Pudiera parecer que los movimientos histriónicos y perturbadores de Donald Trump en el escenario internacional son la prueba del poderío de un Imperio, cuando realmente es lo contrario. Son muestras indiscutibles de un declive, del imparable declive como imperio de los Estados Unidos, que se empezó a conformar hace ya algunas décadas pero que si queremos concretarlas coincidirían con la guerra en Vietnam y la consiguiente derrota militar y política de los Estados Unidos (1975). Una pérdida de liderazgo que coincide con el imparable auge de China y su irrupción con enorme potencia en la economía-mundo capitalista. Entre las muestras de este declive imperial podríamos también incluir el propio de la OTAN como alianza militar de un orden internacional, marcado por una “guerra fría”, que ya no tiene razón de ser.
Fenómenos ambos que son complementarios, pues como nos enseña la historia de la economía-mundo capitalista, la perdida de hegemonía de un país (Holanda, Gran Bretaña, Estados Unidos) se acompaña con el ascenso de otro (Gran Bretaña, Estados Unidos, China) que lo sustituye y que rompe los marcos económicos, políticos, y militares anteriores, pero sin salirse del capitalismo. Un reemplazo que ni es rápido ni sencillo, pues lleva décadas y arrastra conflictos bélicos extraordinarios (como fueron la I y la II guerra mundial, la guerra de Vietnam y podíamos incluir los últimos conflictos bélicos en Oriente Medio en los que los Estados Unidos no se puede decir que salieran victoriosos).
¿Cuáles son las manifestaciones más visibles de este declive? Para encontrarlas basta con recordar cómo Estados Unidos construyó su Imperio y cuáles fueron sus bazas imperiales para entonces ver cómo es la actualidad de las mismas. Una de sus bazas más importantes fue el disponer de un enorme poderío militar facilitado por la posición vencedora en la II guerra mundial y la posesión de la bomba atómica. Un poderío militar que ya no es quién de imponer unilateralmente los intereses del Imperio por encima de los del resto. Lo estamos viendo ahora con la guerra en Irán -una guerra no ganada, realmente perdida- como antes lo vimos en Afganistán, Irak, Libia...etc., y que, tal como señalaba antes, seguramente tuvo su toque de trompeta en los años setenta con el final de la guerra en Vietnam que marcó el inicio del declive militar.
Para terminar con este apartado, señalar la aparición de un nuevo problema que las guerras en Irán y Ucrania están poniendo en evidencia: el enorme gasto que actualmente suponen las nuevas armas -más sofisticadas- y su mayor dificultad de fabricación -se precisan años para reponerlas- tal que incluso hay voces que ya hablan de un agotamiento del actual arsenal estadounidense que, por otra parte, tiene un coste prohibitivo y que, por si ello no fuera suficiente, cada vez más se destina no a incrementar la capacidad de combate sino a la especulación, a asegurar la rentabilidad para los accionistas de las empresas de armamento.
Un declive de la capacidad militar que viene acompañado de un indiscutible auge del sentimiento antiamericano en el mundo. La idea de que Estados Unidos defiende la libertad, la democracia y el progreso en el mundo tiene cada vez menos seguidores lo que refleja una indiscutible perdida de liderazgo. Estados Unidos sigue siendo, indiscutiblemente, la mayor potencia militar, aunque cada vez menos, pero resulta también indiscutible que esta potencia no puede impedir ser contestada e incluso derrotada. Mas aún, que sea cada vez más rechazada por la opinión pública mundial, un rechazo que ahora con Donald Trump en la presidencia sea seguramente el mayor desde la segunda guerra mundial. Sus propios aliados durante décadas ya cuestionan sus valores y su liderazgo como estamos viendo con Gaza e Irán -la primera vez que los aliados no apoyan a Estados Unidos en su aventura militar- entre otros. Y no olvidemos que en el poderío militar estadounidense también jugaron sus bazas las alianzas militares (OTAN) ahora contestadas.
