Durante décadas, el reguetón ha construido himnos reconocibles a partir de voces que muchas veces quedaron en segundo plano. Frases breves, gritos, susurros o estribillos que se convierten en parte de la memoria colectiva, pero cuyos intérpretes no siempre reciben el reconocimiento ni el control sobre su propio trabajo. Ahora, esa zona gris de la industria musical ha llegado hasta uno de los artistas más grandes del mundo: Bad Bunny. Dos demandas en Puerto Rico han puesto sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿quién posee una voz cuando esa voz se convierte en un símbolo comercial?
El caso más reciente tiene como protagonista a Tainaly Serrano Rivera, la mujer detrás de la frase que millones de seguidores han escuchado en la canción EoO, incluida en el álbum DeBÍ TiRAR MáS FOToS (2024). Durante la gira europea del artista, miles de personas esperaban cada noche el momento en el que la música se detenía y una voz fragmentada repetía “Pe... Pe... Pe...” hasta revelar una palabra convertida en declaración de intenciones: “perreo”. Después llegaba la frase completa: “Mira, puñeta, no me quiten el perreo”. Ese fragmento, aparentemente anecdótico, es ahora el centro de una reclamación millonaria.
Serrano Rivera sostiene que su voz fue utilizada en dos canciones de Bad Bunny sin un acuerdo que autorizara ese uso. La demanda, presentada en enero ante un tribunal de Puerto Rico, reclama 16 millones de dólares (unos 14 millones de euros) al cantante, cuyo nombre real es Benito Antonio Ocasio Martínez. Según su versión, la grabación apareció en Solo de mí (2018) y posteriormente en EoO, además de formar parte de conciertos, promociones, plataformas digitales y otros canales vinculados a la explotación comercial de la música.
Pero el conflicto no es únicamente económico. En el fondo se encuentra una discusión sobre el papel de las mujeres que han contribuido a construir la identidad sonora del reguetón y que, en muchas ocasiones, han quedado fuera del foco cuando esas voces se convierten en elementos reconocibles de grandes éxitos.
Las voces que hicieron historia sin aparecer en la portada
La demanda de Serrano Rivera no es un episodio aislado. Bad Bunny también afronta una batalla legal con su expareja Carliz de la Cruz por una grabación en la que ella dice “Bad Bunny, baby”, una frase que acompañó los primeros pasos del artista y que apareció en canciones como Diles. De la Cruz reclama 40 millones de dólares (aproximadamente 35 millones de euros) por el uso posterior de esa grabación sin autorización, incluyendo su aparición en temas como Dos mil 16.
La defensa del artista argumenta que una voz dentro de una canción no equivale necesariamente al uso de la imagen personal de alguien. Sin embargo, el Tribunal Supremo de Puerto Rico permitió que la reclamación continuara al considerar que una grabación vocal puede tener protección legal. La resolución no determina que Bad Bunny haya actuado de forma incorrecta, pero sí reconoce que existe una cuestión jurídica que debe analizarse.
El debate afecta especialmente a una figura histórica dentro del género: las llamadas “vocales”. Son mujeres que durante años grabaron pequeñas intervenciones, frases, exclamaciones o melodías que aportaban personalidad a las canciones. Muchas de ellas no aparecían en los videoclips ni ocupaban los primeros puestos de las listas, pero sus voces se convertían en parte esencial del sonido del reguetón.
De “Gasolina” a una nueva generación que exige reconocimiento
Glory, nombre artístico de Glorimar Montalvo Castro, conoce bien esa realidad. Su voz quedó inmortalizada en algunos de los grandes éxitos del género junto a artistas como Daddy Yankee, Don Omar o Héctor y Tito. Es ella quien pronuncia frases tan recordadas como “dame más gasolina” en Gasolina, uno de los temas que llevó el reguetón a una audiencia global.
A diferencia de otras intérpretes, Glory decidió proteger su trabajo desde el principio y acostumbró a firmar acuerdos antes de grabar. Su experiencia refleja una transformación dentro de la industria: mientras en los primeros años del reguetón predominaba la confianza personal y los acuerdos informales, el crecimiento económico del género convirtió cada detalle vocal en un activo con valor comercial.
La cuestión central no es solo cuánto dinero puede generar una frase de pocos segundos, sino quién tiene derecho a decidir sobre ella. Una voz puede convertirse en una marca, en un reclamo publicitario y en un elemento inseparable de una canción. Para los abogados de Serrano Rivera y De la Cruz, el problema está en que muchas artistas aceptaron participar en grabaciones sin conocer durante cuánto tiempo ni en qué contextos podría utilizarse su voz.
Un cambio de reglas para la industria musical
Las demandas contra Bad Bunny han abierto una conversación que va más allá del reguetón. En una industria donde los artistas emergentes suelen enfrentarse a grandes discográficas y productores con más recursos, la falta de asesoramiento legal puede provocar que pequeños detalles tengan enormes consecuencias años después.
La abogada Joanna Bocanegra Ocasio insiste en que un consentimiento puntual no implica necesariamente una cesión permanente. Es decir, permitir una grabación en un momento concreto no significa aceptar automáticamente que esa voz pueda utilizarse durante décadas en canciones, giras o campañas comerciales.
El caso también revela una cuestión de género dentro de la música urbana. Las mujeres que participaron en la construcción del reguetón fueron durante mucho tiempo consideradas elementos complementarios dentro de un movimiento liderado principalmente por hombres. Sus voces estaban presentes, pero sus nombres no siempre aparecían asociados al éxito. @mundiario