¿Alguna vez ha escuchado decir que el destino ya está escrito? Es una idea que ha acompañado a la humanidad desde hace siglos. Para algunas personas resulta tranquilizadora porque parece indicar que todo sucede por una razón y que cada paso ya estaba previsto.
Pero también existe otra posibilidad, una que quizá nos invita a vivir con mayor conciencia: ¿y si las páginas realmente están en blanco? Piense por un momento en un pintor frente a un lienzo nuevo. No comienza desde la nada. Tiene pinceles, colores, una técnica, una inspiración, un espacio delimitado, o el marco del cuadro.
De la misma manera ocurre con la vida: la familia en la que nace, la época que toca vivir, etc. son nuestro punto de partida. Sin embargo, el lienzo sigue esperando los primeros trazos. Ahí aparece la parte que sólo usted puede realizar. Cada pensamiento que alimenta, cada emoción que decide cultivar y cada acción que lleva a cabo son pequeñas pinceladas que van formando la obra completa.
Eso significa que el destino no necesariamente es una sentencia inamovible. Tal vez sea más bien una invitación a descubrir qué clase de persona desea llegar a ser. Porque las circunstancias pueden influir, pero no tienen que definir el resultado final.
Esta idea también implica una enorme responsabilidad. Resulta mucho más sencillo creer que todo depende de la suerte, del gobierno, de la economía o de las decisiones de otras personas. Sin embargo, cuando reconoce que cada día tiene la posibilidad de elegir cómo responder a la vida, descubre que posee un poder que NADA ni NADIE pueden quitarle.
Es nuestra co-creación con Dios. Él entrega el don de la vida, las capacidades, las oportunidades y, sobre todo, la libertad. Usted aporta las decisiones. Dios pone el lienzo; usted decide qué pintar sobre él.
No se trata de competir con el Creador, sino de colaborar con Él, haciendo de cada día una oportunidad para reflejar lo mejor de sí mismo. La gran obra de nuestra vida no se construye de fondo con los bienes materiales ni los títulos.
Los colores de verdad, son las virtudes que desarrollamos. Cuando estas virtudes acompañan sus decisiones, el retrato adquiere belleza, incluso si el camino ha estado lleno de dificultades. Por el contrario, cuando predominan el resentimiento, el egoísmo, la mentira o el miedo, el cuadro comienza a perder luz.
La buena noticia es que, mientras haya vida, siempre existe la posibilidad de tomar nuevamente el pincel y corregir algunos trazos. Ninguna obra está completamente terminada hasta el último instante. Quizá por eso muchas tradiciones espirituales enseñan que de esta experiencia material no nos llevamos las casas, las cuentas bancarias, los roles que jugamos o los reconocimientos. Todo eso se queda aquí.
Lo único verdaderamente nuestro es la obra interior que fuimos construyendo día tras día. Ese retrato invisible, formado por nuestros pensamientos, sentimientos y acciones con el hilo conductor de las virtudes. Cada amanecer nos abre una página nueva y extiende un lienzo limpio.
No importa cuántos errores haya cometido ayer. Hoy tiene nuevamente la oportunidad de elegir los colores con los que desea pintar. Es interesante pensar que el destino no sea un libro completamente escrito.
Tal vez Dios sólo escribió el primer capítulo y dejó el resto de las páginas abiertas para que, con libertad, amor y responsabilidad, usted terminara de contar la historia.