es una película para todos, pero quienes se rindan a su frenesí estilístico experimentarán una obra cinematográfica salvaje que puede, o no, fascinar. Incondicionalmente, para bien o para mal.

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