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AM 07 Jul, 2026 06:02

La versión del viajero

Columna de Héctor de Mauleón

La noche es la hora más peligrosa para los huéspedes de los hoteles de México. Suele despertarlos una llamada desde la recepción directamente a su teléfono celular.

El patrón es el mismo: llaman supuestos agentes de la fiscalía o de plano personas que se identifican como integrantes del Cártel Jalisco Nueva Generación.

Acaban de hallar un auto con armas con el estacionamiento o en las cercanías del hotel. Van a revisar cuarto por cuarto. Les piden que contesten una videollamada y no la vayan a cortar, “porque voy a entrar por ti y te voy a matar”.

Los comunican con “el comandante”, una voz hostil que da las primeras instrucciones y comienza el interrogatorio. Quién eres, a qué te dedicas, con quién vienes. Les piden un paneo del cuarto, que muestren lo que está en los clósets, que abran sus maletas, sus mochilas o sus portafolios, que vayan al baño con el teléfono en la mano: “Quiero ver que no traes armas”.

Al experto en seguridad Carlos Seoane, compañero de páginas en EL UNIVERSAL y director de Seoane Consulting Group, le ha tocado atender más de mil de estos casos. “Ya dejé de contarlos”, me dice.

Después de relatar dos casos de secuestro virtual, uno ocurrido en Guadalajara y otro en la misma Ciudad de México la noche anterior a la inauguración del Mundial de Futbol, llegaron a este espacio reportes de casos ocurridos en Iguala, Querétaro, Oaxaca, Morelia, Durango y Valle de Bravo; algunos sucedieron incluso en hoteles de famosas cadenas.

Carlos Seoane llama a este tipo de secuestro “la versión del viajero”. Las víctimas son turistas o empleados de compañías que hacen viajes breves de trabajo.

La primera fase consiste en mantener a la víctima despierta, y en cautiverio, hasta las horas del amanecer. En ese tiempo se le va alimentando de un terror sicológico que termina por ponerla completamente en manos de los delincuentes.

Los interrogatorios duran 4 o 5 horas, en las que los secuestradores obtienen todo lo que necesitan: datos completos de la víctima y números telefónicos del primer círculo familiar o de jefes y superiores cuando se trata de una empresa.

Muchas veces “el comandante” pide a sus víctimas que se desnuden con el pretexto de ver si tienen tatuajes: “Los del grupo que buscamos traen escorpiones, tarántulas, serpientes…”.

Si los huéspedes van acompañados, les ordenan que se tomen fotos de frente, de perfil, de espaldas. Esas imágenes son enviadas a los familiares al amanecer, como “prueba de vida”.
“Las hacen llegar al amanecer para tener varias horas por delante. Le dan margen a la familia para conseguir el dinero del rescate y saben que disponen hasta el cierre los bancos, o hasta que el Oxxo deja de hacer envíos de dinero, a las diez de la noche, para llevar a cabo la recolección”.

Nadie está listo para recibir en el teléfono la fotografía de un familiar en calzoncillos, con las manos detrás de la espalda, como prueba de que se encuentra en manos de un grupo armado. En ese instante de terror se pierde la capacidad de análisis. Comienza de manera desesperada la búsqueda de dinero: el dinero que está a la mano o el que puedan facilitar amigos y familiares.

Seoane explica que, a diferencia del secuestro tradicional, en donde el secuestrador cuelga el teléfono luego de avisar que una persona se encuentra en cautiverio, el secuestro virtual está marcado por la prisa, pues los criminales saben que no pueden sostener el engaño durante mucho tiempo. La cifra exigida siempre suele ser alcanzable y se pide que la entrega del dinero se lleve a cabo a medida que los familiares lo vayan obteniendo.

El contexto de violencia brutal y desbordada en que se encuentra el país proporciona a los delincuentes las condiciones para llevar adelante un engaño en el que todos los involucrados sufren y lloran como si se tratara de un hecho real. Porque nada es cierto.

“Hay que desconectar esa mentira, hay que romper el círculo de comunicación. No es una extorsión: es un vil y vulgar engaño. La joya de la corona de los engaños”, explica Seoane.
Con más de mil casos atendidos, el consultor afirma que la fórmula para no caer consiste en desconectar el teléfono de la habitación y en no entregar en la recepción el número del teléfono celular, “pues muchas veces, los encargados de los hoteles están implicados”.

Por lo general, este delito no se denuncia por miedo, ya que los delincuentes se quedan con la información de la víctima y de su primer círculo de contactos. Ignoramos sus números reales, pero ahora mismo, en algún hotel, hay una persona viviendo ese horror, esa forma “vil y vulgar” del engaño.

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