La campaña electoral de Hungría se ha convertido en un enfrentamiento crucial sobre lealtad, soberanía y Rusia, tras informes que alegan que el ministro de Asuntos Exteriores, Péter Szijjártó, compartió en diversas ocasiones detalles de reuniones confidenciales de la UE en Bruselas con el canciller ruso, Serguéi Lavrov.
Budapest ha rechazado las acusaciones calificándolas de «noticias falsas» y «teorías conspirativas sin sentido», pero las repercusiones han sido inmediatas: la Comisión Europea ha solicitado aclaraciones, Alemania ha calificado las acusaciones de «muy graves» y los diplomáticos afirman que la desconfianza hacia el gobierno de Viktor Orbán ya había llevado a los aliados a celebrar conversaciones más delicadas en círculos más reducidos, sin la participación de Hungría.
El momento no podría ser peor para Orbán. Tras 16 años en el poder, se enfrenta al desafío más duro de su mandato por parte de Péter Magyar, el antiguo miembro de Fidesz cuyo partido, Tisza, ha liderado la mayoría de las encuestas previas a las elecciones del 12 de abril. Magyar ha calificado los supuestos contactos con Moscú como una traición tanto a Hungría como a Europa, mientras que el primer ministro polaco, Donald Tusk, afirmó que las sospechas de larga data sobre la conducta de Budapest no eran ninguna sorpresa.
El escándalo estalló justo después de que Orbán enfureciera a los líderes de la UE al bloquear la implementación de un paquete de préstamos de 90 mil millones de euros para Ucrania, pese a haber respaldado previamente la medida. Su veto quedó condicionado a la falta de reparación del oleoducto Druzhba (Amistad) por parte de Kyiv, que transporta petróleo ruso a Hungría y Eslovaquia a través de Ucrania y resultó dañado tras ataques rusos, lo que desató acusaciones de «chantaje» y «deslealtad» por parte de sus homólogos europeos.
Orbán ha incorporado esta disputa a su discurso de campaña, presentando a Bruselas y Kyiv como fuerzas externas que amenazan los intereses húngaros. Los mensajes antiucranianos, las advertencias sobre injerencia extranjera y la investigación sobre las supuestas escuchas telefónicas a Szijjártó han intensificado la sensación de asedio. Al mismo tiempo, la derecha nacionalista
europea se ha volcado en Budapest, con Marine Le Pen, Geert Wilders y otros elogiando a Orbán como símbolo de resistencia al establishment de la UE, mientras que Donald Trump volvió a respaldarlo públicamente mediante un video el sábado pasado.