- Se lo aprecio en todo cuanto significa General y me apena mucho tener que preguntarle ¿Y las monedas de oro?
- Le doy mi palabra General Miramón, que le he entregado a Usted la cartera tal cual fue puesta a mi disposición por el Dr. Licea.
- No diga más General, que mal haría yo en poner en tela de juicio la integridad de alguien como Usted, sin embargo, no pienso lo mismo de ese doctorcito cabrón...
Y el gesto del Macabeo dejó ver el profundo desprecio que sentía por aquel hombre que creía, lo había entregado a los republicanos apenas unos días atrás y del que ahora constataba también, que le había robado aquellas monedas de oro que traía consigo aquel día en que tuvo que atenderlede urgencia.
Y así fue como desde aquella primera noche en la que, ya siendo prisionero, en algún momento de sus cavilaciones, Miguel renegó en contra de aquel medicucho de pueblo que primero, lo había maltratado quirúrgicamente y segundo,estaba cierto que lo había delatado con los republicanos que apenas unas horas antes habían tomado la plaza, pues tan pronto escuchó la llegada de los soldados para aprehenderlo, el destello en la mirada de aquel doctor terminó por confirmar sus sospechas.
Miguel estaba seguro de que el galeno en cuestión habíasacado provecho de aquel momento y había cobrado por aquella terrible felonía, pues, así como a la primeraoportunidad sustrajo de su cartera aquellas monedas de oro que siempre llevaba consigo, estaba claro que el médico habría de aprovechar cualquier oportunidad para sacar provecho.
Aquella madrugada del 15 de mayo de 1867, Gregorio de la Luz había llegado al domicilio del galeno en la primeras horas del día, luego de haberse enterado de que gracias a latraición de alguno de los sitiados, en alguno de los puntos de la línea que mantenía el sitio, los republicanos habrían rotoel cerco y estaban ingresando a la ciudad, por lo que su primer empeño fue justamente el tratar de organizar una suerte de contrataque y al dirigirse rumbo al convento de La Cruz donde sabía que se alojaba Maximiliano, a mitad del camino, en las inmediaciones del templo de San Francisco, tuvo que enfrentar una escaramuza que salió a su encuentro y en esa refriega, salió gravemente herido por un impacto de bala en la cara que le hizo gran daño en la mejilla y rompió su mandíbula. En esa disputa, otra bala terminó volándoleuno de los dedos de su mano.
De entrada, el hecho de que Atenógenes hubiera acudido con el doctor Vicente Licea planteaba todo un tema, pues al tratarse de un ginecólogo, no lo hacía el profesionista más idóneo para atender la dolencia de Miguel, sin embargo, lasurgentes circunstancias médicas de Gregorio con aquella herida que le provocaron los republicanos en ese tempranero encontronazo, hizo necesaria la atención quirúrgica de emergencia y de ahí en adelante, alrededor del médico, comenzó a tejerse un escándalo que se originó a partir de unlamentable ejercicio profesional, para, seguidamente, continuar con uno de lucro y profanación, lo que llevaría al terapeuta a vivir un tormentoso proceso penal en los años por venir.
Pero siendo como era, un caballero desde sus años mozos, Atenógenes no se dolía del tratamiento brindado por el galeno, sino del hecho de haber urdido su entrega cuando se encontraba convaleciendo en la casa del propio Licea, particularmente porque por la mente del Macabeo nunca pasó la idea de evadirse, al final, fue esta circunstancia laque definió que nuestro hombre no hubiera sido detenido desde los primeros momentos junto con Mejía y Maximiliano y por ello tampoco estuvo con ellos en las prisiones de La Cruz y Teresitas.
Según refiere el queretano Bernabé Loyola que cuando el jueves 23 de mayo de 1867 el general en jefe dispuso que los prisioneros de Teresitas pasaran al edificio de Capuchinas, “El brazo armado de la divina providencia” ya estaba en este lugar, pues de la casa de Licea había sido trasladadoprimeramente a la cárcel general situada en la casona de La Corregidora y posteriormente a este nuevo punto en el convento de Capuchinas, afirmando este liberal queretano que cuando Maximiliano y Miramón volvieron a encontrarse, se abrazaron cordial y efusivamente, reconociendo el austríaco ya desde esos momentos, la bizarría de este general mexicano.
