Mariano Rajoy, expresidente del Gobierno de España, publicó recientemente un artículo sobre la semifinal del Mundial entre Francia y España. Lo que parecía un comentario futbolístico inocuo terminó revelando una vieja pulsión: la obsesión por la pureza nacional. Rajoy insinuó que la selección francesa no es “genuinamente francesa” porque está compuesta por jugadores negros y magrebíes. Una idea tan vieja como peligrosa: la nación como finca privada, la identidad como herencia biológica, la ciudadanía como privilegio reservado a quienes cumplen un canon racial imaginario.
La ironía es evidente. ¿Es vasco Nico Williams? ¿Es catalán Lamine Yamal? ¿Es Oyarzábal “genuinamente español”? ¿Qué significa ser español, francés, alemán o marroquí en un mundo donde todas las culturas son el resultado de miles de años de migraciones, mezclas, conquistas, exilios y mestizajes? La respuesta es sencilla: significa lo que cada sociedad decide que signifique, y esa decisión siempre es política, nunca biológica.
Rajoy no inventa nada. Solo reproduce, quizá sin darse cuenta, un patrón universal del pensamiento reaccionario: la fantasía de la pureza. Una fantasía que, cuando se institucionaliza, se llama fascismo.
La lógica binaria del fascismo
El fascismo —en sus versiones clásicas y en sus mutaciones contemporáneas— se alimenta de dicotomías simples. Su estructura mental es digital: 0/1, dentro/fuera, puro/sucio, nosotros/ellos. No admite matices, no tolera la complejidad, no soporta la ambigüedad. Es un sistema de pensamiento diseñado para eliminar la diversidad y justificar la violencia.
Karl Marx escribió:
“La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases.”
Donald Trump, en cambio, sintetiza la lógica binaria del populismo reaccionario:
“Hay gente muy buena y gente muy mala.”
La distancia entre ambos es la distancia entre el análisis estructural y la caricatura moral. El fascismo siempre elige la caricatura.
La foto fija contra el movimiento
La humanidad es movimiento: migraciones, mezclas, conflictos, adaptaciones. Desde la sabana africana hasta las megalópolis actuales, somos el resultado de un viaje interminable. Pero el fascismo necesita fotos fijas. Necesita congelar la realidad para poder clasificarla, jerarquizarla y, llegado el caso, destruirla.
Hitler proclamó:
“La pureza racial es la base de la nación.”
Simone de Beauvoir respondió décadas después:
“No se nace mujer: se llega a serlo.”
La frase de Beauvoir desmonta la esencia del fascismo: nada es fijo, todo es construcción social. La identidad no es un destino, es un proceso.
El mito de las fronteras: externas para excluir, internas para dominar
Cuando un grupo humano dijo “aquí nos quedamos”, inventó dos cosas: el espacio y el tiempo. El espacio se llenó de fronteras imaginarias para defenderse del “peligro exterior”. El tiempo se llenó de mitos fundacionales para justificar jerarquías internas.
Hannah Arendt, que estudió el totalitarismo como pocos, advirtió:
“El origen del totalitarismo es la incapacidad de convivir con la diferencia.”
Isabel Díaz Ayuso, en cambio, afirma:
“La libertad consiste en poder elegir lo que uno quiera.”
Pero esa “libertad” ayusiana suele ser una libertad para unos pocos, construida sobre la exclusión de otros. La frontera interna entre “gente de bien” y “enemigos de la libertad” es tan artificial como peligrosa.
Cuando la desigualdad se disfraza de identidad
Todas las diferencias entre seres humanos —raciales, culturales y religiosas— son construcciones políticas que ocultan intereses económicos. Las élites necesitan justificar su poder y, para ello, fabrican mitos culturales, relatos épicos e identidades exclusivas.
Rosa Luxemburgo escribió:
“La libertad es siempre la libertad del que piensa diferente.”
Giorgia Meloni, en cambio, proclama:
“Defender nuestra identidad es defender nuestra libertad.”
