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El Diario 10 Jul, 2026 21:58

Mi maltrecha esperanza en Estados Unidos

Nuestra fiesta de 250 años me pareció tan dividida, problemática y angustiada como el propio Estados Unidos.

La evacuación de multitudes del National Mall en Washington, debido al clima extremo, captó el momento a la perfección: el presidente Donald Trump intenta desafiar y negar las fuerzas naturales del cambio climático, aun cuando estas moldean nuestras vidas. Bajo Trump, Estados Unidos redobla su apuesta por los combustibles fósiles y permite que China domine las tecnologías de energía verde que serán centrales para la economía del siglo XXI. Miopía al cuadrado, y no es un buen augurio.

En ese sentido, este cumpleaños tan inestable me hace reflexionar sobre el destino de algunos lugares que he visitado a lo largo de los años.

Kaifeng es hoy una somnolienta ciudad china a orillas del río Amarillo, pero hace mil años probablemente era el lugar más importante del mundo. Entonces era la capital de China y estaba abarrotada, con una población de alrededor de un millón de habitantes (la población de Londres en esa época era de unos 15 mil).

Otros aspirantes al liderazgo mundial en el año 1000 fueron el Imperio bizantino, con sede en Constantinopla; el califato abasí, con sede en Bagdad, y el Imperio gaznávida en Asia occidental, con sede en lo que hoy es Ghazni, Afganistán. Ninguno logró adaptarse ni preservarse.

Así que me pregunto: ¿podrá Estados Unidos resistir? ¿Seguirá siendo vibrante Estados Unidos en su 500 aniversario? ¿O seguiremos el camino de Bizancio y de los abasíes?

Nuestras vulnerabilidades son evidentes, y dos terceras partes de los estadounidenses dicen que vamos “bastante seriamente por mal camino”.

Me preocupa en particular que estemos socavando el enfoque tripartito que ha hecho de Estados Unidos una potencia dominante, comenzando por las fuertes inversiones en capital humano, como la educación. Estados Unidos fue líder mundial en educación masiva durante los siglos XIX y XX, pero ahora ocupamos el noveno lugar en lectura, el 16 en ciencias y el 34 en matemáticas, de acuerdo con la clasificación global PISA de resultados de exámenes estudiantiles.

El capital humano también tiene que ver con nuestra salud y bienestar, y en ese rubro el panorama es igualmente desalentador: Estados Unidos ahora ocupa el lugar 61 en esperanza de vida a nivel mundial, de acuerdo con el Banco Mundial.

Un segundo pilar de la trayectoria de crecimiento de Estados Unidos fue la bienvenida que ofrecimos —de manera inconsistente e imperfecta— a los inmigrantes en distintos momentos. Cuando mi padre llegaba en un barco al puerto de Nueva York como refugiado en 1952, una mujer de Boston que estaba a su lado en la cubierta le dio la bienvenida llamándolo “joven estadounidense”. Él quedó maravillado de que a él —un refugiado que ni siquiera hablaba inglés— se le aclamara como estadounidense antes incluso de poner un pie en suelo estadounidense.

Por ahora, ese tapete de bienvenida ha sido retirado en su mayor parte (excepto quizás para los “refugiados” blancos provenientes de Sudáfrica). El número de estudiantes de posgrado extranjeros en universidades estadounidenses cayó 12% el otoño pasado respecto al año anterior, y se esperan nuevas caídas.

El tercer elemento de la fórmula de crecimiento de Estados Unidos —la confianza en los mercados libres— se mantiene en gran medida intacto, al menos conforme a estándares internacionales. Pero la desigualdad parece haberse disparado desde 1980, y hay evidencia de que, si bien cierto grado de desigualdad es necesario para el crecimiento, un exceso de ella lo frena. El dólar sigue siendo, de manera abrumadora, la moneda del mundo, pero se ha debilitado, y su supremacía está siendo desafiada en los márgenes.

Y hay más que eso.

