Cada año, cuando se acerca el regreso a clases, algo cambia en el ambiente de los hogares. Llegan los útiles escolares, los uniformes nuevos y las listas interminables. Y también, aunque pocas veces se diga en voz alta, una tensión que se instala en la familia entera. Se habla mucho de la ansiedad de los niños ante el regreso a clases. Se habla mucho menos de la que experimentan los adultos que los acompañan.
Papás y mamás también sienten ese nudo en el estómago. La preocupación por si el hijo va a adaptarse al nuevo grado, al nuevo maestro o al nuevo grupo. La logística que hay que reorganizar. El gasto que implica. Incluso la culpa de no haber aprovechado mejor el verano. Todo eso se acumula y muchas veces se vive en silencio porque alguien siente que debe ser “el fuerte” de la familia.
Los adolescentes, por su parte, enfrentan una ansiedad distinta y frecuentemente invisible. No es el miedo a lo desconocido que puede tener un niño de seis años; es algo más complejo. Es la presión de encajar, de rendir, de no quedarse fuera. Es regresar a un entorno social donde todo parece evaluarse constantemente, incluidos ellos mismos.
El regreso a clases no solo transforma los hogares. Transforma la ciudad. Quien no tiene hijos también lo siente: el tráfico que de repente se multiplica, las calles frente a las escuelas convertidas en caos cada mañana y el ritmo general que se acelera de golpe. Ese cambio de ambiente tiene un efecto real en el estado de ánimo y en los niveles de estrés, aunque no haya mochilas ni listas de útiles de por medio. La ansiedad de agosto no distingue entre quienes tienen hijos y quienes no.
“La ansiedad en casa no respeta edades. Y cuando no se nombra, se contagia.”
Y sí, la ansiedad se contagia. No de forma dramática ni consciente, sino a través de pequeños gestos: el tono de voz al hablar del regreso, la forma de responder a una pregunta difícil del hijo o el apuro constante de las mañanas. Los niños son extraordinariamente sensibles al estado emocional de sus padres. Un adulto ansioso que no sabe gestionar lo que siente puede, sin quererlo, aumentar la inquietud del hijo que intenta tranquilizar.
Esto no es una crítica a los padres. Es una invitación a mirarse también a uno mismo durante este proceso. ¿Qué parte de la preocupación que sientes te pertenece y qué parte está influyendo en la forma en que tus hijos viven este momento? No siempre es fácil distinguirlo, pero vale la pena intentarlo.
Algunas cosas sí ayudan: hablar del regreso a clases con naturalidad, sin sobrecargar la conversación de expectativas ni de advertencias. Validar lo que el hijo siente sin minimizarlo ni exagerarlo. Y, sobre todo, cuidar el propio estado emocional como parte del cuidado familiar, no como un lujo.
¿Cuándo buscar ayuda profesional? Cuando la ansiedad, en cualquier miembro de la familia, interfiere con el sueño, el apetito o las actividades cotidianas durante más de dos o tres semanas. Cuando los miedos son desproporcionados o difíciles de manejar. Cuando el hijo o el adulto evita sistemáticamente hablar del tema o se niega a asistir a la escuela.
El regreso a clases marca un cambio importante en la dinámica familiar. Y todo cambio, incluso cuando es esperado, moviliza emociones. Lo importante no es evitar la ansiedad a toda costa, sino recordar que nadie tiene que atravesarla en soledad.
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