La esencia del deporte profesional contemporáneo —y, en especial, del fútbol— puede resumirse en una frase que haría sonreír con amargura a Elías Canetti: competir hasta la muerte. No literalmente, claro, aunque a veces la intensidad con la que se vive cada partido parece exigir certificados médicos al final del encuentro. La metáfora es transparente: el deporte ya no es un juego, sino un espejo de la vida social globalizada, donde solo hay espacio para ganadores y perdedores, y donde la derrota es una forma menor de muerte civil.
Durante décadas nos contaron que el deporte era una fiesta, un espacio de encuentro, una excusa para socializar y divertirse. Eduardo Galeano lo resumió con su habitual lucidez: «El fútbol es la única religión que no tiene ateos». Pero hoy esa religión exige sacrificios cada fin de semana. No jugamos por jugar; jugamos para sobrevivir. La vida se ha convertido en una competición sin límites, una carrera perpetua donde solo uno cruza la meta con los brazos en alto. El resto, la inmensa mayoría, somos perdedores profesionales.
Y los perdedores, como buenos creyentes, salen del estadio con el ego maltrecho y la autoestima por los suelos. Pero no pueden rendirse: hay que seguir compitiendo, buscar la revancha, demostrar que la derrota fue solo un accidente cósmico. La rueda gira y nadie quiere quedarse debajo.
La dramaturgia de la derrota
Uno de los aspectos más fascinantes —y patológicos— de esta competición a vida o muerte es la necesidad de justificar la derrota. El árbitro tuvo un mal día, la suerte se escondió, el rival jugó sucio, el césped estaba demasiado seco, el balón demasiado redondo. Las excusas son infinitas y forman parte del ritual. Como escribió Juan Villoro, «El fútbol es la única actividad en la que el fracaso se explica con tanta creatividad».
Pero lo más delirante llega cuando los jugadores del equipo perdedor —todos millonarios, todos ídolos, todos con más seguidores que un influencer borracho de sí mismo— piden perdón a sus aficionados. Perdón por haber fallado, por haber traicionado la fe de los hooligans, por haber cometido un delito de lesa humanidad: perder. La presión es tan descomunal que la derrota se vive como una falta moral. Para redimirse, los jugadores deben inclinar la cabeza y ofrecer disculpas públicas, como si hubieran cometido un sacrilegio en la liturgia de la guerra deportiva.
Cuando el deporte era un juego
Hubo un tiempo —lo juro, existió— en que el deporte era un espacio de interacción social. Se jugaba para divertirse, para conocer el barrio de al lado, para estrechar lazos con otras ciudades, otras culturas, otros países. Después del partido venían las risas, la camaradería, las bromas, el abrazo fraternal. El resultado se olvidaba con la misma rapidez con la que se apagaba el sol.
Pier Paolo Pasolini veía en el fútbol una forma de poesía colectiva. Hoy esa poesía ha sido sustituida por un manual de contabilidad emocional. Todo es competición, espectáculo y mercancía. Solo vale el triunfo; incluso el subcampeón es un perdedor con medalla. La épica ha sido reemplazada por la estadística y la alegría por la obligación.
La ideología del triunfo permanente
La ideología de las sociedades occidentales capitalistas se inocula con suavidad, como una droga de diseño, a través de múltiples vías: cine, televisión, internet, publicidad, marketing y, por supuesto, los deportes de élite. Manuel Vázquez Montalbán lo advirtió hace décadas: el fútbol es el gran teatro de la identidad contemporánea, un espacio donde se representan las tensiones políticas, sociales y económicas de la vida real.
Cada batalla deportiva es una puesta en escena de la realidad cotidiana. Entra en la mente de forma subliminal, sin resistencia. Sirve para canalizar tensiones políticas y sociales latentes. Vociferar en un estadio elimina pulsiones de rebeldía, aunque a veces la violencia soterrada estalla de modo altamente peligroso. El estadio es un laboratorio emocional donde se experimenta con la masa, con sus miedos, con sus deseos, con su necesidad de pertenencia.
Sucedáneos de guerra
Los enfrentamientos entre equipos y países son sucedáneos de guerras auténticas, escaramuzas sociales camufladas en vítores pasionales. Albert Camus, que fue portero antes que filósofo, decía que todo lo que sabía de moral lo había aprendido en el fútbol. Hoy aprendería más sobre geopolítica que sobre ética.
El partido es una batalla ritualizada. Después del pitido final, la gente, exhausta, celebra la victoria en éxtasis colectivo o se marcha cabizbaja, esperando una nueva pelea. Hemos gritado a pleno pulmón, hemos formado parte de un «nosotros», hemos sido alguien escondidos en el sentir colectivo de la masa. Y luego regresamos a la soledad de la precariedad íntima. Vuelta a empezar.
La rueda infinita
La competición nunca acaba: Liga, Champions, Eurocopa, Fórmula 1, Copa Davis, Wimbledon, Roland Garros, Tour, Giro… La rueda competitiva es interminable. Por un momento hemos sido felices y nos hemos olvidado de nuestras penas. Pero la felicidad dura lo que dura un marcador favorable.
David Foster Wallace escribió que el deporte es una forma de narrativa extrema, donde cada gesto se convierte en un símbolo. Y Joyce Carol Oates añadió que el boxeo —y, por extensión, cualquier deporte competitivo— es una metáfora brutal de la vida moderna: alguien siempre cae, alguien siempre gana, alguien siempre pierde.
El deporte profesional es la pedagogía del capitalismo emocional: competir, ganar, justificar la derrota, pedir perdón, volver a competir. Una rueda que gira sin descanso, una maquinaria que no admite pausas, un estadio que nunca se vacía. @mundiario