La diferencia es abismal: Luxemburgo defiende la pluralidad; Meloni defiende la homogeneidad. Una protege la democracia; la otra la reduce a un club privado.
La religión católica, por ejemplo, ha sido la empresa de marketing más exitosa de la historia. Lleva dos milenios vendiendo un relato de salvación que justifica jerarquías, obediencias y privilegios. No es casualidad que el fascismo haya encontrado siempre aliados en los altares.
Sarah Watling, historiadora, recuerda:
“El fascismo prospera cuando la gente deja de pensar críticamente.”
Juan Pablo II, por su parte, decía:
“La fe es la luz que guía a los pueblos.”
La tensión entre crítica y fe es una de las grietas por donde el fascismo se cuela.
Fútbol, patria y obediencia
El Mundial es la guerra cultural por otros medios. No admite equidistantes, apáticos ni críticos. O vas con tu selección o eres un traidor. El fútbol, por su capacidad interclasista, es un vector perfecto para difundir mitos nacionales.
Clara Zetkin, pionera del antifascismo, escribió:
“El fascismo es la expresión concentrada de la crisis del capitalismo.”
Marine Le Pen replica desde el otro extremo:
“La nación es la única protección frente al caos global.”
El fascismo emocional funciona así: convierte la frustración social en fervor patriótico, y el fervor patriótico en obediencia.
La violencia como método: cuando la pureza exige sangre
El fascismo clásico —Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet y Videla—, el totalitarismo estalinista o el genocidio sionista en Palestina (según organizaciones de derechos humanos como Human Rights Watch y Amnistía Internacional, que han documentado graves violaciones) comparten una premisa: la violencia es necesaria para restaurar la pureza. Sin violencia no hay mito. Sin enemigo no hay identidad.
Groucho Marx ironizaba:
“Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros.”
Augusto Pinochet, dictador responsable de graves violaciones de los derechos humanos, decía:
“La democracia es compatible con el orden.”
La frase de Pinochet revela la esencia del fascismo: el orden por encima de la vida.
El fascismo cotidiano: el virus que se cuela por las rendijas
El fascismo no aparece de golpe. Se filtra en la sobremesa del domingo, en la homilía del cura, en el chiste racista del cuñado, en el hooligan que grita “no son franceses”, en el político que habla de “gente de bien”, en el periodista que dice “no es xenofobia, es sentido común”.
Es un virus que se transmite por contacto emocional, por miedo, por frustración y por ignorancia. Y, como todo virus, necesita un entorno propicio: desigualdad, precariedad e incertidumbre.
Rajoy o cuando la moderación se vuelve peligrosa
El artículo de Rajoy demuestra que incluso personas consideradas moderadas pueden reproducir prejuicios letales. No hace falta gritar consignas neonazis para alimentar el fascismo. Basta con sugerir que algunos ciudadanos no son “auténticos”. Basta con insinuar que la nación es un club exclusivo. Basta con olvidar que la identidad es siempre mestiza.
El fútbol, por su capacidad de movilización emocional, es un campo de batalla perfecto para estas ideas. Y cuando un expresidente las legitima, el riesgo se multiplica.
Pensar entre el 0 y el 1
El fascismo es la negación de la complejidad humana. Es la reducción del mundo a un binomio infantil. Es la incapacidad de ver las infinitas posibilidades entre el 0 y el 1. Es la renuncia a la historia, a la mezcla y al conflicto creativo que define a nuestra especie.
Combatirlo exige inteligencia, paciencia y una defensa radical de la diversidad. Exige desmontar mitos, cuestionar relatos y resistir la tentación de la simplicidad. Exige recordar que la humanidad es un continuo, no una frontera.
Y exige, sobre todo, no dejar pasar ni una sola frase que pretenda dividirnos entre “auténticos” e “impostores”. Porque ahí empieza la pendiente resbaladiza. Y sabemos demasiado bien dónde termina. @mundiario