No soy el más indicado para escribir en torno al futbol, porque tengo que confesarlo —y venga la rechifla— que no es el deporte de mi predilección.
Nací en el noroeste del país en un contexto en el que otros deportes predominaban; después, el asiento masivo de la migración introdujo el gusto, la pasión, por el soccer, sin desplazar del todo la afición por otras pelotas.
Así que lo confieso, no me sumo a los millones de técnicos de la Selección Nacional y me acerco más a un villamelón, dirían los taurinos, aunque ahora esa afición sea mal vista; ni modo, así los tiempos.
Pero es obligado pensar sobre el furor por una selección por la cual casi nadie apostaba nada, comparada con agrupaciones anteriores que contaban con nombres connotados, con reconocimiento en el extranjero, pero ofrecieron pobres resultados, o al menos lejos de la apuesta victoriosa que despertaron.
Ahora vemos a un grupo que no tiene esas credenciales, con un entrenador cuestionado, pero valiente, que cuando hay que levantar la voz no lo duda, y ver cómo responde una sociedad que se vuelca a las calles con apenas algunos triunfos; todo eso nos debe llevar a la reflexión más allá de lo que el deporte en sí mismo significa.
México es un país necesitado de triunfos, de momentos gratos, de alegría, de esperanza.
México es un país necesitado de salir de la trampa de la polarización, de los buenos y los malos, de los liberales y los conservadores, de los de la izquierda y la derecha, de los neoliberales y aquellos que quieren reivindicar una cuarta transformación, de esa narrativa sembrada por López Obrador como estrategia de campaña que después se entrona como forma de gobierno.
Creo que es un buen momento, aunque parezca anticlimático, para pensarnos como sociedad.
Hoy nos mostramos tal cual; bajan las defensas, diría Freud, nos mostramos, o al menos exhibimos rasgos masivos que no son cotidianos, como la simpatía entre nosotros.
Estoy escribiendo esto sin saber el resultado del partido frente a Inglaterra; creo que no se necesita de ello.
Apenas cuatro partidos previos ya encendieron la llama de que sí tenemos sentido, tenemos motivos para celebrar juntos, no sólo en los núcleos reservados a cada sector social, sino revueltos en las calles y plazas, independientemente de nuestras diferencias, o al menos eso es lo que manifestamos y nos lo creemos por momentos.
Nos lo creemos como país, más allá del nacionalismo simplón o a nombre del cual se han hecho tantos estragos en la historia, como bien ha puesto de manifiesto en múltiples ocasiones Fernando Escalante.
¿Cuánto nos durará ese sentido de “mexicanidad”? ¿Cuándo la realidad nos volverá a alcanzar? Y el entusiasmo festivo se apagará frente a una realidad de la que poco tenemos que enorgullecernos.
El nuevo coro “¿Y si sí?” es una clara manifestación en el fondo de que ¿qué tal si se nos hace un milagro?
No es la manifestación de confianza en algo que se planeó, se trabajó y que rendirá frutos, sino una expresión de incredulidad.
A menos de un año de distancia de las próximas elecciones en nuestro país, esto es lo que hoy ocurre y lo que se puede prever para entonces es la sorda confrontación, la minimalista descalificación del otro sin darnos la oportunidad de escucharnos.
El 6 de junio del 2027 sí nos vamos a jugar el futuro. Y creo que no es ingenuo decir que la llama que hoy vemos, esta flama de todos al unísono, se extinguirá.
Algunos dirán que el futbol nos une y la política nos divide, ¡NO! Lo que nos divide es una realidad de desigualdades, de injusticias, de arbitrariedades, de gobiernos que han defraudado la confianza ciudadana.
Distinto, me dirán muchos, hablar de la pasión por el futbol a aquella que enciende la política.
Y estoy parcialmente de acuerdo con una percepción de esa naturaleza. Sin embargo, no dejo de pensar que México necesita, reclama, requiere, está ilusionado por encontrar algo que supere a lo que AMLO, irresponsablemente, construyó para imponer su visión del país.
México requiere un sentido de país, un sentido de nación que nos convoque a todas y a todos hacia un futuro mejor.
Un futuro en el cual podamos transitar libres por las calles, un futuro en donde haya igualdad de oportunidades, un futuro de crecimiento económico para que haya riqueza que distribuir, un futuro con un sistema de salud solvente y sobre todo con un sistema de educación en el que se soporte un futuro viable y factible, no milagroso; eso no existe ni en el deporte.
Detrás de la pasión por el futbol debe estar la pasión por México, porque todos somos México.