Desde luego que los aparentes excesos de este galeno no fueron cometidos únicamente contra el joven Macabeo, pues poco tiempo después, Agnes Leclerc, mejor conocida como la princesa Inés de Salm Salm habría de acusarloformalmente por la vía penal ante el gobierno juarista por supuestamente haber traficado con los órganos y vísceras, particularmente con las de Maximiliano (entre las mujeres de la sociedad queretana era bien conocida la venta que éste médico había hecho de pequeños trozos de la barba, cabello y de pañuelos empapados en la sangre del caído emperador) y a la par, en ese proceso, también se defendió Licea de la acusación de aquella sospecha de haber robado las monedas de oro que Miramón traía en su cartera aquella mañana en que fue herido.
Por lo demás, Vicente Licea también trató de defenderse de la sospecha de haber entregado al “Séptimo Niño Héroe” a sus captores republicanos, pues según dijo en su defensa,que el mismo oficial que hirió a Miramón frente al Templo de San Francisco siguió al Macabeo hasta la casa del médico y que desde ese momento los republicanos habían montado guardia afuera del inmueble. Sin embargo, una de las dudas más severas de las que también tuvo que defenderse el galeno, fue justamente de no haberle robado a Miramon aquellas monedas de oro en la mañana de su detención, sino que dijo, había entregado la cartera y las monedas áureas al mismísimo general Escobedo, por eso cuando Escobedo tuvo que atender la inquietud del Macabeo al preguntar por aquellas monedas, el general norteño señaló que él no había recibido más que la cartera con aquellas pertenecías que estaba entregando al indómito general conservador, sin monedas de ninguna especie.
Desde luego que no cabe siquiera la posibilidad de poner en duda la integridad de alguien como Mariano Escobedo, pues en su favor jugaba ya desde entonces, un extraordinario prestigio del que gozaba incluso mucho antes de esta penosa circunstancia, de forma que, con un gesto de desprecio, el propio prisionero vino a confirmar una más de las fechorías de ese médico de quien se apenaba por haber tenido tratos con él, así hubiera sido por la urgente necesidad de aquelmomento.
De todos estos señalamientos tuvo que defenderse este galeno, cuya defensa legal estuvo a cargo del exitoso abogado Manuel Romero Rubio, quien a la postre se convertiría en el suegro de Porfirio Díaz, ya en su etapa como presidente, cuando el oaxaqueño tomó como segunda esposa a Carmelita Romero Rubio, hija justamente del señalado abogado.
Mientras que el juicio sumario contra los vencidos imperialistas siguió su curso, durante las semanas que estuvo preso y hasta el día de su ejecución, la salud de Miramón requirió cuidados extremos debido a la gravedad de sus heridas, dado que el balazo recibido durante el contraataque le había destrozado parte de la mejilla y la mandíbula, además de perder un dedo de la mano, por lo que no podía hablar con facilidad ni tampoco ingerir alimentos con normalidad y durante los treinta y cuatro días en los que permaneció como prisionero, recibió atención médica en su celda del Convento de Capuchinas, en donde fue atendido de forma constante por otros cirujanos locales y por Samuel Basch, el médico personal de Maximiliano.
Hay que decirlo, la prioridad médica en aquel momento, no era salvar a Miramón a largo plazo, sino tan solo mantenerloestable y con las heridas limpias para que pudiera estar plenamente consciente durante el Consejo de Guerra que se estaba llevando a cabo en el Teatro Iturbide y de esa forma estuviera en condiciones de recibir la sentencia de una pena de muerte que de antemano todos sabían que se sobrevendría, pues tras la caída del sitio, lo único seguro para los principales personajes del imperio derrotado y ahora prisioneros, era la pena capital, algo con lo que Miramón contaba y afrontó en todo momento con una entereza que asombraba a propios y extraños..
Sin embargo, aquellos ciento cuatro días en los que Miguel Miramón y Maximiliano de Habsburgo convivieron en nuestra ciudad, setenta de ellos sitiados y treinta y cuatro como prisioneros, fueron el corolario de una relación compleja y distante al inicio, pero trágicamente leal al final,que pasó de la desconfianza política a una unión absoluta en el campo de batalla de Querétaro y al final de aquellos días, fue que Maximiliano realmente tuvo la ocasión de conocer la estatura de aquel militar mexicano, circunstancia que llevó alaustríaco a cambiar de opinión y a reconocer no solo la gallardía y valentía del general mexicano, sino también suenorme capacidad militar, devolviéndolo durante los últimos días del imperio a su lugar en primerísima línea, al punto de haberle cedido el honor de estar al centro al momento en que juntos debieron de enfrentar a la muerte.
Bizarro como pocos, valiente y arrojado, honorable y un mexicano apasionado por encontrar lo mejor para su país, Miguel Gregorio de la Luz Atenógenes Miramón y Tarelomerece ser recordado como uno de los grandes militares que ha tenido México.