“¿Qué entendemos por la Revolución?”, preguntó John Adams en una carta de 1815 dirigida a Thomas Jefferson. Él mismo respondió su pregunta, al decir que la revolución no fue una guerra, sino algo que se desplegó “en las mentes del pueblo”.

¡Sí! Es cierto que nuestras ideas fundacionales —de igualdad, de oportunidad, de apertura a la inmigración— fueron en parte florituras retóricas, pues no explican las leyes Jim Crow, las Leyes de Exclusión China ni las estrictas restricciones a la inmigración judía. Pero esas ideas eran aspiracionales, y a lo largo de los siglos inspiraron un progreso real. Ahora temo que nos hayamos replegado incluso de esas aspiraciones.

Tal como yo lo veo, hemos perdido dos guerras en los últimos seis años —una contra los talibanes afganos y otra contra Irán este mismo año—, sin mencionar que el año pasado perdimos una guerra comercial con China. Podríamos estar retirándonos de la OTAN y de los esfuerzos por apuntalar a Taiwán.

Nuestra posición —divididos en casa y debilitándonos en el exterior— recuerda al declive de las grandes potencias del pasado, no solo el de los abasíes y los gaznávidas, sino también el de España en 1588 y el de Gran Bretaña a finales del siglo XIX.

Aun así, pese a toda la incertidumbre sobre nuestra trayectoria, creo que soy un poco más optimista que muchos de mis compatriotas estadounidenses.

Quizás sea porque mi esposa y yo estuvimos en un pequeño pueblo de Estados Unidos —Ashland, Oregon, para un festival de teatro— el 4 de Julio. El desfile anual del Día de la Independencia en Ashland fue una celebración alentadora que incluyó banderas estadounidenses y paletas heladas gratuitas, un sobrevuelo militar y participantes del desfile que pedían atención médica universal y daban la bienvenida a los inmigrantes. Lejos de la toxicidad de Washington D.C., capturó todas las contradicciones y la belleza de nuestro país.

Mi muy cauteloso optimismo sobre las perspectivas de largo plazo de Estados Unidos se basa en tres factores:

Primero, parece que hemos mantenido una ventaja (en parte gracias a la importación de científicos) en tecnología, la cual, desde los albores de la Revolución Industrial, ha sido un motor de progreso y de liderazgo global. Antes fue la máquina de vapor y la hiladora Jenny (spinning jenny). Ahora es la inteligencia artificial, la ciencia de materiales y la biotecnología. Y nuestra sofisticación tecnológica se combina bien con los mercados financieros más profundos del mundo, con las acciones estadounidenses representando aproximadamente dos terceras partes del valor bursátil mundial, en comparación con menos del 30% en 1988.

Segundo, otras naciones tienen sus propios problemas. Nuestro principal competidor por ahora es China, que cuenta con enormes fortalezas, pero también envejece rápidamente, ve disminuir su población y está encabezada por un dictador de edad avanzada.

Tercero, las profecías sobre el declive de Estados Unidos no son nada nuevo. “Mis esperanzas sobre la continuidad duradera de esta Unión se han extinguido”, escribió John Quincy Adams en 1834, durante una crisis en Carolina del Sur. En las décadas de 1980 y 1990, cuando yo era corresponsal extranjero en Asia, se hablaba de “Japón como el número uno”, y en la década de 2000 los expertos debatían en qué año la economía de China superaría a la de Estados Unidos. Ahora algunos creen que eso quizás nunca ocurra. Y Estados Unidos no ha experimentado el colapso del crecimiento poblacional que sí han sufrido muchos otros países industrializados. Nuestra población más joven, en parte gracias a la inmigración, nos confiere vitalidad y vigor.

Así que no creo que nuestro declive sea inevitable. Pero mucho dependerá de si tenemos la sabiduría para regresar a nuestra estrategia probada de invertir en capital humano, dar la bienvenida a los inmigrantes y adoptar los mercados libres, sobre un trasfondo de cierta igualdad.

Adelante, hacia los 500.

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