En un momento en el que la capacidad para generar conocimiento se ha convertido en uno de los principales factores de competitividad de los territorios, Galicia afronta una decisión que trasciende el ámbito universitario. El diseño del próximo Plan Galego de Financiamento Universitario 2028-2032 definirá, en buena medida, la capacidad de la comunidad para atraer talento, impulsar la innovación y afrontar con éxito los desafíos económicos y sociales de la próxima década.
La reciente constitución del grupo de trabajo entre la Xunta y las tres universidades públicas constituye una oportunidad para abrir un debate que va mucho más allá de una negociación presupuestaria. Lo que está en juego no es únicamente cómo financiar las universidades, sino qué papel queremos que desempeñen el conocimiento, la investigación y la formación superior en el modelo de desarrollo de Galicia.
El actual Plan 2022-2026 ha funcionado razonablemente bien. Ha aportado estabilidad, ha permitido planificar y ha incorporado incentivos ligados a resultados. Pero el contexto ya no es el mismo. El próximo plan no exige ruptura, sino una evolución inteligente que permita consolidar sus aciertos, corregir las debilidades detectadas e incorporar los instrumentos necesarios para afrontar con garantías los desafíos de la próxima década.
El nuevo modelo de financiación debe crear las condiciones para que las universidades contribuyan plenamente al desarrollo de Galicia. Ello exige reforzar los incentivos a la excelencia, ofrecer estabilidad para planificar a largo plazo, reconocer la diversidad de las tres universidades públicas y asumir que el Sistema Universitario de Galicia constituye una infraestructura estratégica para el desarrollo económico y social.
El Sistema Universitario de Galicia constituye la principal infraestructura científica y de conocimiento
La primera condición es que el modelo premie aquello que la sociedad necesita de sus universidades. Si aspiramos a una economía más innovadora y competitiva, resulta lógico que la financiación valore con mayor intensidad la investigación de excelencia, la transferencia de conocimiento, la innovación docente o la proyección internacional. No se trata de establecer jerarquías entre universidades, sino de orientar los incentivos hacia aquellas actividades que generan mayor valor para el conjunto de la sociedad. Cuando los incentivos están bien diseñados, elevan el rendimiento colectivo y favorecen una cultura de mejora permanente.
Pero un buen sistema de financiación no solo debe premiar la excelencia; también debe incentivar una gestión eficiente y responsable de los recursos públicos. La autonomía universitaria exige transparencia, rendición de cuentas y responsabilidad en la gestión.
Al mismo tiempo, la universidad necesidad estabilidad. Sus tiempos son muy distintos a los de la política. Formar talento, consolidar equipos de investigación o asegurar el relevo generacional exige decisiones sostenidas durante años. Sin estabilidad financiera y capacidad de planificación, las universidades difícilmente podrán preservar el principal activo estratégico de Galicia: su capital humano.
Ese mismo planteamiento obliga también a reconocer que la equidad no es sinónimo de uniformidad. Las tres universidades públicas comparten una misma misión de servicio público, pero la desarrollan desde realidades diferentes. Su tamaño, especialización, capacidad investigadora, configuración territorial, prestación de servicios o patrimonio hacen que sus necesidades no sean idénticas. Un sistema de financiación debe incorporar esa diversidad con criterios objetivos y transparentes, porque la igualdad no consiste en tratar igual situaciones distintas, sino en garantizar que cada universidad disponga de los recursos necesarios para cumplir su misión en las mejores condiciones.
El Sistema Universitario de Galicia constituye la principal infraestructura científica y de conocimiento de la comunidad. La mayor parte de la producción científica, de la captación de fondos competitivos, de la formación de personal investigador y de la transferencia de conocimiento hacia el tejido productivo se concentra en sus universidades públicas. En los últimos años, la Xunta ha reforzado las convocatorias competitivas de I+D+i, una apuesta que merece ser reconocida. Sin embargo, la excelencia científica no depende exclusivamente de los proyectos financiados. Descansa sobre una capacidad institucional construida durante décadas: laboratorios, infraestructuras científico-técnicas, servicios de apoyo, personal especializado y equipamientos cuyo mantenimiento resulta imprescindible para que la investigación pueda desarrollarse.
No basta con financiar los proyectos de investigación; también es necesario financiar las condiciones que permiten desarrollarlos
Por ello, uno de los retos del próximo modelo será reconocer adecuadamente esa capacidad institucional. Paradójicamente, cuanto mayor es el éxito de una universidad captando financiación competitiva, mayor es también la presión sobre las estructuras que sostienen esa actividad. No basta con financiar los proyectos de investigación; también es necesario financiar las condiciones que permiten desarrollarlos. Los costes indirectos no representan un gasto accesorio, sino una inversión necesaria para sostener la capacidad investigadora.
Existe, además, una función que apenas aparece en el debate público y que forma parte de la misión que la Ley Orgánica del Sistema Universitario atribuye a las universidades. Su artículo 21 les encomienda conservar, valorizar y abrir a la ciudadanía su patrimonio histórico, artístico y cultural. Las universidades custodian edificios históricos que forman parte de nuestro patrimonio colectivo y cuya conservación exige inversiones permanentes. Mantenerlos no responde únicamente a una necesidad universitaria; constituye una responsabilidad pública con nuestra historia, nuestra cultura y nuestra identidad.
Todo ello obliga a ampliar la mirada. Cuando debatimos sobre la financiación de las universidades no estamos discutiendo únicamente el presupuesto de tres instituciones públicas, sino cómo fortalecer la principal infraestructura de conocimiento de Galicia. Las universidades forman capital humano, generan conocimiento científico, impulsan la innovación, transfieren tecnología y preservan patrimonio cultural. Por eso, en un momento en el que la prosperidad de los territorios depende cada vez más del conocimiento que son capaces de generar, no podemos equivocarnos, la pregunta no es cuánto más hay que invertir en las universidades, sino cuánto puede costarle a Galicia no hacerlo bien. @mundiaro