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El Financiero 07 Jul, 2026 02:05

OTAN en Ankara

Hoy inicia la cumbre de la OTAN en Turquía. Una reunión que perfila tensiones graves e intensas entre Estados Unidos y sus socios europeos.

Las razones son múltiples: arrancaron con las demandas y presiones de Trump por el territorio de Groenlandia, un territorio autónomo asociado de Dinamarca que el presidente americano estableció como prioritario para su política de seguridad.

Después vino la guerra de Israel y Estados Unidos en contra de Irán, que ha resultado un desastre para Washington en cuanto a objetivos, impacto económico y deterioro serio de su relación con el gobierno de Netanyahu.

Los ataques produjeron el resurgimiento de un sentimiento nacionalista en Irán que generó el respaldo a su nuevo gobierno, después del asesinato de la cúpula de los ayatolás, entre ellos, al líder supremo y todo el primer grupo del gobierno iraní por parte de Estados Unidos.

El desgaste con los socios europeos vino cuando Trump les exigió ayuda en el conflicto, el uso de bases militares, el involucramiento de tropas, efectivos y armamento. Los europeos, graciosamente, se disculparon. Algunos le permitieron uso de bases (Reino Unido) para despegue de bombarderos americanos, pero no se involucró.

Trump se enfureció. Recuperó aquello de “Estados Unidos paga por su seguridad”.

En la reciente reunión del G7 les echó en cara su falta de respaldo.

La respuesta europea ha sido clara: es tu guerra, no tenemos nada que ver.

A esto debemos sumar la gravedad creciente del escenario Ucrania-Rusia y el aplastante fracaso de todos los intentos de una tregua, una paz negociada o la interrumpida suspensión de hostilidades varias veces impulsada por Estados Unidos.

Rusia sigue atacando a Ucrania sin cesar.

La semana pasada recrudecieron ataques a zonas civiles de Kiev, causando la muerte de más de 30 personas.

Pasan los años (4) y todo pareciera indicar que los esfuerzos promovidos por Washington para detener el conflicto, ejerciendo presión a Putin, han fracasado estrepitosamente.

A esto debemos agregar el tono irrespetuoso, hostil y amenazante de Trump a los miembros de la OTAN. No le gusta la alianza; la considera vieja y obsoleta, dependiente del aparato militar y la fuerza de Estados Unidos.

Desde su gobierno anterior, todos los países miembros incrementaron sus presupuestos de defensa. Gastaron más en armamento y aumentaron sus sistemas de defensa, tropas terrestres, aéreas y marítimas.

El efecto Trump produjo un mundo más tenso, con menos espacios de diálogo y negociación, más gasto en armamento y una alianza atlántica que pareciera perder, indefectiblemente, el respaldo y participación del poderoso socio americano.

A partir de hoy, escucharemos a los países miembros establecer como prioridades las presiones y condicionamientos a Rusia para concluir el conflicto, si de algo sirve.

Y la garantía para reabrir el estrecho de Ormuz, que tanto daño petrolero e inflacionario ha causado.

El clima no será terso entre Estados Unidos y sus socios.

La intervención del impresentable Donald Trump frente a la FIFA y su presidente Gianni Infantino para retirar la tarjeta roja al jugador estadounidense Balogun incrementó las tensiones. El juego fue contra Bélgica y causó enorme molestia entre los europeos por la vergonzosa llamada de Trump para alterar reglamentos normativos del futbol.

Rusia lanzó un ataque apenas ayer, previo a la reunión de la OTAN, en esta eterna guerra mediática de Putin para demostrar que a él nadie le impone condiciones.

En los tiempos disruptivos de Trump, pareciera que la OTAN es un órgano de otro tiempo, de la añeja realidad de la posguerra.

Sin embargo, la amenaza de Rusia es real, Europa la resiente y no le otorga credibilidad alguna a Putin, quien afirma que no tiene intención alguna de atacar a otro país europeo.

En este escenario llegan los integrantes de la OTAN a intentar fortalecer una alianza débil y amenazada, ni más ni menos, que por su socio central y fundador: Estados Unidos.

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