Durante décadas, el género Homo ha estado asociado a una serie de capacidades consideradas prácticamente inseparables de la evolución humana: fabricar herramientas complejas, controlar el fuego, organizar la caza y desarrollar comportamientos cada vez más sofisticados. Sin embargo, un nuevo estudio publicado en Science Advances acaba de cuestionar uno de esos supuestos al revisar la historia del enigmático Homo floresiensis, conocido mundialmente como el “hobbit” de Flores.
Las conclusiones no solo modifican la imagen de esta especie descubierta en Indonesia en 2004, sino que también obligan a replantear una idea profundamente arraigada en la paleoantropología: pertenecer al género Homo no significaba necesariamente haber alcanzado un comportamiento tecnológicamente avanzado.
Cuando aparecieron los primeros restos de Homo floresiensis en la cueva de Liang Bua, los fósiles estaban acompañados por herramientas de piedra y huesos carbonizados de Stegodon, un elefante enano extinguido que habitaba la isla de Flores.
Aquella combinación llevó a numerosos investigadores a interpretar que el pequeño homínido era capaz de fabricar herramientas eficaces, controlar el fuego y organizar la caza de grandes mamíferos, pese a medir apenas un metro de altura y poseer un cerebro considerablemente menor que el de Homo sapiens.
La nueva investigación, liderada por la paleoantropóloga Grace Veatch, ha vuelto a examinar todos esos restos utilizando técnicas tafonómicas y zooarqueológicas mucho más precisas para reconstruir el orden en el que distintos animales accedían a las carcasas. El resultado ofrece una imagen completamente distinta: los verdaderos cazadores eran los dragones de Komodo. El análisis revela que las zonas más nutritivas de los esqueletos de Stegodon presentan abundantes marcas de mordeduras de estos reptiles, mientras que las huellas dejadas por las herramientas de piedra aparecen únicamente en partes del animal con mucho menos valor alimenticio.
El género no indica los mismos comportamientos
Para los investigadores, este patrón indica claramente que los grandes reptiles abatían primero a las presas y consumían la mayor parte de la carne, mientras que el Homo floresiensis llegaba después para aprovechar los restos. De este modo, el “hobbit” no habría ejercido como cazador principal, sino como un carroñero primario que competía por el alimento con uno de los mayores depredadores de su entorno. Esta dinámica evoca más el comportamiento oportunista de las hienas que el de los grandes cazadores que suelen asociarse a la evolución humana.
Tampoco existen pruebas sólidas del uso controlado del fuego, ya que la investigación revisó otra de las grandes evidencias atribuidas al “hobbit”: las supuestas hogueras encontradas en Liang Bua. Al respecto, los autores concluyen que no hay indicios convincentes de que aquellas combustiones fueran intencionadas; de hecho, las marcas de quemaduras presentes en algunos huesos pueden explicarse mediante incendios naturales o procesos ambientales posteriores, y no necesariamente por un uso deliberado del fuego para cocinar alimentos.
La mayoría de las especies del género Homo no sabían usar el fuego, ya que este conocimiento apareció en una etapa avanzada de nuestra historia evolutiva. De las aproximadamente 15 a 20 especies reconocidas dentro del género, solo las más recientes y evolutivamente avanzadas lograron manipularlo o producirlo.
Sin embargo, de confirmarse esta interpretación, Homo floresiensis habría consumido carne cruda obtenida tras el paso de los dragones de Komodo, una conducta muy diferente a la que tradicionalmente se asociaba con los representantes del género Homo.
La evolución humana deja de parecer una escalera
Quizá la consecuencia más importante del estudio no sea reconstruir la dieta del “hobbit”, sino cuestionar un modelo de evolución humana excesivamente lineal. Durante mucho tiempo se asumió que, tras la aparición del género Homo, determinadas capacidades surgían de forma casi automática —como cerebros más eficientes, un dominio creciente de la tecnología, la cooperación en la caza y el control del fuego—; sin embargo, el caso de Homo floresiensis sugiere que la realidad pudo ser mucho más diversa.Una especie podía fabricar herramientas relativamente simples y pertenecer al género, pero seguir dependiendo de estrategias alimentarias oportunistas y no controlar todavía tecnologías consideradas fundamentales para la evolución humana.
Esta posibilidad rompe con la idea de que la evolución avanzó siguiendo una única dirección hacia una inteligencia y unas capacidades cada vez mayores. De hecho, el “hobbit” de Flores ya había generado un intenso debate desde su descubrimiento debido a su peculiar combinación de rasgos; su reducido tamaño corporal, su pequeño cerebro y algunas características anatómicas muy primitivas llevaron a algunos especialistas a proponer que descendía directamente de Homo erectus, mientras que otros defendían que procedía de un linaje aún más antiguo.Si realmente esta especie no cazaba grandes animales ni utilizaba el fuego de forma sistemática, algunos investigadores consideran que podría representar una rama evolutiva mucho más primitiva de lo que se pensaba inicialmente.
Incluso existen voces que cuestionan si debería mantenerse dentro del propio género Homo, precisamente porque su comportamiento parece alejarse del patrón observado en otras especies humanas. No obstante, los autores no sostienen que Homo floresiensis fuera incapaz de fabricar herramientas o adaptarse a su entorno, sino que su estrategia de supervivencia habría sido distinta de la imaginada durante dos décadas. @mundiario