Durante mucho tiempo, la imagen del ser humano prehistórico ha estado ligada al fuego, la caza y la carne. Sin embargo, una nueva revisión científica plantea una historia mucho más antigua y sorprendente: antes de convertirnos en cazadores, fuimos consumidores de fruta. Mucho antes de los grandes festines de carne y de las herramientas de piedra, los primeros miembros de nuestro linaje dependieron de los azúcares naturales presentes en los alimentos vegetales para sostener un órgano que acabaría definiendo nuestra especie: el cerebro.
La investigación publicada en la revista Science reconstruye millones de años de evolución para analizar cómo cambió la relación entre los humanos y el azúcar. A partir de datos sobre metabolismo, fósiles, genética, dentición y composición de la dieta, las autoras han elaborado un modelo que sigue el camino desde los antiguos primates hasta el Homo sapiens. La conclusión resulta paradójica: nunca hemos consumido tan poco azúcar procedente de fuentes naturales como ahora, pero nuestro organismo nunca ha dependido tanto de la glucosa.
El cerebro humano actual representa aproximadamente el 2% del peso corporal, pero consume cerca del 20% de la energía que necesita el organismo. Para funcionar, necesita un suministro constante de glucosa, un combustible esencial para las neuronas. También dependen de ella otros tejidos fundamentales, como los glóbulos rojos, los riñones o los órganos relacionados con la reproducción.
Hace unos cuatro millones de años, el antepasado común que compartimos con los chimpancés tenía una alimentación muy diferente a la actual. Su dieta estaba dominada por frutas y otros alimentos ricos en azúcares naturales. La capacidad de distinguir colores pudo convertirse en una ventaja evolutiva precisamente para localizar frutos maduros, más dulces y con mayor aporte energético. Aquella adaptación fue uno de los primeros pasos de una relación entre el azúcar y la evolución humana que continúa hasta nuestros días.
La transformación de una dieta basada en frutas
Con el paso del tiempo, los representantes del género Homo fueron incorporando nuevos alimentos y desarrollando una dieta cada vez más variada. La carne aportó proteínas y grasas esenciales para el crecimiento del cerebro, pero los carbohidratos tampoco dejaron de desempeñar un papel decisivo. La evolución humana no fue una sustitución de la fruta por la carne, sino una combinación progresiva de distintas fuentes de energía.
El estudio estima que los primeros modelos cercanos a los chimpancés podían obtener más del 65% de su energía a partir de frutas y productos dulces, con una ingesta aproximada de 400 gramos diarios de carbohidratos. En el ser humano moderno, esa cantidad se habría reducido hasta unos 230 gramos al día, con una distribución mucho más equilibrada entre proteínas, azúcares y almidones.
La llegada del fuego y la capacidad de cocinar alimentos supuso otro gran cambio. Cocinar cereales y tubérculos permitió aprovechar mejor los carbohidratos complejos y amplió las posibilidades alimentarias de nuestros antepasados. Sin embargo, la relación entre los humanos y los carbohidratos comenzó mucho antes, cuando la fruta y otros vegetales eran la principal fuente de energía disponible.
Un cerebro más grande con una necesidad mayor de glucosa
Uno de los aspectos más llamativos de la investigación es cómo relaciona el crecimiento del cerebro humano con las necesidades energéticas del organismo. Desde aquellos primeros homininos con cerebros similares a los de otros simios, de unos 300 gramos, hasta los actuales cerebros humanos de alrededor de 1.500 gramos, la demanda de glucosa se ha convertido en una cuestión central para la supervivencia.
Karen Hardy, arqueóloga de la Universidad de Glasgow y una de las autoras del trabajo, señala que comprender esta evolución permite analizar mejor tanto nuestra necesidad como nuestro deseo actual de consumir azúcares y alimentos ricos en almidón.
Pero la investigación también pone el foco en un aspecto menos estudiado: las necesidades energéticas de las mujeres durante la reproducción. Según el modelo, las mujeres en edad reproductiva presentan las mayores demandas de glucosa, debido al consumo energético del embarazo, la placenta, el desarrollo fetal y la lactancia.
El problema del azúcar moderno: demasiado y de peor calidad
La paradoja actual es que el ser humano evolucionó dependiendo de la glucosa, pero el entorno alimentario moderno ha cambiado radicalmente. Durante millones de años, el azúcar llegó acompañado de fibra, vitaminas y minerales a través de frutas y otros alimentos naturales. Hoy, gran parte del consumo procede de productos ultraprocesados, bebidas azucaradas y dulces con una elevada concentración de azúcares refinados.
Las autoras advierten de que estos alimentos no ofrecen los mismos beneficios que las fuentes naturales de carbohidratos. Aunque proporcionan energía rápida, suelen carecer de nutrientes esenciales y están relacionados con problemas de salud como la obesidad o las enfermedades metabólicas.
Marina Lozano, investigadora del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES-CERCA), considera que el modelo confirma una idea ampliamente aceptada: la evolución del cerebro humano estuvo vinculada a una dieta omnívora en la que tanto los nutrientes animales como los carbohidratos vegetales fueron fundamentales.
No obstante, la científica plantea dudas sobre algunos aspectos del estudio, especialmente sobre la antigüedad atribuida al uso del fuego para cocinar alimentos ricos en almidón. Según explica, existen especies humanas con cerebros desarrollados que vivieron antes del uso generalizado de esta tecnología.
La historia evolutiva del azúcar, por tanto, no habla de una dependencia moderna de los dulces, sino de una relación mucho más profunda entre alimentación y supervivencia. La fruta fue una de las primeras fuentes de energía que acompañó al desarrollo de nuestra inteligencia, y la glucosa sigue siendo hoy un elemento imprescindible para mantenerla. La diferencia es que nuestro organismo evolucionó para recibirla dentro de alimentos completos, no en las grandes cantidades de productos refinados que caracterizan la dieta actual. @mundiario