Cuando Gianni Infantino llegó a la presidencia de la Fifa en 2016 prometió romper con el pasado. Tras los escándalos de corrupción que sacudieron al organismo durante la etapa del Fifagate, el dirigente suizo se presentó como el hombre capaz de modernizar el fútbol mundial, abrir nuevos mercados y convertir la competición más importante del planeta en un espectáculo todavía más global.
Durante casi una década esa estrategia pareció funcionar. La ampliación del Mundial a 48 selecciones, la creación del nuevo Mundial de Clubes, la expansión comercial hacia Oriente Medio, Norteamérica y Asia, el aumento de los ingresos y una capacidad inédita para atraer patrocinadores reforzaron la imagen de un presidente que entendía mejor que nadie hacia dónde caminaba el negocio del fútbol.
Pero toda construcción política tiene un momento de máxima fragilidad. Y ese momento parece haber llegado.
Cuando la política invade el fútbol
La polémica generada por el levantamiento de la sanción que impedía a Folarin Balogun disputar un partido decisivo con Estados Unidos ha abierto un debate mucho más profundo que el simple indulto deportivo.
La controversia no reside únicamente en la decisión disciplinaria. Lo verdaderamente delicado ha sido la percepción de que la Fifa pudo quedar condicionada por intereses políticos externos después de que Donald Trump alabara públicamente la medida, alimentando las sospechas sobre una posible influencia del entorno político estadounidense en una competición organizada principalmente en suelo norteamericano.
Aunque no existan pruebas de una intervención directa, el daño reputacional ya está hecho. En instituciones como la Fifa, la apariencia de independencia es casi tan importante como la independencia misma.
Y cuando millones de aficionados comienzan a preguntarse si todos compiten bajo las mismas reglas, el problema deja de ser jurídico para convertirse en un problema de confianza.
Desde hace años, Infantino ha cultivado una relación muy estrecha con numerosos líderes políticos. Ha aparecido junto a presidentes, emires, monarcas y jefes de Estado en prácticamente todos los grandes acontecimientos futbolísticos.
Su presencia constante junto a Trump durante la organización del Mundial de 2026 había sido interpretada inicialmente como una estrategia lógica para garantizar el éxito del torneo.
Sin embargo, esa cercanía adquiere ahora otra dimensión. Muchos críticos consideran que la Fifa ha ido difuminando la frontera que debería separar el deporte de la política, precisamente uno de los principios que históricamente la propia organización ha defendido con mayor contundencia cuando ha sancionado a federaciones nacionales por injerencias gubernamentales.
La paradoja resulta evidente. Mientras exige neutralidad absoluta a las asociaciones nacionales, la dirección del fútbol mundial aparece cada vez más vinculada a grandes intereses geopolíticos.
Del gestor brillante al dirigente cuestionado
Sería injusto negar los logros alcanzados por Infantino:
-La Fifa atraviesa uno de los momentos económicamente más sólidos de su historia.
-Nunca había ingresado tanto dinero.
-Nunca había llegado a tantos mercados.
-Nunca había organizado competiciones con semejante alcance global.
-El nuevo formato mundialista ha permitido que países con escasa tradición futbolística puedan competir en el mayor escaparate del deporte.
La expansión internacional del fútbol es, probablemente, uno de los grandes éxitos de su mandato. Sin embargo, gestionar una organización global exige mucho más que aumentar los beneficios. También implica proteger la credibilidad de las competiciones. Y precisamente ahí empiezan las dudas.
Cada decisión polémica alimenta la sensación de que la Fifa ha priorizado durante demasiado tiempo el espectáculo, el negocio y las alianzas estratégicas frente a la percepción de imparcialidad que debería caracterizar al máximo organismo del fútbol.
El riesgo de que el Mundial deje de hablar solo de fútbol
El Mundial de 2026 aspiraba a ser una celebración histórica:
-Tres países organizadores.
-Más selecciones.
-Más partidos.
-Más aficionados.
-Más ingresos que nunca.
Todo estaba diseñado para consolidar definitivamente el modelo impulsado por Infantino. Sin embargo, acontecimientos como el caso Balogun amenazan con cambiar el foco mediático.
En lugar de hablar únicamente del nivel futbolístico, del éxito organizativo o del crecimiento del torneo, buena parte del debate gira ahora alrededor de la gobernanza de la Fifa, de sus decisiones disciplinarias y de la influencia que pueden ejercer los grandes actores políticos sobre una organización que debería mantenerse al margen de cualquier presión.
Es una situación especialmente delicada porque la credibilidad resulta mucho más difícil de recuperar que cualquier patrocinio perdido.
El legado que aún está por escribirse
Gianni Infantino llegó a la Fifa como el dirigente que debía cerrar definitivamente la etapa más oscura del organismo. Durante años logró proyectar esa imagen de modernizador capaz de transformar el fútbol en un fenómeno aún más global. Pero los grandes líderes no son recordados únicamente por sus éxitos. También por la forma en que gestionan sus mayores crisis.
El caso Balogun puede acabar siendo un episodio puntual si la Fifa logra explicar con absoluta transparencia cómo se adoptó la decisión y demuestra que ningún interés político condicionó el procedimiento.
Pero si las dudas continúan creciendo, este Mundial podría pasar a la historia no solo por su dimensión deportiva, sino por haber abierto un profundo debate sobre la independencia real de la institución que gobierna el fútbol mundial.
Porque el mayor patrimonio de la Fifa nunca han sido sus contratos televisivos, ni sus patrocinadores, ni sus cifras récord de ingresos.
Su verdadero activo siempre ha sido la confianza de millones de aficionados que creen que, cuando rueda el balón, todos compiten bajo las mismas reglas. @mundiario