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Radar Inteligente
El Financiero 16 Jul, 2026 01:52

Una propuesta atrevida

Cuando yo era niño, lo mejor de haber sido emprendedor fue que tenía mi propio dinero. Si mis papás no querían comprarme algo, no me afectaba porque el premio a mi esfuerzo es que tenía la libertad de decidir. Un día me compré quince bolsitas de papas sólo para sacarles los tazos. Seguro me enfermé del estómago, aunque de eso no me acuerdo; lo que sí recuerdo es lo feliz que fui al llegar al día siguiente a la escuela con mi nueva colección de Dragon Ball.

Al sentarme a escribir esta columna (continuación de la antepasada donde hablé de las propuestas que tenemos los empresarios), recordé eso, porque desde niño experimenté el poder de los incentivos. Me motivaba mucho más la gratificación de ganar que el miedo al dolor. El miedo es poderoso, pero el amor y el deseo de sentir bonito lo son todavía más.

Por eso quiero reconocer algo positivo en la administración de Clara Brugada: habla del amor y del derecho de todos los chilangos a ser felices. Todos podemos elegir señalar, acusar y recriminar al gobierno… o tomarle la palabra y hacer propuestas atrevidas y ambiciosas, tal como el amor mismo.

Hay algo que a los empresarios de la capital (y del país), especialmente a los pequeños, nos lastima profundamente: cuando un inspector nos visita para anunciar una clausura o una multa. A veces tienen razón, porque hubo negligencia o desconocimiento. Pero muchas otras bastan un trámite mal capturado o una falla del sistema para que llegue el castigo. En cualquiera de los casos, todos perdemos. El gobierno deja de recaudar, los trabajadores pierden su empleo y el empresario pierde todo.

Cuando un negocio cierra, lo más probable es que no vuelva a abrir. Ahí están los 1,209 patrones formales que han desaparecido este año, junto con más de cien mil empleos. Detrás de esas cifras hay historias de deuda, frustración y proyectos que no volvieron a levantarse. Muchos terminan en la informalidad; otros aceptan cualquier empleo para sobrevivir.

Una de las principales causas de esta realidad es el modelo de inspección del INVEA. Cuando una suspensión o una clausura significan la quiebra, el miedo se convierte en terreno fértil para la corrupción y la extorsión. El Premio Nobel Douglass North lo dijo claro: “las instituciones son quienes deciden las reglas del juego de una sociedad”. Las reglas hacen mucho más que ordenar la convivencia: crean incentivos, los cuales moldean el comportamiento de las personas. Si una institución recompensa el cumplimiento, formará ciudadanos comprometidos con la legalidad. Si sólo aparece para castigar, terminará enseñando a esconderse o a buscar cómo evitar la sanción. Las instituciones no sólo hacen cumplir la ley; también enseñan cómo relacionarnos con ella.

La pregunta de fondo va más allá de un solo organismo del gobierno y es: ¿En qué tipo de sociedad queremos vivir? Fue un gran paso unificar las inspecciones en 2010, pero el modelo quedó incompleto porque fue diseñado para castigar y no para cumplir.

Propongo cambiar esa lógica. Iniciemos con el INVEA para que sea una institución preventiva, que acompañe, oriente y otorgue la oportunidad de corregir antes de sancionar, porque una clausura muchas veces significa la quiebra, y si ocurre una quiebra ya no habrá nadie que pueda cumplir con la ley.

Comencemos a hablar de algo más grande, sobre una sociedad donde el amor no sea la excepción. Comencemos con el INVEA para que los empresarios de la capital recordemos a un gobierno que nos ayudó a cumplir, profesionalizarnos y crecer. La mejor manera de hacer cumplir la ley no es sembrando miedo, sino construyendo confianza. Sirvamos de ejemplo para México.

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