No menor importancia en este declive tiene la caída del poderío industrial que Estados Unidos había conseguido durante la segunda mitad del siglo XX. La mundialización neoliberal que impulsó con inusitada soberbia se está mostrando como demoledora para la industria estadounidense. La liberalización comercial y de capitales ha supuesto no solo su despoblamiento industrial -las grandes corporaciones estadounidense se desplazaron en masa hacia al exterior, especialmente al sudeste asiático-, sino que en el horizonte apareciera un rival con el que no contaban y que le disputa con éxito el liderazgo: hoy por hoy China se ha convertido en la gran fábrica del mundo y los grandes damnificados son Estados Unidos y Alemania, las antaño potencias industriales. Un declive del que no lo van a sacar las erráticas políticas arancelarias y amenazadoras de Donald Trump. Mas aún, es altamente probable que de la presente recesión China salga aún más fortalecida y que, en sentido contrario, los Estados Unidos más debilitados e industrialmente más dependientes.
Se puede decir que, desde el punto de vista económico y financiero, Estados Unidos sigue conservando unas bazas hegemonías indiscutibles: el dólar y la banca. En el primer caso es cierto, el dólar sigue siendo la divisa intencional por excelencia a la que una gran mayoría de países -incluso China en no pocas ocasiones- acuden para sus transacciones comerciales y financieras. Y no olvidemos que los propietarios del dólar son el Departamento del Tesoro estadounidense y la Reserva Federal. Pero también no es menos cierto que otras monedas empiezan a surgir con fuerza en los mercados internacionales -como es el caso del reminbi (RMB) que China impone en muchas de sus transacciones comerciales- y que el dólar como moneda empieza e perder confianza a nivel internacional -muchos países relevantes, China, Japón…, están cambiando sus reservas en dólares por oro-. Con relación a la banca, recordar que la crisis bancaria de los años 2008 y 2009 dejó muy tocada a la banca americana cosa que, por ejemplo, no sucedió con la banca china lo que colaboró a que en la actualidad esta lidere el ranking bancario mundial: los cuatro bancos más grandes del mundo son chinos. Bancos a los que no golpeó la crisis bancaria y que están sujetos e un férreo control público que les impide las prácticas bancarias especulativas.
En este declinar de la hegemonía estadounidense no debemos perder de vista el papel que jugó durante décadas la cultura estadounidense -el “American way of life”- en esa hegemonía y como contraposición ventajosa con el mundo soviético. Un papel que ya forma parte de la historia de occidente y que en la actualidad no representa el paradigma mundial de la libertad, la democracia, el progreso económico y el bienestar social. Si este declive era evidente en las últimas décadas -especialmente durante la presidencia de Bush II- con la administración Trump se ha acelerado con un rechazo mundial como nunca se conociera.
Podía pensarse que la gran fortaleza tecnológica que aportan tanto las GAFAM (Google, Apple, Facebook, Armazón y Microsoft) como la IA (Open Ai, Anthropic) ligadas todas ellas a Silicon Valley le servirían a Estados Unidos para recuperar la hegemonía perdida pero no parece que tal cosa vaya a suceder. Dos son las razones principales: la primera que China, y los BRIC en su conjunto, compiten cada vez con más fuerza en estos campos y que las empresas estadounidenses tropiezan con dos importantes limitaciones como son el elevadísimo consumo de energía que suponen -energía que escasea- y la escasez de los materiales necesarios para su desarrollo de los que los BRIC, por su parte, tienen en abundancia. A esto hay que añadir el hecho de que en los últimos tiempos se están detectando movimientos por parte de los grandes barones tecnológicos de Silicon Valley orientados a abandonar los Estados Unidos para establecerse en otros territorios, de hecho, ya se está hablando de la gran fuga de los tecnólogos libertarios.
Un declive de hegemonía en la economía-mundo capitalista que viene acompañado de un creciente caos político y militar en occidente provocado por el intento de la administración Trump de substituir las históricas instituciones internacionales (ONU, FMI, OMC…) por un liderazgo individual y autocrático que, como señalaba antes, provoca un creciente rechazo internacional, empezando por los antiguos aliados. Unos aliados, en especial los europeos, que no parecen quien de construir un polo político alternativo lo que acentúa el citado caos político e incluso económico de Occidente y que, de forma paralela, facilita el ascenso internacional de organizaciones plurinacionales como los BRIC que, liderados por China, incrementan de forma progresiva y aparentemente imparable su presencia y su peso en la actual economía-mundo capitalista.
Como escribía recientemente un destacado periodista del New York Times, “el mundo rompe relaciones con EE. UU. El costo lo pagarán los estadounidenses…. Actualmente China ya no es el principal motivo de preocupación… ahora lo es Estados Unidos”. @mundiario