
El comienzo de la vida laboral puede generar incertidumbre al representar un cambio en la etapa de vida. Si a eso le añadimos la realidad de ser trabajador/a en México, el reto se vuelve aún más complicado y desgastante. El desempleo, la subcontratación y la falta de seguridad social son algunos de los aspectos a los cuales la población joven que se incorpora al mercado laboral se enfrenta.
En el panorama global, México es el último de los países de la OCDE en cuanto a balance entre vida personal y trabajo; tiene los salarios más bajos, las jornadas laborales más extensas y una de las menores tasas de empleo para jóvenes (OCDE, 2021, 2023).
En cuanto a la salud mental, algunos estudios han identificado que la duración de las jornadas, el tipo de trabajo y la satisfacción con el mismo se relacionan con síntomas depresivos, estrés laboral y consumo de alcohol (Baek et al., 2023; Hong et al., 2022), con el sexo y el nivel socioeconómico como factores relevantes (Islam et al., 2022).
En el ámbito clínico he podido observarlo en consultantes jóvenes, que refieren desesperanza, ansiedad e inseguridad ante este panorama, llegando a culparse por las condiciones materiales que les impiden visualizar un futuro estable. Esto muestra cómo las narrativas dominantes presentan estos problemas estructurales como un fallo personal.
En mi trayectoria laboral he enfrentado estos retos viviendo el desempleo y la precariedad laboral de primera mano, lo cual ha reforzado mi convicción de visibilizar cómo los aspectos contextuales impactan de manera directa en la salud mental.
Analizándolo, resulta claro que el trabajo precario, la incertidumbre laboral y los pocos momentos de descanso y ocio son parte de la realidad de un entorno estructuralmente desfavorecido. Hablar del acceso a la salud mental y al trabajo digno para una mejor calidad de vida implica reconocer la importancia de la justicia social como un eje en el ámbito académico y la práctica clínica. No hay salud mental sin justicia social.