Delfos, el monte Parnaso, el oráculo y Apolo reúnen elementos sobrados para una parábola o comparación con lo que da de sí Trump, la OTAN, la presencia de España en ella y, sobre todo, su instrumentación. El Parnaso y las inspiraciones de la Pitonisa de los oráculos no eran ajenas a dependencias e intereses. El Apolo pitio originario no tenía riquezas, pero la acumulación de donativos, sobre todo en el siglo IV a. C., antes de que la cristianización acabara con el santuario ocho siglos más tarde, fue motivo de peleas y saqueos.
La OTAN nunca fue gratuita y su origen en 1949, en plena Guerra Fría, igual que el de la SEATO para el Sudeste Asiático en 1954, sirvieron para proteger la primacía socioeconómica americana frente a la URSS y frente al expansionismo chino. La segunda de estas organizaciones, desaparecida en 1977, llevó a EE UU a disponer otras maneras de proteger sus intereses en la zona, principalmente desde Filipinas, Corea del Sur, Japón y Taiwán.
A partir de la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989, los objetivos americanos en Europa se reconfiguraron hasta las guerras de Putin en el este europeo, y Ucrania ha puesto de manifiesto, por un lado, que la defensa de la UE estaba muy dependiente de EE UU y que la gobernaban los americanos; a quienes más ha beneficiado este conflicto, por compra de armas y energía, y en cuanto al oportunismo de las reglas comerciales e instrumentos de intercambio —y, en definitiva, en cuanto al balance de los servicios de la OTAN o algún sustituto— es a EE UU, hasta el punto de que, si los europeos quieren mejor cobertura de defensa militar, las condiciones las ponen también ellos.
Las sucesivas reuniones anuales de los socios de la organización han ido mostrando estas exigencias; la decisión de contribuir cada uno con el 2% de su PIB se tomó en la cumbre de Gales en 2014, donde se propusieron diez años para lograrlo. En la de La Haya, de 2025, se avaló la idea de que el aumento del gasto anual en defensa subiera hasta el 5 %, y en Ankara reapareció esta cuestión. Sin que todos los miembros hubieran alcanzado todavía aportar el 2 %, el Gobierno español pudo certificar que había cumplido el anterior objetivo del 0,9%, que su contribución efectiva con personal y medios era suficientemente amplia en los frentes encomendados y que superaba con creces el 2% estipulado hasta antes de la reunión de Ankara: si se les exigía llegar al 5%, tendría que recortar una amplia serie de servicios sociales.
Lo realmente propio del mundo délfico fue el apolíneo oráculo que salió de boca de Trump, capaz de pasar en apenas dos días de unas airadas palabras sobre España, los españoles y su contribución al tesoro de la OTAN, a una mansedumbre expresiva sobre lo «generosa» que había sido la contribución de España. Por medio anduvo la supuesta entereza del presidente español, la beatífica mirada escrutadora del presidente de esta organización, Mark Rutte, siempre pendiente de que el oráculo se sintiera feliz entre bravatas, amenazas y sortilegios de negocios inconfesos, y no faltaron en España los corifeos supuestamente populares, fieles a su tradición de cipayos, inquietos por si el troyano americano no había dado suficientes muestras de ser un artilugio de los aqueos para asaltar los muros de la polis hispana y hasta europea.
Milagrería hispana
Después de que hablara el oráculo en Ankara, una réplica no menor de esta hierofanía reveladora de la verdad y del bien la acaba de encarnar el obispo Argüello. Con tal seguridad lo hizo que no cuidó las costuras a que respondía, atentas siempre a que el Derecho que aprendió en la Facultad vallisoletana le sirviera para cuidar su rebaño conservador y hasta ultra. Desde su sede episcopal ignora lo que sabe. Por ejemplo, que desde su catedral, y en procesión del Santísimo hasta la capilla de esa Facultad, en 1940, la inauguración de curso valió para mostrar cómo los males de España se erradicaban persiguiendo maestros. En esa diócesis se siente continuador de Gandásegui, quien, aparte de exigir al gobernador que vigilara la moral de sus diocesanos, exigía para Valladolid el honor de la primera reacción antirrepublicana (B. O. Arzob., 1, del 24.01.1937, pág. 4). Habla ahora de «bandas», y acaban de recordarle la de los pederastas.
Y tampoco estaría de más que no olvidara los privilegios económicos de los Acuerdos de 1979; se habían comprometido a sufragar sus gastos de supervivencia y no los cumplen, pero han recrecido su presencia en el Registro de la Propiedad mientras amparan bandas poco democráticas para que hablen por ellos; El Debate vuelve a añorar el intento de partido católico propio, desde el que expresarse en público como cualquier ciudadano, dubitativo de si para entonces seguirán exigiendo que mulieres in ecclesia taceant.
En este concurso de oráculos no podía faltar Isabel Ayuso. Subida al pedestal de la Puerta del Sol, lugar que quiere mantener sacralmente incontaminado de su pasado, aprovecha la Casa de Correos para exhibir sus fervores. Ante todo, el familiarmente afectivo y, sin pedigree apropiado, también el de su intimidad con el bien de la clase dominante en Madrid desde que era Corte de los Milagros. En sus gestos y representación política, esto es prioritario; los demás no existen y, si a alguien no le gusta, que se vaya. Sus réplicas en la Asamblea —además de sus ruedas de prensa y su Telemadrid— cumplen las mejores expectativas de cuantos iban a Delfos a escuchar a la Pitonisa. Son de admirar sus palabras de arropamiento a la doctrina de Feijóo acerca del «cáncer» de esta sociedad.
La confusión entre la abstención laboral y los derechos de paro no la gobierna en la Moncloa su partido, pero ansía hacerlo, cuando ya más del 70 % de los españoles perciben el cariño que les tienen; las competencias que gestionan las autonomías, por ejemplo, en las listas de espera de sanidad, cada vez más largas desde que Esperanza Aguirre se comprometiera a reducir su demora antes de 2003 (el año del Tamayazo).
En el cuaderno de este verano, esperando que España pase a cuartos en la Copa del Mundo, con añoranza del gol de Marcelino en 1964 contra la URSS —y sin pitonisas ni pitonisos pasados de adrenalina—, es de interés recordar que Kavafis ya dejó dudas en 1904 sobre qué sería de nosotros sin «los bárbaros», cuando seguramente «fueran la solución después de todo». Mark Twain ya había advertido en 1901 cómo se las gastaban en Misuri algunos conversos a la democracia americana. @mundiario