Gran polvareda mediática se formó ayer luego de que Raymundo Riva Palacio y Carlos Loret de Mola publicaron sendas columnas relativas al paradero de Rubén Rocha, el mismísimo gobernador con licencia de Sinaloa. Que si lo resguarda el Ejército, que si lo movieron por miedo a que le apliquen “la Madurinha”…
Los columnistas lograron que Rocha dijera en redes sociales aquí estoy (lo que no revela mucho, porque nada está al mismo tiempo en todos lados y en ninguno que un mensaje en las aguas del internet), y hasta que la Federación emitiera un comunicado (qué susceptibles).
Pero si la pregunta es dónde está Rocha, la respuesta es como aquella carta robada del cuento de Edgar Allan Poe: en el lugar más obvio.
Rubén Rocha tiene 70 días de haber solicitado licencia al Congreso, pero esto no significa que ese periodo lo haya pasado fuera del poder. No confundir forma con fondo: la licencia indefinida para taparle el ojo al macho, en este caso, funciona, diría la maestra Delfina, requetebién.
Nunca deben repetirse los despectivos términos con que, en su momento, Rocha se refirió a los antecedentes de Yeraldine Bonilla, exdiputada y exfuncionaria de Seguridad Pública sinaloense y hoy gobernadora interina. Lo real es que es hechura de Rocha y también, por cierto, de Enrique Inzunza, el senador que, igual que Rubén, es requerido por Estados Unidos y también sigue en el poder.
Mírenlo de esta forma. Más de dos meses después de que, desde Estados Unidos, llegara en abril la solicitud de detención con fines de extradición de Rocha, Inzunza y otros ocho funcionarios y exfuncionarios de Sinaloa, la mayoría de ellos está apaciblemente en su casa. Y para uno de ellos la gobernadora hasta propuso darle un haber de retiro.
Sumen a lo anterior que antier la Fiscalía General de la República básicamente ratificó que nada concreto o relevante tiene para reportar sobre las supuestas –un interrogatorio no da como para creerles que están investigando– carpetas que les abrieron a los diez de Sinaloa.
Y eso queda aún más de manifiesto si agregamos a los funcionarios, a todas luces rochistas o rochistas/inzunzistas, además de Yeraldine Bonilla, que operan hoy en la estructura gubernamental (por mencionar algunos: Joaquín Landeros, quien funge como tesorero estatal y fue subordinado del senador; o Pablo Bedoya, virtual secretario de Gobierno, exjefe de la Oficina del góber y cercano a los hijos del mandatario, y, no se diga, en el Congreso, Eligio López Portillo, el coordinador, que es compadre y amigo personal de Rubén).
Derrotado. No. Apestado. Tampoco. Marginado. No necesariamente. Rubén Rocha está, a lo mucho, en una transición. Es cierto que los conocedores de la vida pública sinaloense advierten que hay un vacío en el estado, que la administración padece parálisis, etc. Pero esa fue decisión de la presidenta Sheinbaum. Quitó formalmente al mandatario, pero no aprovechó para sanear la entidad de la sombra de una elección denunciada desde 2021 como sospechosa por operación del narco.
Quién puede descontar hoy que toda la opereta dizque diplomática de esta semana, del embate contra un exembajador de nulo peso en Estados Unidos hoy, no sea un globo sonda que explora la resistencia al “todo es una mentira, siempre lo fue, que regresen los señalados”.
Esto último, el regreso formal de Rocha, sí mandaría a Washington una señal muy negativa, pero ya, sinceramente, no hay manera de saber si les importa en Palacio Nacional, donde el gobernador de Sinaloa es Rubén, y lo más importante es desacreditar a Ken Salazar. Háganme el favor.